Internacional

¿Cuándo creerse una conspiración?

12 Dic, 2016 - - @egocrata

Las elecciones presidenciales americanas tuvieron como mínimo unas cuantas cosas curiosas, empezando por lo improbable del resultado. Trump llega a la presidencia sacando dos millones y medio menos (algo más de dos puntos) de votos menos que Clinton. Su mayoría en el colegio electoral fue exigua: si 80.000 votos en Wisconsin, Michigan y Pennsylvania hubieran cambiado de sentido (en unas elecciones con más de 130 millones de votos emitidos) Hillary Clinton sería hoy presidente electa. Estamos hablando de unos comicios en que cualquier detalle, por insignificante que fuera, habría bastado por decantar el resultado final en un sentido u otro.

Es por este motivo que las noticias de este fin de semana son a la vez preocupantes y descorazonadoras. El sábado tanto el New York Times como el Washington Post publicaban que la CIA había llegado a la conclusión que los servicios de inteligencia rusos habían intentado influir en las elecciones para favorecer a Donald Trump. Su estrategia para subvertir las elecciones fue una combinación de hacking*, y filtrado selectivo de comunicaciones de la DNC, John Podesta y Colin Powell a Wikileaks y medios de comunicación afines (RT y similares). Según el informe, los servicios secretos rusos habían penetrado también las comunicaciones del partido republicano, pero habían decidido no difundirlas.

Los e-mails de Hillary Clinton fueron uno de los grandes temas de la campaña electoral, por mucho que fueran un escándalo completamente menor comparados con los múltiples pufos de Trump. En realidad hablamos de cuatro “escándalos” separados, aunque la cobertura de los medios americanos fue tan confusa que acabó pareciendo un sólo problema. Tenemos por un lado el servidor privado de correo que Clinton utilizó cuando era secretaria de estado, que el FBI investigó exhaustivamente sin encontrar delito alguno; el hackeo de las comunicaciones del partido demócrata, filtradas a Wikileaks; el hackeo* de los e-mails de John Podesta y Colin Powell, también selectivamente filtrados a Julian Assange. Según la CIA, hay evidencia circunstancial abrumadora que señala que los servicios secretos rusos estuvieron detrás de los tres últimos, y que coordinaron su divulgación para intentar hacer daño a Clinton.

Esta noticia no es exactamente nueva; durante la campaña se comentó a menudo la posibilidad que Rusia estuviera detrás de todo esto. Lo que es nuevo es primero que la CIA, en un informe, esté diciendo de forma casi inequívoca (en inteligencia, nunca se da nada por 100% seguro) que este es el caso, y segundo que antes de las elecciones la agencia presentara esta información al congreso, pero que los republicanos bloquearan su publicación. Esto, sumado a los rumores, noticias falsas y el trolleo automatizado profesional ya conocido utilizado por los rusos da para mucho. Si además tenemos un candidato que ha elogiado repetidamente a Putin, tuvo como jefe de campaña una temporada alguien que trabajó con el presidente rusófilo de Ucrania durante años y busca colocar un tipo que ha sido condecorado por Putin como secretario de estado, nos queda un mapa complicado.

Admitamoslo: decir que Rusia tuvo un papel clave decidiendo las elecciones del país más poderoso de la tierra tiene mucho de teoría de la conspiración, y en circunstancias normales diría que es una total y completa locura. La cuestión es que esta no fue una campaña electoral normal en absoluto; uno de los candidatos sufrió ataques informáticos, publicación de conversaciones privadas y divulgación de rumores falsos de forma coordinada y sistemática durante meses, y todo parece indicar que un actor extranjero parece ser quien orquestró esos ataques. En unas elecciones decididas por 80.000 votos (insisto), estos ataques, que generaron una cobertura mediática masiva, pueden haber cambiado el resultado.

Ahora supongamos que todo lo dicho hasta ahora es cierto, y que los Estados Unidos tienen a Donald Trump como presidente gracias a una brillante operación subversiva del FSB y GRU. ¿Y ahora qué?

Por lo que estamos viendo estos días, nadie parece saberlo. Por un lado, por mucho que la historia sea plausible y la evidencia en manos de la CIA concluyente, sigue siendo una explicación probable, pero no necesariamente cierta. Putin quizá nunca diera la orden, o nunca tuviera la intención de ayudar a Trump. Segundo,  incluso si el complot existiera, la intervención rusa fue algo que se discutió durante la campaña, aunque fuera con menos certeza.  Es perfectamente posible que incluso si  toda esta historia se hubiera hecho pública antes de las elecciones el resultado fuera el mismo.

Lo que está claro, de todos, modos, es que debate político americano estos días va a ser como mínimo extraño. Algunas voces están echando la culpa a la administración Obama de todo el asunto, diciendo que su debilidad con Rusia abrió la puerta a estas interferencias. También se ha criticado que la CIA no hiciera públicas sus conclusiones antes; el informe sigue siendo secreto ahora, por mucho que se haya filtrado. Algunos echan la culpa a los republicanos, y especialmente Mitch McConnell, por oponerse a hacer una declaración bipartidista durante la campaña condenando injerencias; otros a Obama por no hacerlo público incluso con oposición del GOP. También se ha comparado la cautela de la CIA a hablar de una investigación con conclusiones firmas a la alegre transparencia del FBI anunciando el descubrimiento de nuevos e-mails (que resultaron ser duplicados) a dos semanas de las elecciones. Algunos republicanos se han unido a los demócratas pidiendo una investigación; la mayoría han guardado un silencio ambiguo.

Trump y sus muchachos, mientras tanto, han reaccionado como era esperable. John Bolton, el probable vice-secretario de estado, ha insinuado que fue la misma administración Obama que hackeo la DNC para echarle la culpa a los rusos. Trump ha declarado que no se cree el informe en absoluto, mientras su campaña poco menos que se burlaba de la CIA. El presidente electo lleva meses diciendo que no respeta demasiado lo que digan sus servicios de inteligencia, y esto seguro que no va a mejorar su relación de trabajo.

Siendo sincero, no creo que esto acabe en gran cosa, más allá de una polémica de unas pocas semanas que acaba cabreando a todo el mundo. Es poco probable que salga nada a la luz realmente escandaloso (digamos gente de la campaña de Trump trabajando con espías rusos con bigote), así que el escándalo será una nota más en una campaña electoral surrealista. Simplemente, es un escándalo demasido absurdo como para ser el peor escenario posible; tener hackers rusos trolleando a un candidato ya es suficiente extraño.

Aunque vamos, lo mismo dije sobre bridgegate hace un par de años, y mira

*: técnicamente fueron ataques de phishing, no hackeo, pero vamos, ya me entendéis.