Democracia

Democracia para realistas, que no para pesimistas

3 Abr, 2017 - - @bpberta

Por una de esas casualidades de la vida, 2016, el año en el que muchos han perdido la fe en las elecciones, ha sido también el año de la publicación del nuevo libro Larry Bartels y Christopher Achen: Democracia para realistas. En él los dos politólogos recogen años de investigación sobre comportamiento electoral (sobre todo americano aunque a veces entran en otros países) y reflexionan sobre sus implicaciones para el funcionamiento de la democracia como mecanismo para producir gobierno. Su conclusión parece bastante desalentadora, y muy en línea al estado ánimo del pundit medio de 2016: la mayoría de ciudadanos son incapaces de cumplir con los requisitos mínimos para escoger a sus gobernantes de forma racional. Deberíamos, pues, cambiar el concepto que tenemos del sistema democrático y su funcionamiento.

Vaya por delante que creo que si os interesa el comportamiento electoral y las teorías de la democracia, es un libro de referencia. A diferencia del pundit medio, Achen y Bartels justifican su conclusión con un repaso muy exhaustivo de las distintas teorías que se han desarrollado para explicar el funcionamiento de la democracia y demuestran que la mayoría no se sustentan empíricamente. Los votantes no tiene suficiente información para poder formarse opiniones sobre qué políticas prefieren e incluso teniéndolas muchas veces no escogen el partido que mejor las representa. Sin confluencia entre las preferencias de los ciudadanos y sus representantes, pues, la función de representatividad de las elecciones se ve claramente debilitada. Además,  los votantes tampoco saben castigar a los gobiernos por su labor. No sólo son muy cortos de miras y sólo tienen en cuenta las mejoras del último año de legislatura, además no saben diferenciar qué parte de la situación la han provocado los gobiernos y que parte es sólo suerte y elementos fuera de su control. La función de rendición de cuentas de las elecciones tampoco funciona de forma eficiente.

Sin embargo, uno tiene un poco la sensación de que el pesimismo de los autores se explica sobre todo por el enfoque puramente racionalista típico de los economistas con el que empiezan el análisis. Sus conclusiones seguramente sorprenderían poco a psicólogos o sociólogos. Que el comportamiento sea determinado por la identidad social más que por ninguna preferencia o valoración económica personal puede ser muy problemático para las visiones individualistas de la vida política, pero quizá no lo es tanto para aquellos que han creído desde el principio que los humanos somos seres sociales y estamos muy condicionados por nuestro entorno. Es importante, pues, vigilar con las lecturas fatalistas de las conclusiones. Las elecciones quedan muy lejos de ser el mecanismo perfecto que la mayoría tiene en la cabeza cuando piensan en ellas, pero, como reconocen los autores, producen un poder más legitimado y unos ciudadanos más conscientes. Además, evitan que ningún grupo social tenga el monopolio absoluto del poder y pueda abusar de él. O al menos deberían si funcionan correctamente.

Y en este punto es dónde creo que esta la mayor contribución del libro para el debate. Una conclusión que seguramente pasa un poco desapercibida pero que tiene importantes implicaciones. El hecho de que el comportamiento electoral esté marcado por las identidades sociales más que por las preferencias individuales, implica que debemos cambiar el foco a la hora de garantizar un correcto funcionamiento de la democracia. La calidad de la democracia no dependerá principalmente del nivel de información de los votantes medianos, pues la información no es el elemento clave del voto. El funcionamiento de la democracia va a depender, fundamentalmente, de la capacidad de los distintos grupos sociales de organizarse bien, formar las coaliciones y mandar las señales necesarias a sus miembros sobre qué candidato escoger. Bienvenidos al mundo de la democracia realista. Efectivamente, una democracia dónde los partidos vuelven a ser claves.