Leyendo los comentarios de hace unos días, repasaba un interesante debate con Isidoro Lamas de Reflexiones Iracundas acerca de la separación de poderes y el control de los políticos. Su postura de fondo se centraba en la importancia de la existencia de instituciones independientes y una estricta separación de poderes, discutiendo algunas prácticas habituales en todas las democracias (caso de la elección parlamentaria de algunos jueces) como perversiones del sistema.

Lo cierto es que desde hace una temporada hay un cierto talibanismo de la separación de poderes resurgente, especialmente desde Red Liberal, donde se mira con lupa todo cambio político a ver si cumple con este principio. En mi opinión, esto es enfocar el problema del control de los políticos desde un punto de vista equivocado, y a decir verdad, bastante anticuado. Veamos.

La separación de poderes es una idea relativamente antigua. No me pondré a repasar Montesquieu, Madison y toda la tropa de pensadores del siglo XVIII (fascinantes todos, pero no es cuestión de aburrir al personal para mostrar que soy muy listo), pero basta con decir que es un concepto que nace antes que se implementen las democracias liberales, y en una era donde el método de transmisión de noticias era el hombre a caballo. El planteamiento básico es que para evitar que el Estado sea un ente tiránico omnipotente, aparte de limitarlo con leyes, es necesario evitar que todo el poder esté en manos de una sola institución. De este modo, se crean varios focos de poder que se vigilan y controlan entre ellos, evitando nadie pueda aplastar al pobre ciudadano.

La idea es magnífica, pero como todas las teorías necesita un repasito a fondo antes de ser implementada en la práctica. Aparte de los problemas bastante evidentes de cómo escogemos a los miembros de cada uno de los poderes (recordemos los problemas de votar demasiado) y cómo aseguramos su independencia, el escollo más importante es asegurarnos que los políticos no cooperen demasiado.

La historia es familiar; hablaba de ejemplos prácticos al tratar sobre la financiación de los partidos políticos. En ocasiones, los políticos hacen cosas que no son particularmente honestas o no precisamente del agrado del público; bien reciben donativos de ricachones para sus campañas a cambio de políticas que les favorezcan, o bien se subvencionan a mansalva sus partidos mientras cobran comisiones a
destajo. Sea lo que sea, están todos metidos en ello, así que la verdad, no es que tengan demasiadas ganas de ir acusándose unos a otros de hacer las cosas mal. La reacción habitual (y racional) para los políticos en estos casos es evidentemente pasar de puntillas sobre el tema, y no vigilarse demasiado.

Esto que sucede entre partidos políticos, puede ocurrir (y de hecho lo hace constantemente) entre instituciones formalmente independientes bajo separación de poderes. El Presidente de Estados Unidos riega de dinero a los estados claves para su reelección; el Congreso y Senado del partido contrario se callan, ya que están muy ocupados añadiendo enmiendas que aseguren la suya. Todo el mundo sabe que el sistema de financiación de los partidos está roto y es corrupto; nadie va a nombrar un juez que crea que es inconstitucional o sea demasiado proclive a considerarlo corrupto. Los diputados en las Cortes no van a ponerse burros con su gobierno, no sean que nos caigamos de las listas el año que viene, o
no lleguemos a ministro. Ya se sabe, todas esos detalles que no criticamos mucho ya que esas cosas «no se hacen a un amigo».

La separación de poderes es una idea estupenda, pero es victima, como todas las cosas, de lo vulnerable que es la materia prima. Los políticos, por muy rivales que sean, siempre estarán dispuestos a entrar en pactos tácitos entre caballeros si los beneficios y el menor riesgo de perder el trabajo compensan lo suficiente, o si los pagos tras el honroso sacrificio por la causa son lo suficiente jugosos en algún consejo de administración. Cuando ponemos a una élite reducida en cuatro o cinco edificios a dirigir el mundo (y la verdad, no son demasiados; te caben todos en un teatro grandecito), el compadreo es una tendencia casi natural, y los políticos acabaran preocupándose de «los suyos» más de la cuenta.

El grado exacto de este compadreo no depende de la separación de poderes; depende, en gran medida, del grado de terror que los políticos tengan respecto al
electorado. Un juez es indirectamente comprable (que le pregunten a Liaño), una oposición parlamentaria te pasará algunas, pero 30 millones de votantes cabreados son un problema distinto. La clave de un sistema político democrático no es tanto que las instituciones se vigilen entre ellas, si no que los votantes puedan echar a garrotazos electorales a los inútiles y aquellos que se portan mal.

¿Es la separación de poderes irrelevante? En absoluto. Si bien como instrumento para garantizar la honestidad de los políticos es bastante torpe, si tiene una función crucial en ayudar al electorado a tener información sobre cómo lo está haciendo el gobierno. El sistema judicial señalará a los corruptos, y la oposición honesta se asegurará que el ejecutivo no trata de hacer ministro al magistrado que les quiere enviar a la cárcel; la comisión de investigación en el Congreso (americano; uno no es tan ingenuo) señalará el despilfarro del presidente gestionando una guerra, y el electorado podrá decidir sabiendo
cómo van las cosas.

El tener a un ejecutivo, legislativo y judicial estancos, separados y totalmente independientes es deseable, pero no es el mecanismo que garantiza que las cosas funcionen bien. Quien realmente tiene la llave para mantener una democracia funcionando son los votantes, no las constituciones, y para ello es crucial que estos puedan identificar quien se porta mal y castigarle. De hecho, como comentaba no hace demasiado, un sistema con demasiadas instituciones separadas y puntos de bloqueo puede ser contraproducente, ya que asignar responsabilidades se hace casi imposible.

Las instituciones importan, pero no debemos nunca quedarnos anclados en exceso en principios teóricos. La realidad no acostumbra a aceptar las buenas ideas de forma demasiado elegante.