Durante la tertulia de ayer hablé de la teoría de Josh Marshall sobre la navaja de Trump: cuando tengas que analizar una acción, discurso o decisión de Donald J. Trump, presidente de los Estados Unidos, asume que esta ha sido tomada por el motivo más estúpido posible. Esta hipótesis demostró ser cierta más de una vez durante primarias y generales, cuando expertos de ambos lados se preguntaban si Trump era un genio en esto de ser candidato o realmente no tenía ni puñetera idea de lo que estaba haciendo. También, al final de la campaña, se demostró que lo que vino a ser un paseo aleatorio de un niño malcriado por unos comicios presidenciales era una estrategia electoral más efectiva que los planes de un montón de consultores demócratas y republicanos muy bien pagados, pero ese es otro tema*.

La incógnita, en último término, era si este estilo político de Trump, caótico, iracundo, impulsivo y desordenado, iba a seguir siendo efectivo una vez llegara de forma casi incomprensible a la presidencia. Los politólogos (o aquellos politólogos lo suficiente cínicos como para creerse esta parte de la literatura, que estos días parece mucho más convincente) siempre habían sospechado que las campañas electorales en el fondo no importan demasiado, y los votantes escogen al próximo presidente más según el humor en que estén y la situación económica que en lo que digan los candidatos**.

A la hora de gobernar, sin embargo, dentro de la disciplina sí que hay cierto consenso que un estado moderno es una cosa un poco complicada, y que ser presidente de Estados Unidos, España o Poldavia no es algo que uno se pueda tomar a broma. Una democracia consolidada tiene una serie de guardarraíles, protecciones, trampas de arena y sistemas de seguridad para proteger a los políticos de su propia inconsciencia o torpeza. Nos reímos mucho de las burocracias, funcionarios, agencias y Sir Humphreys que se dedican a entorpecer la tarea de nuestros gloriosos representantes electos, pero su memoria institucional es lo que asegura a veces que el país funcione a pesar de (o en ausencia de, como en España el año pasado) los políticos. Un presidente que no entienda su papel e insista en gobernar a boleo sin prestar atención a prácticas legales, consejo profesional o la realidad que está dirigiendo un país puede meterse en problemas serios rápidamente.

Tras apenas diez días en la Casa Blanca parece bastante claro que Donald Trump y los suyos no acaban de entender esto que gobernar es difícil. La imagen que están dando es de un grupo de gente que ha llegado al poder con ganas de hacer las cosas a su manera, y no acaban de ser conscientes que dirigir el gobierno federal americano no tiene nada que ver con dirigir una empresa privada.

Para empezar, casi todas las órdenes ejecutivas aprobadas hasta ahora han sido redactadas, según todos los medios, por un equipo relativamente reducido dentro de la Casa Blanca. Cuando han buscado opiniones fuera lo han hecho en secreto y a espaldas del Congreso (esta historia ella sola da para cinco artículos); en el caso de la ya infame orden sobre inmigración, ni el secretario de homeland security (el ministro del interior, vamos) ni el secretario de estado fueron consultados, y se enteraron de su contenido en la prensa. El secretario de defensa al menos la leyó antes de publicación, aunque había dicho antes repetidamente que estas prohibiciones eran mala idea.

El secretismo sería justificable si habláramos de una maniobra diplomática de altos vuelos, pero en este caso lo que ha provocado es un fin de semana caótico en los aeropuertos, con media administración implementando una medida sin preparación alguna. Dado que en la elaboración del texto habían participado una docena escasa de personas, Trump pilló totalmente por sorpresa a los que deberían ser sus aliados en el Congreso. La Casa Blanca se pasó el fin de semana lanzando mensajes contradictorios tratando de justificar sus acciones, mostrando nula disciplina de mensaje ya que francamente nadie parecía saber qué narices habían firmado. El vacío fue llenado (justificadamente) por manifestantes iracundos, y la torpe redacción de la orden ejecutiva y su incompetente implementación hicieron que el ejecutivo sufriera derrotas judiciales apenas una semana de tomar posesión del cargo.

Si sólo fuera la orden sobre inmigración, no sería preocupante. La cuestión es que Trump se las ha arreglado para poco menos que declarar una guerra comercial con México, ha presentado a varios potenciales miembros de su gobierno para confirmación cómicamente mal preparados, lanzado un montón de promesas imposibles sobre la reforma de la sanidad de Obama, anunciado una investigación sobre fraude electoral para unos comicios que ganó basada en anécdotas y fantasía, y metido en una absurda guerra de cifras sobre los asistentes a su toma de posesión usando datos inventados. Cada día la Casa Blanca tiene filtraciones sobre lo mal que se llevan unos con otros, lo mal que lo hace Priebus, lo malvado que es Bannon, cómo han exiliado a Conway al piso de arriba (Trump, dicen ahora, tiene miedo a las escaleras) y las batallas perdidas del yernísimo y su mujer.

Y después tenemos los tweets de Trump (igual de maduros que siempre) y cosas como esta, la carta anunciando el despido de la fiscal general en funciones Sally Yates por su rechazo a defender la orden ejecutiva sobre inmigración en los tribunales. El despido en sí es un poco feo pero es justificable legalmente; no tiene nada que ver con hazañas pasadas de Richard Nixon. El tono de la carta, sin embargo, es otra cosa.

Cosas como decir que Yates ha traicionado al departamento de justicia, que es débil en temas de fronteras y de inmigración ilegal o decir que es hora de ponerse serios es retórica de un niño de 13 años, siendo generoso, no del jefe de estado del país más poderoso de la tierra. El despido es legal y justificable (es feo y torpe, pero el presidente estaba casi obligado a hacerlo), pero el lenguaje, el tono de esto y de todo lo que hace la administración es más de una turba de cuñados enfurecidos que de alguien que quiere gobernar un país medio en serio.

Es perfectamente comprensible y normal que una administración nueva cometa errores tontos al principio, incluso cuando está llena de veteranos de Washington. El sistema político americano es muy complicado, mucho más que el de cualquier democracia parlamentaria europea, y es bastante sencillo intentar impulsar una medida sin consultar a todo el mundo que debe ser consultado, informar a todas las agencias que deben estar implicadas o comprobar que no te saltas algún oscuro precedente legal. Con tantos cargos políticos, es muy fácil que alguien diga una bobada, se salga de guión o saque alguna chapuza a medio hacer. Todo esto se cura con el tiempo, a base de llevarse tortas de la prensa y el congreso.

Lo que no es normal, sin embargo, es una administración en que nadie tiene experiencia de gobierno medio decente a nivel federal entre el puñado de asesores que controlan la Casa Blanca, un presidente que nunca parece preocuparse por detalles como saber de lo que se está hablando y donde todo el mundo parece estar haciendo cosas más o menos al tuntún, más preocupados de decir que cumplen con sus fantasias de campaña que en preparar políticas públicas coherentes.

No sé si la Casa Blanca de Trump derivará en algo horrible y autoritario*** o alguna de las pesadillas que los más pesimistas proclaman estos días. A estas alturas mi preocupación es que estos tipos son tan torpes como para no saber ni redactar una orden de cese que no dé vergüenza ajena. Cuando toque gobernar en serio o responder a una emergencia, no quiero ni imaginar lo que serán (in)capaces de hacer.

*: tener al Kremlin y al FBI haciendo campaña por ti ayuda.
**: véase el punto anterior. También es verdad que los modelos asumen que los dos candidatos son igual de competentes y se cancelan mutuamente, pero mira.
***: Steve Bannon es ciertamente un fascista de primera, pero eso es para otro día.