Sociedad

Movilidad social mediante vivienda pública

27 Oct, 2016 - - @egocrata

Si hay algo infame en Estados Unidos son los housing projects. Este es el término con el que los americanos se refieren a las zonas de vivienda pública existentes en muchas ciudades del país; esos edificios viejos y sucios que uno ve en casi cualquier película o serie que quiera reflejar la dureza de la vida urbana en Detroit, Baltimore o Nueva York. En general los projects son vistos como una política pública fallida; lugares donde se concentra la pobreza, el crimen y la falta de oportunidades que atenazan a amplios segmentos del país.

En los últimos años (especialmente a partir de los noventa) el gobierno federal y muchos estados han decidido reorientar sus políticas de vivienda hacia un programa conocido como section 8. En vez de dar acceso a viviendas subvencionadas de propiedad pública, bajo section 8 los receptores alquilan una vivienda donde quieren, y el estado/ciudad/gobierno federal (quién paga cada cosa es siempre complicado) cubren parte del coste, de modo que el inquilino no tenga que destinar más de un tercio de sus ingresos para pagar por el piso. La idea, en este caso, es que los cheques de vivienda permiten que la gente de pocos ingresos se muden fuera de zonas pobres, algo que sabemos que tiene efectos positivos para los que se trasladan y para sus hijos.

Esto puede llevarnos a asumir que los residentes en viviendas públicas son víctimas de una mala política pública, y que los hijos de las familias que residen en ellas están saliendo perjudicadas. Estados Unidos debería demoler las casas de los 2,2 millones de personas en projects y darles acceso a los vales de vivienda que ya reciben 5 millones de individuos.

Para mi sorpresa, las cosas resultan no ser tan sencillas. En un nuevo estudio en NBER, Fredrik Andersson, John C. Haltiwanger, Mark J. Kutzbach, Giordano E. Palloni, Henry O. Pollakowski y Daniel H. Weinberg analizan con detalle las cifras, y llegan a una conclusión bastante distinta. Para ello utilizan datos del departamento de vivienda y del censo para identificar niños que vivieron en projects entre los 13 y 18 años, y después cruzaron sus datos ya de adultos para ver cuánto dinero ganaban y si estaban en la cárcel. Para asegurarse que la comparación era entra familias parecidas, los autores se fijaron en las diferencias entre hermanos en un mismo hogar para ver si una estancia más larga en vivienda pública tenía efectos o no.

A los 26 años, por cada año que una mujer hubiera vivido de niña en vivienda pública sus ingresos anuales subían de media $488 dólares comparada con alguien que no hubiera recibido ayudas, y la probabilidad de estar encarcelada disminuía un 11%. Este efecto, curiosamente, es estadísticamente significativo sólo para niñas latinas y negras; ser blanca y vivir en los projects no parece mejorar nada. El patrón se repite para aquellas que han crecido en familias que recibían cheques de vivienda, pero los beneficios son menores.

Para niños, los resultados son parecidos. Un año de vivir en los projects aumenta los ingresos anuales $508, casi el doble que recibir section 8. La única excepción, en este caso, son para chavales afro-americanos en las zonas de vivienda pública más pobres, donde sí parece que el tópico se cumple. Para el resto, sin embargo, la vivienda pública parece ser una forma efectiva de generar movilidad social.

¿Qué estamos viendo en este estudio? Esencialmente dos efectos, uno relativamente obvio, otro un poco más sutil. El más evidente es que cuando una familia con pocos ingresos recibe dinero, su bienestar mejora. El hecho de dar acceso a una vivienda estable a bajo precio, por cutre y sórdida que parezca, es una ayuda enorme para alguien que en otro caso estaría increíblemente preocupado buscando un piso e intentando pagar el alquiler para evitar que lo echen. Esa estabilidad, por sí sola, basta para hacer que una familia preste más atención a sus hijos, reduce el nivel de estrés de todo el mundo en casa y hace que todo el mundo sea más feliz. Eso se nota en rendimiento en la escuela, aunque sólo sea porque es menos probable que el chaval acabe cambiando de colegio cuatro veces en tres años por mudanza.

El otro factor interesante es la comparación con los cheques de vivienda. Hay un buen número de estudios que indican que trasladar una familia de un barrio pobre a uno de clase media hace maravillas en movilidad social, como ya he mencionado (la furgoneta como instrumento del estado del bienestar, digamos); sin embargo los datos parecen señalar que eso no se produce.

En realidad, la mayoría de gente que recibe section 8 no se muda a zonas más acomodadas, sino que acaban quedándose en el mismo barrio. Los autores señalan que un 23% de residentes en vivienda pública viven en zonas con altas concentraciones de pobreza, comparados con un 22% para las familias de section 8. A efectos prácticos, los cheques generan menos movilidad de lo que deberían ya que muchos caseros no los aceptan, sólo son válidos dentro de una área geográfica determinada (una ciudad, por ejemplo), y sus receptores a menudo no quieren irse de su barrio para irse a vivir a una zona donde serán inevitablemente vistos con recelo. Incentivar la movilidad geográfica es mucho más complicado de lo que parece a primera vista.

Con todo, el estudio refuerza un par de ideas que repetimos por aquí a menudo. Primero, el estado de bienestar funciona como mecanismo para sacar a gente de la pobreza y aumentar la movilidad social, incluso en programas tan aparentemente torpes como los housing projects.

Segundo, el principal problema de los pobres es que no tienen dinero. Cualquier programa que haga sus vidas más estables dándoles dinero posiblemente ayude a sus hijos a medio/largo plazo de forma considerable. Muchos programas de asistencia caen en el paternalismo, creando elaborados servicios sociales basados en preconcepciones sobre qué necesitan un pobre para dejar de serlo (cursillos, talleres, terapia, educación financiera, filatelia y colombofilia). A la práctica, es a menudo más barato, efectivo y rápido darles un cheque, que ellos ya sabrán cómo utilizarlo.

Es por este motivo que programas como el complemento salarial (o sus variantes más caras, un impuesto negativo sobre la renta o una renta básica completa) me parecen una gran idea, por cierto. Lástima que algunos partidos en teoría de izquierdas acabaran por matar la idea hace unos meses.