De vez en cuando algún político con conciencia ecológica y/o tendencias suicidas decide sugerir uno de esos peajes para entrar en coche en las grandes ciudades. El hecho que el último en poner esta idea sobre escrito haya sido el PSOE ha hecho que los de siempre se lancen al ruedo hablando de liberticidio y atentado al mercado, aunque sea diciendo una larga sarta de tonterías.

Lo cierto es que el impuesto de congestión en las ciudades sí tiene cierta lógica, y tiene bien poco de ataque al mercado o al sagrado derecho a hacer lo que uno le plazca. La razón, como de costumbre, recae en costes ocultos y externalidades.

Lo primero que debe ser mencionado es que el sistema ha funcionado razonablemente bien en la primera ciudad que lo implementó, Londres. Una reducción de un 30% en el tráfico en las zonas cubiertas no tiene nada de trivial, especialmente cuando consideramos que el descenso del volumen de la circulación normalmente proporciona un descenso mayor porcentualmente en los tiempos de desplazamiento. Sea una medida popular o no, ha conseguido su objetivo, y ha puesto más gente en el transporte público.

Lo primero que hay que tener en mente al hablar de entrar en coche al centro en una ciudad como Madrid o Barcelona es que hacerlo no es gratis, incluso sin peajes. El coste está allí, aunque sea no en forma de un coste monetario concreto; se mide en tiempo perdido. Si para ir de Leganés a Ortega y Gasset en coche uno se tira una hora, en vez de los 30 minutos que gastaría sin congestión, un conductor ya está pagando un coste para entrar en Madrid. Ese impuesto sobre la congestión no lo recauda nadie, pero lo sufre todo el mundo a base de horas de sueño perdidas.

El colapso de cada mañana y tarde proviene de uno de los problemas clásicos de la economía, el de la tragedia de los comunes. Las calles de una ciudad tienen una capacidad limitada; su uso, sin embargo, no está racionado, y no tiene un coste directo para los conductores que deciden entrar en la ciudad. En un mercado normal, cuando un bien tiene una fuerte demanda, el precio sube, haciendo que la capacidad instalada no se vea superada por el volumen de usuarios. Las calles de la ciudad, sin embargo, sencillamente se colapsan; como los conductores no tienen un incentivo en limitar su uso («oye, que el coche lo dejen en casa los otros») el volumen de tráfico supera la capacidad existente.

Lo que pretende una tasa de congestión para entrar en ciudades es sencillamente traducir los costes en tiempo a costes monetarios. Los minutos perdidas cada mañana y tarde, ese coste que todo conductor sufre al competir con otros por usar las calles, dejan paso a un cálculo sencillo sobre si la comodidad de conducir vale o no ocho libras. La decisión ya no depende de un confiar que sean otros conductores los que se cansen de vivir en un atasco; ahora el cálculo pasa a ser exclusivamente sobre precios.

En cierto modo, cuando uno conduce su coche por la Puerta del Sol, está produciendo dos clases de externalidades negativas. Por un lado, la contaminación atmosférica, algo que en Europa ya se paga a golpe de impuestos. El otro aspecto, menos evidente, es la fracción de segundo de retraso que uno añade al resto de conductores con su presencia. Pagarlo en tiempo perdido es, en cierto sentido, una solución subóptima, ya que uno internaliza el precio pero no elimina el coste externo. Una tasa de congestión es, en cierto sentido, traducir esta externalidad a una cifra concreta; si uno escoge desperdiciar el tiempo de los otros, uno paga en consecuencia.

¿Es una idea que debe ser implementada? No necesariamente. Como todo en las políticas de transporte, una medida no puede ser aprobada en el vacio, si no que necesita de políticas que la complementen. Una ciudad con la red de transporte público saturada, por ejemplo (como Barcelona en algunos corredores) no hará más que echar a gente del centro, sin reducir congestión de manera apreciable. Por añadido, esta tasa debe tener sus excepciones para residentes, y sólo afectar a los sectores de la ciudad que realmente estén congestionados.

Aún así, y a pesar de su presunta impopularidad, las tasas de congestión deberían estar en la mesa en algunas ciudades como una opción a considerar. Sencillamente, tiene sentido, y contribuyen a hacer las ciudades más habitables.