La gran sorpresa política de esta semana en Estados Unidos ha sido sin duda Evan Bayh. Bayh es el Senador demócrata por el estado de Indiana, e hijo del gran Birch Bayh, también Senador por el mismo estado. Un tipo moderado hasta aburrir, Evan se ha pasado los últimos años pretendiendo ser la voz de la razón centrista dentro del partido – básicamente quejándose de todo, protestando por el déficit fiscal y tratando de bajar impuestos a los ricos, que es lo que le gusta a los republicanos.

Tras doce años dando la murga e intentando ser tan plasta como es humanamente posible en el Senado (y buscando de forma desesperada ser nominado a vicepresidente hace un par de años, aunque Obama demostró tener sentido común y lo dejó de lado), el bueno de Bayh ha dicho que lo deja. Se retira. Abandona el barco. No se presenta a la reelección.

Los motivos detrás de la decisión no es que merezcan demasiado análisis y comentario – son bastante burdos. Básicamente Bayh dice que Washington es cada vez más partidista y que es imposible hacer nada, así que en vista de que nadie le hace caso, se larga y punto. Esto ha creado un problema gigantesco a su partido, ya que ha dimitido el día antes que se cerraban candidaturas para primarias (los jefazos deberán nominar a dedo), dejando un escaño muy vulnerable, todo básicamente porque el pobrecillo se aburría en Washington.

Lo peor, sin embargo, no es que un político blandengue, fofo y obstruccionista salga de escena. El problema es que alguien como Evan Bayh fuera un tipo relevante en primer lugar. El Senador de Indiana forma parte de una clase de políticos especialmente irritantes y cada vez más extendidos: los famoseistas. En Estados Unidos el miembro más conocido de este clan es Joe Lieberman, el inefable Senador independiente de Connecticut, pero es un club bien nutrido: Mike Pence, John McCain, Sarah Palin, Harold Ford, Mike Huckabee y un largo etcétera de luminarias cargantes son también miembros de este club.

¿Qué distingue a esta tropa? Todos estos políticos tienen un objetivo en la vida, uno sólo: ser famoso y salir por la tele. Nada hace más feliz a Evan Bayh que amenazar con bloquear una ley, criticar a su propio partido por ser «extremista» y después pasarse una semana en la tele, con todos los medios diciendo que es el tipo más importante del Senado. El hecho que sus objeciones sean validas o no es un detalle secundario; lo que un famoseista quiere es hacer ruido y que todo el mundo le haga la pelota. Son políticos que viven para su propia publicidad, y se esfuerzan tanto como pueden en practicar la omnipresencia. Es el modelo prensa del corazón aplicado a la política.

Cuando alguien defiende las listas abiertas o sus múltiples variaciones, siempre me vienen esta clase de políticos a la cabeza. La popularidad de un dirigente y su validez como gestor o líder no son cosas que vienen necesariamente juntas; es más, lo que «vende» mediáticamente estos días es a menudo estúpido o contraproducente. Joe Lieberman se pasó meses y meses remoloneando sobre una reforma de la sanidad (sigue viva, por cierto; la semana que viene habrá noticias) que era mucho más moderada que lo que él mismo prometía en las primarias del 2004. Lo único que quería era tocar las narices y salir en la tele, no arreglar nada en concreto. Evan Bayh es aficionado a desgañitarse sobre el déficit público y la deuda, pero el tipo se pasa la vida intentando recortar impuestos a los ricos, haciendo felices a sus amiguetes de la derecha mediática. Sarah Palin no ha tenido una idea política formada en su puñetera vida, pero tiene un talento increíble para poner a (más de) medio país de los nervios.

Es algo que va más allá del populismo, y es una tendencia peligrosa: la emergencia de políticos que son famosos por el mero hecho de ser famosos. Gente que llega a la arena política más o menos de rebote, o que acaban cayendo en un sitio donde tienen un buen altavoz, y se pasan la vida haciendo ruido y tocando las narices sin que realmente nadie les haya dado ningún autoridad real. Políticos inútiles, que no mueven una ceja si eso les hará menos populares (o les restará credibilidad con su público) y que por descontado no tiene la más mínima intención de cambiar el status quo – especialmente ahora que son famosos.

¿Tenemos famoseistas en Europa? Por descontado. En algunos países, de hecho (Italia) incluso ganan elecciones. En España, gracias al sistema de listas cerradas, los famoseistas más pertinaces  juegan a ser víctimas de su propio partido (Rosa Díez, Joaquín Leguina), son barones regionales en feudos intocables (José Bono, Aguirre) o son «independientes» con ansias de gloria (Alcaraz, Laporta). La ausencia de puntos de veto reales evita que hagan demasiado daño, gracias a Dios, pero ahí están, estropeando el debate político con sus vaguedades.

Gran parte de la culpa que tengamos esta clase de gente dando tumbos por la política es de los medios. He hablado a menudo sobre el profundo amor por la irrelevancia que tiene la prensa americana (George Packer tiene un artículo excelente sobre ello hoy); este problema no es, sin embargo, también lo vemos en España. Leed este artículo, por ejemplo. La economía del país es un desastre, el líder de la oposición va enfrentarse al Presidente del Gobierno en el Congreso, y la noticia sólo habla de tácticas, retórica, percepciones y lenguaje, sin dedicar una miserable línea al contenido de su intervención. Este editorial es algo parecido; en vez de hablar sobre medidas, tenemos un director de
periódico dando lecciones de retórica política. Cuando sale alguien como Laporta o Díez a la escena política, el interés de la prensa no será en explicar qué quieren hacer o qué ideas tienen, si no en los problemas tácticos que generan a otros partidos y su imagen de independencia, o cualquier bobada similar.

Los medios de comunicación han dejado de tomarse la política en serio. No creen que lo que está sucediendo es realmente importante; lo que ven es una especie de competición extraña entre gente que oculta cosas intentando ser más populares que el resto. Lo que dicen y lo que sucede es secundario; lo que les va es la táctica y los juegos florales, el vender el drama de la competición y la vida y milagros de grandes personajes. No buscan competencia o ideas, lo que quieren es gente que se venda bien, y les dé una bonita historieta, un bonito drama que explicar. Eso puede ser interesante en la prensa del corazón, pero en política sólo lleva a concentrarse en lo irrelevante, en la naderia más absoluta.

Después nos preguntaremos por qué la gente está hasta las narices de los políticos, o por qué los partidos están tan llenos de gente más preocupada de no ofender y ser relevante que en tomar decisiones y cambiar las cosas. Es hora de centrarse en lo concreto, no en el circo que entre todos creamos. En Italia ya hemos visto qué clase de clase política acabas teniendo si dejas que la banalidad domine. Más vale que no lo repitamos.