Hará cosa de medio año, a cierto brillante estratega político del PSOE se le olvidó la alergia española a todo lo que huela a prohibición y decidió sugerir un peaje para circular por el centro de algunas ciudades españolas. El sector negacionista liberal habitual se lanzó en tromba populachera contra la medida, a pesar que de hecho no deja de ser una solución bastante más cercana al libre mercado de lo que parece. Como comentaba entonces, una tasa de congestión es de hecho un impuesto que pone un precio a las externalidades negativas que genera un coche en una zona urbana, esto es, hacer que todo el mundo tenga menos espacio y un mayor atasco.

Ayer, siguiendo el ejemplo marcado por Londres, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, proponía empezar a recaudar esta tasa en Manhattan. Esta medida
formaría parte de un enorme paquete de nuevas regulaciones y políticas para modernizar la ciudad y su gobierno, con un énfasis muy marcado en el ahorro energético, haciendo la ciudad más eficiente. Contando que Bloomberg es un inversor financiero importante, y republicano para más señas, vale la pena echar una ojeada a las medidas, la verdad.

Lo más significativo, sin embargo es el detalle de usar un impuesto como arma de fuego principal contra el ineficiente gasto energético en el transporte. Se habla mucho de Kyoto, límites y reducciones voluntarias a las emisiones, incentivos para el desarrollo e implementación de nuevas tecnologías, hacer la nueva superbombilla obligatoria o prohibir la
venta de coches demasiado ineficientes, pero se tiende a ignorar la solución de hecho más simple, que es actuar en el mecanismo de precios.

En vez de tratar de forzar a tortazo y prohibición limpia según que gastos o compras, los europeos descubrieron hace ya bastante tiempo (y parecen haber olvidado) la forma más sencilla de cambiar comportamientos con externalidades negativas en el transporte: el impuesto de hidrocarburos. Si quemar petroleo tiene un precio mayor que el que se paga en el mercado, ya que su consumo genera unos costes a terceros que de hecho no se pagan en su extracción y venta (esto es, la contaminación atmosférica), la manera más sencilla de hacer que este precio esté cercano al coste real es a impuesto limpio, y punto. En vez de andar con tonterías cósmicas de subvencionar centrales limpias, dar masajes ecológicos a las energéticas o
cargar de regulaciones obtrusas a todo aquel que quiera producir energía, es más eficaz, clarito y sencillo ponerle un precio a las emisiones con un impuesto y listos.

Nos ahorraremos varias cosas. Para las empresas, el eternamente confuso proceso de cumplir con toneladas de regulaciones sobre el medio ambiente, que aparte de ser difíciles de hacer cumplir no siempre tienen demasiado sentido, se verá muy simplificado. Sencillamente, ahora saben que si sus emisiones son cero, no pagan impuesto, si son 10, pagan tanto, y si usan una máquina de vapor de 1910 con carbón malo pagarán una exageración. Es otro precio en su cuenta de gastos, la materia prima «medio ambiente» que ahora mismo está oculta tras una horda de abogados y directivas de la Unión Europea.

El contribuyente, mientras tanto, empezará a pagar unos precios más cercanos a la realidad, derivados de forma más precisa del coste medioambiental de cada tecnología, y no tanto de las especulaciones regulatorias del día. Si una
bombilla eficiente vale la pena o no debe ser independiente de las regulaciones; uno debe notarlo gracias a que la electricidad tiene el precio correcto derivado de considerar todos sus costes.

¿Como establecemos las tasas para que se ajusten al precio de mercado? De hecho, esa es la parte más sencilla. Existen ya mercados de derechos de emisiones derivados de Kyoto; podemos tener un precio bastante realista al hablar del coste real de las emisiones. El estado pagaría por ellas (si nos pasamos) o venderá (si nos quedamos cortos) según lo que se emita, siendo el valor del impuesto derivable de estos costes. Con suerte, uno puede acabar no recaudando casi nada, vendiendo derechos a precio de oro, y bajando otros impuestos, y todo por tener en cuenta que gastar energía no es gratis. A saber.