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Absurdismo político y la izquierda francesa

18 Feb, 2007 - - @egocrata

Una de las más antiguas tradiciones de esta bitácora es meterse con los franceses. Sea por la pública y notoria imbecilidad de su presidente actual, sea por el espantoso aislamiento de sus líderes, sea por la perpetua capacidad de su izquierda para hacer el ridículo, la clase política gala siempre se ha llevado entusiastas sopapos de mi parte. A todas estas críticas toca añadir hoy la última perla, el delirante programa electoral con el que la candidata socialista a la presidencia, Ségolène Royal, se dirige a las urnas.

Empezaremos por las propuestas, que por algo son lo que realmente
afectarán a los votantes. Uno no tiene más que echarles un repaso por encima para darse cuenta que en la circuitería interna del partido socialista francés hay algunos relés sueltos que les impiden leer nada escrito en fecha posterior a 1975; es un texto cargadito de ideas caducadas. Desde nacionalizar compañías (eléctrica y gasista, para empezar) a penalizar las empresas que repartan dividendos (no sea que alguien que toma riesgos no pueda obtener beneficios, no), la retahíla de propuestas indefendibles desde el punto de vista económico es francamente nutrido. Como en todas partes, hay algunas ideas salvables (incluso viviendo en el pasado, uno tiene que ser muy malo para decir cien tonterías), pero en general, el programa es un mamotreto caro, anticuado e inutil, ya aplicado con variaciones entre 1981 y 1983 por Mitterrand y que acabó con un sonoro fracaso.

¿De dónde salen estas ideas absurdas? Estamos hablando de la
candidata a la presidencia del que aún es uno de los países más prosperos del planeta, a pesar de los repetidos intentos de su clase política por revertir esa condición. En algún lugar, alguna parte de la izquierda francesa debe haber alguna voz razonable que sepa de la ley de la gravedad, vamos. Aún con una candidata que pretende ser un adalid de la nueva política a pesar de ser la enésima encarnación de la plaga de énarques, uno diría que algún libro nuevo deberían leer de vez en cuando.

Ante este dilema, hay dos posibles respuestas. Por un lado, es posible que Royal sea sincera, y por tanto tengamos en nuestras manos otro ejemplo del compendio de fósiles que pueblan el panorama
político francés. Si esa es la respuesta, felicitar al sistema de primarias por producir otro melón incompetente como candidato, obviando a los competentes en pro a presentar alguien que luce más en bikini. Por otro lado, es posible que la ley electoral francesa y el recuerdo de las últimas presidenciales estén provocando estas posturas extrañas.

La ley electoral francesa es bastante inusual en los paises desarrollados, probablemente por muy buenas razones. Con un torpe interludio proporcional en los ochenta, la Quinta República ha usado siempre un sistema a doble vuelta, con circunscripciones uninominales en el legislativo. A primera vista, este arreglo permite crear mayorías sólidas y a su vez da a los votantes un amplio margen para expresar sus preferencias; en la práctica, lo único que se consigue es un listado sin fin de incentivos perversos para los políticos.

El problema para Royal es
que tiene que ganar unas elecciones antes de llegar a la segunda vuelta. Su oponente, sin embargo, no es Nicolas Sarkozy (que por cierto, no es un énarque), si no el resto de la abundante fauna de izquierdistas trasnochados que habita en Francia. La misma tropa que presento tres candidatos trostkystas, dos verdes y un socialista para competir contra Jospin, dividiendo el voto y dejando que Le Pen les dejara fuera de la segunda vuelta, para ser más concretos. El partido socialista francés, con cierta razón, tiene un terror atroz a que la pesadilla del 2002, en que el discurso moderado de Jospin provoco masivas deserciones hacia voto inútil, y ha lanzado a Ségolène a saco a por el electorado altermundista para asegurarse la segunda vuelta.

Evidentemente, una vez allí convencer al resto de votantes que la candidata no está
majara será un problema, y aquí está el nucleo de la cuestión: su rival en la derecha, Sarkozy, no tiene tanta competencia en la primera vuelta, y por tanto puede presentarse con un discurso mucho más consistente y sólido sin apenas problemas. Para llegar a la segunda vuelta de forma consistente, Royal tiene que colocarse en una posición que le hará llegar a esta con una mano atada a la espalda. El sistema de dos vueltas, por tanto, tiende a favorecer al candidato que venga de la tendencia política con menos divisiones internas, no realmente al más competente o cercano al centro político. Como resultado, los franceses acaban votando demasiado a menudo a candidatos terriblemente inconsistentes, que no pueden más que romper sus absurdas promesas electorales hechas sólamente para poder conservar sus bases.

Para hacer las cosas peores, la ley electoral misma tiende a dividir los partidos, no a unificarlos. Si un partido político tiene una minoría disidente ruidosa, su capacidad de salirse del partido
y probar suerte es mucho mayor, ya que las barreras de entrada electorales son comparativamente menores que un sistema proporcional tradicional. La larga, larguísima retahíla de siglas perdidas en la historia de los partidos políticos franceses (con una inacabable tradición de divisiones en la derecha y tirarse piedras sobre el propio tejado en la izquierda) son un síntoma claro de los problemas que tiene Francia para escoger líderes competentes.

A todo esto, eso no significa que Sarkozy me parezca peor candidato; de hecho, dentro del panorama francés es sorprendentemente sólido, aún no siendo gran cosa. El problema es que me temo que nunca sabré si Royal es remotamente competente, ya que el absurdo sistema electoral nunca me dejará saberlo. La moraleja de todo esto, me temo, es que cuando un país tiene un arreglo institucional extraño es normalmente por buenas razones; básicamente, porque no funciona.