Una de las cosas que se oyen más a menudo desde ciertas tribunas de opinión es que la globalización y la creciente importancia del comercio exterior hacen del estado de bienestar un fósil inviable. El argumento habitual gira alrededor de los presuntos costes que la existencia de un sector público grande e impuestos elevados inflingen a las empresas, haciéndolas menos competitivas frente a competidores ansiosos de recortar precios.

El pequeño problema, como mucha de las «verdades» que componen el saber convencional, es que esa aserción es una soberana tontería, y que un somero repaso a los datos bastan para ver que esta relación es mucho más compleja de lo que parece.

Primero, vale la pena repasar qué países participan de verás en la globalización. Para ello, mirar el volumen monetario de sus exportaciones e importaciones no nos sirve; lo realmente importante es qué porcentaje de la economía depende del sector exterior. Para ello podemos repasar las
estadísticas de la OCDE sobre peso de importaciones y exportaciones en el PIB de cada país, sin ir más lejos.

Los datos tienen algunos aspectos curiosos. Los países de la Unión Europea (UE15) dedican un 48,3% del PIB al sector exterior, una proporción enorme. A la cabeza de la clasificación en este grupo tenemos como comerciantes compulsivos países como Suecia, Holanda, Dinamarca o Alemania. En comparación, Estados Unidos dedica un esmirriado 12,7% del PIB a relacionarse con el resto del planeta.

¿Qué podemos deducir de estos datos? Ante todo, resulta evidente que para abrazar de lleno los placeres del libre comercio uno no debe sacrificar su estado de bienestar. Dejando de lado los países postcomunistas (mercados pequeños que disfrutan de su acceso al resto de la Unión) y Luxemburgo (que no es más que un trozo de autopista), casi todos los grandes mercaderes tienen sectores públicos enormes y redes de seguridad
extensas. Mirando las balanzas de pagos de cada país, tampoco vemos que no es que estén siendo ahogados por importaciones; parece claro que exportan y son competitivos en el mercado internacional, algo que también corroboran los datos. De hecho, si hicieramos un análisis estadístico más serio (una regresión sencillita) veríamos como tamaño del estado de bienestar y globalización están fuertemente relacionados.

Parece claro, por tanto, que el estado de bienestar no hace un país más torpe a nivel internacional, al igual que no parecía determinar su nivel de riqueza. Lo que es necesario explicar es por qué los países que comercian mucho tienden a crear sistemas de protección social tan elaborados.

En este caso, la explicación es netamente política. El libre comercio produce crecimiento económico,
pero también crea incertidumbre. El hecho que la economía de un país dependa de los vaivenes de la economía mundial, y del éxito o fracaso de cualquier empresa en cualquier otro país del mundo, abre las puertas a la aparición de crisis, reconversiones y vaivenes difíciles de preveer.

Un líder político que decide abrir su país económicamente sabe que esta política tendrá un beneficio económico neto para el global de la economía, pero también sabe que el reparto de este beneficio es difícil que sea automáticamente uniforme. Los sectores en los que el país tiene ventaja comparativa creceran como locos, creando riqueza a espuertas, mientras que las industrias que no la tienen, al verse desprotegidas por la caída de fronteras, sufriran dolorosas reconversiones. La liberalización será muy popular en algunas industrias, pero no en otras; un político preocupado por conservar el cargo perseguirá evitar imágenes de mineros/ granjeros/ encajadores de bolillos en las calles para asegurar su reelección.

¿Qué hará un político minimamente avispado, que piensa en el bien del país? Proteger el débil, a cambio de reforzar el crecimiento para todos. O, en otras palabras, dar estado de bienestar para hacer que la apertura al exterior sea lo menos traumática posible. El estado de bienestar, por tanto, no es un obstaculo para la globalización, ni un lastre en la competitividad del país; es un instrumento necesario para hacer el libre comercio algo factible políticamente.

Pensando en términos más concretos, basta echar una ojeada a la España de los años ochenta, y cómo el gobierno socialista hizo la reconversión industrial. Abrir el mercado a productos europeos era una garantía que muchas empresas anticuadas se verían arrasadas por competidores más avanzados de otros países; la única manera de hacer los cambios tolerables fue expandiendo el estado de bienestar.

Cuando hablaba que el debate político en Estados Unidos parecía dirigirse en este camino, pensaba en algo parecido. Hay una creciente corriente de políticos y votantes que abogan por el proteccionismo, según la economía americana va perdiendo su condición dominante, su sistema cerrado, y se ve sujeta a la competencia exterior. Llegará un punto en que los gobernantes deberán escoger entre ofrecer nacionalismo económico, a sabiendas que es pernicioso, o compensar a los perdedores de la globalización… es decir, creando un estado de bienestar. Quién sabe.