Nota previa: este post parte de una interesante (y sorprendentemente racional) discusión que he medio mantenido con José García Palacios estos días. Digo a medias porque la Wii no me deja hablar de política, no por otra cosa. Este artículo, por cierto, está escrito desde un tono algo provocador. Aposta.

La política española lleva muchos años viviendo en torno a dos debates en gran parte irrelevantes. El primero, y que ya me he hecho un hartón de mencionar, es el presunto peligro estatutario. Lo cierto es que a nivel comparado, la forma del estado y su grado de descentralización es bastante irrelevante en relación a su capacidad de crear riqueza, como discutía hace unos días. El debate en este caso debería centrarse en lo que vota el electorado y hacen los políticos, no en presuntas maldades generadas por el sistema.

El segundo tema irrelevante es, aunque parezca mentira, ETA. Y lo es desde hace al menos veinte años.

Para empezar, es necesario tener en mente los objetivos iniciales de ETA, es decir, qué pretenden obtener con sus acciones terroristas. En esto, son claros: secesión del País Vasco, anexión de Navarra y País Vasco francés, y si se me apura, creación de un estado socialistoide. Todo lo demás son medios para conseguir estos fines, con la macabra distinción que están perfectamente a gusto con usar la violencia para cumplirlos. El conflicto además presenta el añadido que 150.000 votantes apoyan estas ideas, y están de acuerdo con la lucha armada.

La apuesta de ETA, por tanto, es sencilla: usar la violencia para conseguir que el estado conceda lo que les pida. Si hay suficientes muertos para hacer la
presencia del estado en Euskadi insostenible, ETA ha ganado. Si ETA consigue la secesión por otros medios (ganar las elecciones, hiponosis, danza del vientre, bailar la conga), ha ganado. Si ETA no consigue sus objetivos, ha perdido.

La noticia: ETA perdió hace veinte años; llevamos dieciocho años básicamente negando la realidad. A mediados de los ochenta, el terrorismo vasco básicamente perdió la guerra; en 1988, se certificó la victoria del estado. La elección del año no es trivial; es en 1988 cuando se firma el pacto de Ajuria Enea, certificándose de manera contundente que la democracia no va a hablar con la izquierda abertzale hasta que renuncie a la violencia.

Lo que ha seguido a esa declaración ha sido una combinación de tozudez de ETA y una sorprendente capacidad de los políticos para dar señales contradictorias sobre la conveniencia de disolverse. Sean los cantos de sirena de una posible hegemonía del nacionalismo en Estella, sea el partido de la oposición usando las acciones de
ETA para criticar al gobierno (Aznar culpando a González del asesinato de Tomás y Valiente), sea debido a la pasividad de Francia y la enorme estupidez de los GAL, sea mediante la torpeza de no reconer la kale borroka como una extensión del terrorismo a tiempo, la democracia se las ha arreglado para dar la sensación de relevancia a una organización que ya había sido derrotada.

Llegado el año 2006, sin embargo, ETA acaba por darse cuenta que lo están haciendo ya no tiene ningún sentido. El Estado no va cambiar de opinión con ellos pegando tiros; no lo hicieron cuando ponían 100 muertos al año sobre la mesa, y no lo harán ahora que apenas podrían poner diez. No tienen agallas para hacer nada tan absolutamente enloquecido como el 11-M, ya que saben que sus bases nunca lo aceptarían. Su organización está absolutamente infiltrada por la policía, que los detiene como quiere y donde quiere. Lo cierto es que son una reliquia, un auténtico fósil de tiempos de la dictadura, y lo saben. No tienen más que una
salida, que es buscar una rendición honorable.

Y así llega la declaración de la tregua. No es una victoria de ETA, ni una rendición del estado, ni ninguna de estas absurdas declaraciones que oimos cada día. ETA no tiene ninguna capacidad de chantaje; el estado puede asumir perfectamente veinte o treinta muertos al año sin que eso suponga ningún peligro para su estructura. De hecho, si el PP no estuviera haciendo el mandril, Zapatero podría decir tranquilamente que el riesgo de muertos le importa un pimiento, ya que para él levantarse de la mesa no tendría siquiera un coste electoral. De hecho, es dudoso incluso que lo tenga ahora; si ETA vuelve a matar es perfectamente posible que los votantes echen la culpa a los terroristas, y no a un gobierno que se puede poner a meter decenas de miembros de la organización en la cárcel a poco que se emplee a fondo.

El proceso de paz no es de hecho más que el final de una era; es ETA pidiendo una rendición honorable antes de desaparecer. Lo único a
discutir es que el estado les dé garantías que lo que decía el pacto de Ajuria Enea (y que votó el Congreso, con la oposición del PP) sigue vigente; que en ausencia de violencia en Euskadi se puede plantear cualquier cosa en la arena electoral. O dicho en otras palabras, la promesa que si hay una mayoría suficiente (es decir, si los sucesores de Batasuna ganan las elecciones, algo muy improbable) se podrá hablar de secesión. El resto (acercar presos, ser algo magnánimo con los que se arrepientan, legalizar partidos antes o después), son caramelos para que la paliza que han recibido no lo parezca tanto.

Las formas, sea mesa de partidos, hablar con unos u otros, dar paso al PCTV o no, y decir unas cosas u otras, es totalmente accesorio, y la verdad, totalmente irrelevante. Hablar es gratis; si Zapatero dice que el Frente de Liberación de los Gnomos del Jardín es un interlocutor por la paz en Euskadi o deja de decirlo el coste para el contribuyente es igualmente cero. Son cuestiones formales, sin más
importancia que lo simbólico y el dar señales creíbles a la otra parte que los compromisos van en serio.

Toda esta discusión sobre rendiciones, derrota, catástrofe y si el gobierno improvisa, da miedo o quiere vender los niños a los Romanos como esclavos es una soberana estupidez. Lo que deben hacer unos y otros es aceptar lo inevitable, decir claramente que ha sido un trabajo de todos, cantar el alirón, y celebrar que la democracia ha ganado. Hablar de fortaleza de ETA, rearme y el monstruo que tiene poseido a Zapatero es sencillamente decirle a los terroristas que aún son relevantes, algo que es sencillamente estúpido, y que aún acabarán por creerse.