Supongo que alguno recordará esa vieja historia de Valerie Plame, la agente de la CIA que fue sacada a la luz desde la Casa Blanca para desprestigiar a su marido Joseph Wilson, un crítico con la guerra de Irak antes que criticar la estúpida invasión estuviera de moda.

Pues bien, ayer hubo sentencia en el juicio sobre el caso, y el jefe de gabinete de Dick Chenney, Lewis Libby, ha sido condenado. Lo curioso es que no ha sido condenado por filtrar información secreta a la prensa, sino por mentir a los investigadores y al gran jurado sobre el hecho de hacerlo y obstruir a la justicia. Como dice ese viejo proverbio de la política americana, “it´s not the crime, it´s the cover up” (no es el crimen, es la tapadera) lo que realmente se convierte en un escándalo peligroso.

De todo el caso se pueden extraer tres lecciones. La primera, que los políticos son iguales en todas partes; cuando meten la pata, prefieren meterse en barrocos montajes para evitar que se descubra a admitir que han cometido un error. El electorado (y la prensa) normalmente entienden que pueda haber un político deshonesto o corrupto; a fin de cuentas son seres humanos. Lo que no entienden nunca es que cuando alguien es potencialmente pillado con las manos en la mas, sus compañeros de partido hagan lo imposible para salvarle el pellejo. Los políticos, sin embargo, tratan una y otra vez de actuar a ver si pueden salvarse, algo que irremediablemente acaba por ser peor.

La segunda lección es que aún con la que está cayendo, el sistema funciona. Patrick Fitzgerald, el fiscal especial independiente que ha llevado el caso (un
equivalente lejano a un juez instructor con mala leche) ha sido realmente implacable tratando de descubir que sucedió. Aunque no ha sido capaz de enchironar a nadie por revelar secretos (un crimen realmente complicado de probar), ha sido capaz de demostrar que la administración utilizó para “promocionar” su guerra todo lo que tuvo en su mano, incluyendo material secreto que debilitaban las redes de espionaje del país a nivel internacional. Decir que Plame era de la CIA era convertir toda la red de contactos de la empresa fantasma en la que trabajaba en papel mojado. Considerando que su trabajo era el tráfico de material nuclear, la falta de escrúpulos de Chenney, Bush y compañía fue francamente alarmante.

El tercer punto, y en mi opinión el más triste, es el lamentable, patético papel de los periodistas en todo esto, especialmente en el caso de Bob Novak (que ya era considerado por un servidor como un cretino, así que vaya) y muy especialmente Judith Miller. Miller fue un personaje central a todo este circo por el hecho que se pasó una temporadita en la cárcel en plan martir al no querer revelar cuales fueron sus fuentes al escribir sobre Plame y Willson.

El problema grave es que de hecho la periodista del New York Times protegía casi tanto a su fuente como a ella misma; los desarrollos posteriores dejaron claro que sus “informaciones” acerca de la guerra fueron en muchas ocasiones poco más que artículos plantados desde la Casa Blanca para defender la invasión. Miller dio un altavoz mediático enorme a los defensores de la guerra en el periódico liberal por excelencia a cambio de sus cinco minutos de gloria en forma de “exclusivas” constantes y acceso directo a los corredores del poder.

Lo realmente triste, sin embargo, no es el cinismo de la periodista. Es el hecho que esto ya no me
sorprenda. Los medios de comunicación americanos ya no son los del Watergate, y eso es así desde hace tiempo.