Estos días he estado repasando programas electorales. Para ser más concreto, he estado leyendo el cúmulo de obviedades y vagas propuestas sin demasiado detalle que los candidatos a las primarias del partido demócrata tienen en sus respectivas páginas en la red, un acto de heroico masoquismo que estoy seguro pocos votantes americanos cometen.

Mi cuestión de interés, como de costumbre, es la sanidad, y más concretamente qué tienen en mente para tratar de reparar el horror diario que es el sistema sanitario americano.

No me detendré en describir el desastre (hablé de ello aquí y aquí; basta decir que se gastan más del doble por cápita que en España, tienen peores estadísticas sanitarias y dejan sin cubrir a 50 millones de personas), ya que es bastante incontestable; lo que es más
curioso es la lista de propuestas que los candidatos están poniendo sobre la mesa.

Parte del problema en todo este asunto es que el sistema sanitario tiene cientos de problemas graves, no sólo uno. El New York Times habla hoy por ejemplo de la afición que tienen algunos médicos en tratar de prescribir tratamientos tan caros como sea posible, ya que de este modo ven un margen de beneficios mayor. Por no hablar de la costumbre harto irritante de las farmacéuticas de vender «nuevas versiones» de medicamentos a un precio más alto, anunciarlas en la tele constantemente (algo que es perfectamente legal aquí, tristemente) y sacar beneficios a base de ver como miles de pardillos pagan más por tomarse «lo último».

El sistema no es sólo víctima de la burocracia y el papeleo, la afición de las aseguradoras a sacarse de encima a los enfermos «caros» (crónicos, habitualmente) o el hecho que haya tanta
gente tratando de sacar un honesto beneficio de todo este jaleo. También tiene la tendencia a poner las decisiones de gasto siempre en manos de aquellos que están peor informados (los pacientes mismos) o los que buscan sacar el mejor margen de beneficio posible (administradores médicos).

Como he comentado a menudo, el problema de hecho no es tan complicado de solucionar. Los europeos llevamos tiempo haciéndolo; seguro universal obligatorio, un sólo asegurador, y la prestación de servicios la pueda dar el estado o una empresa privada. Los americanos ya gastan casi tanto dinero por paciente como los europeos desde el sector público (Medicare, para jubilados, y Medicaid, para los patéticamente pobres), básicamente porque estos son de lejos los pacientes más caros; la otra mitad del gasto sanitario en Estados Unidos es básicamente aseguradoras depredando entre el resto de la población que tiene por defecto una factura sanitaria ridículamente
baja.

¿Qué soluciones han puesto sobre la mesa los candidatos demócratas? Aquí tenemos a Hillary, aquí tenemos a Edwards (el más detallado) y aquí tenemos a Obama. Las propuestas de los tres, con diferencias cosméticas, tienen bastante en común: más de lo mismo. Todos dicen que usar más ordenadores, racionalizar el sistema, crear un sistema que evite gasto innecesario señalando los «mejores tratamientos», y básicamente hacer cambios para que el coste de los seguros privados sea menor. Edwards va un poco más lejos, todo sea dicho, con un plan extrañísimo que hace el asegurarse obligatorio, te rebaja impuestos si no puedes pagarlo, y crea un sistema de «mercados de seguros regionales» donde todo el mundo va a ir a comprar.

Dicho en otras palabras: parche, remiendo, recosido, parche, arreglo chapucero y bonito parche multicolor con topos y simbolitos de vote Edwards. Ninguno de los tres candidatos estrella se ha atrevido a proponer algo tan simple como «extender Medicare para todos»; un programa que aún con las chapuceras reformas recientes, es muchísimo más eficiente que las aseguradoras privadas.

¿Por qué estas medias tintas? La verdad, no acabo de entenderlo. Sí, las aseguradoras privadas son donantes importantes en las campañas electorales, pero no creo que ninguna de ellas esté demasiado contenta con cualquier propuesta de cambio, aunque sea menor, a un sistema que les proporciona unos niveles de beneficio simplemente estratosféricos. Entre rascar un poco la superficie y entrar a saco y cargarse el sistema no es que haya demasiado diferencia respecto al dinero que les van a sar.

La explicación que me parece más convincente para esta
patética timidez se deriva del funcionamiento de la política americana en general. No importa que uno tenga una buena idea; lo que es crucial es que la pueda explicar en 15 segundos, y aún más importante, que no pueda ser caricaturizada fácilmente. Por mucho que un sistema socializado a la europea sea más barato, equitativo y justo, no genere ganadores ni perdedores entre los votantes, y haga que todo el mundo pague menos por su sanidad (paradójicamente, los que estamos más sanos somos los que más salimos perdiendo en el sistema actual), siempre se puede hablar de «socialismo», «el gobierno federal te dará órdenes sobre como ir al médico, camarada» y «no podrás elegir médico» para tirar mierda sobre la propuestas. Todas esas acusaciones son falaces, obviamente, pero el plan es un blanco demasiado sencillo.

En cierto sentido, los demócratas tienen aún pesadillas tras lo que sucedió en 1994, cuando Hillary trató de pasar una reforma (parche, chapucera e igualmente inútil) y cayó víctima de una
brutal campaña de ridiculización que destruyó cualquier esperanza de reforma. Los planes de los demócratas ahora usan todo de palabras «normales» como mercado, eficiencia, racionalización, colaboración y nuevas tecnologías; todo para parecer tan insulsamente poco amenazadores como sea posible.

Dioses. En fin, aún quedan muchos meses, y como más se debata el problema, mejor. Con el tiempo las voces que hablan de socializar la medicina serán más comunes, y quizás Estados Unidos acabe teniendo un sistema sanitario como Dios manda algún día.