Internacional

Elecciones americanas: el hundimiento

13 Oct, 2016 - - @egocrata

Durante las primarias, la gente de la campaña de Hillary Clinton decía en privado que su oponente preferido para las generales era Donald Trump.

Hoy, más que nunca, vemos el por qué.

Empecemos por lo que sucedió en el debate del domingo, cuando Trump respondió a una pregunta de Anderson Cooper acerca de la ya infame grabación donde alardeaba de meterle mano a mujeres atractivas. Cooper, uno de los mejores periodistas en CNN, le dijo que lo que describía en esa conversación eran abusos sexuales, y le preguntó si era sólo palabrería o era algo que había hecho alguna vez. Trump intentó esquivar la pregunta primero explicando que él era el mayor enemigo de ISIS, después quejándose que Bill Clinton había hecho cosas peores. Cooper, impertérrito, insistió una vez más, hasta conseguir el siguiente intercambio:

Cooper: “Have you ever done those things?”

Trump: “No, I have not.”

Los trumpistas insistieron que este intercambio mostró arrepentimiento y contrición, y que el candidato republicano salía reforzado del debate. Los sondeos dejaban claro que Trump de nuevo lo había perdido, pero tras el horror del fin de semana, con decenas de republicanos retirando su apoyo a su candidatura, todo lo que no fuera una implosión parecía medio decente.

El lunes Paul Ryan, el lider del GOP en la Cámara de Representantes, declaraba que no iba a defender más a Trump durante la campaña, y que se iba a concentrar en mantener su mayoría legislativa en el congreso. Esencialmente, decía en voz alta que estaba dando la Casa Blanca por perdida.

La reacción de Trump fue, previsiblemente, histérica. Durante todo el lunes y martes estuvo insultando, criticando y atacando a Ryan y al resto de las élites del partido. Las bases debieron armar suficiente ruido como para que algunos candidatos del GOP que habían condenado a Trump dieran marcha atrás y volvieran a apoyarle. Al espectáculo absurdo de un candidato presidencial en guerra declarada con sus compañeros, varios sondeos realizados después del debate daban una ventaja a Hillary Clinton entre seis y once puntos. En su mitin el martes por la noche, Trump dio un discurso aún más incoherente de lo habitual, atacando a todo el mundo, insistiendo en que iba a meter a Clinton y sus abogados en la cárcel si ganaba, amenazando con silenciar medios de comunicación.

Hoy, con el partido en guerra abierta, las palabras de Trump en el debate han vuelto para hundirle. En unas pocas horas, varias mujeres en multitud de medios de comunicación han dado un paso adelante para decir que Trump mentía, y que lo que decía en la grabación no era bravuconería: el candidato republicano las había abusado sexualmente. Hay artículos en el NYT, Palm Beach Post, Guardian, Yahoo News y People, y por lo que dicen mañana hay otra historia en el Today Show en NBC. El diluvio de escándalos es tal que está escondiendo otra historia horrible de Trump que ha salido esta mañana sobre cómo le gustaba entrar en el vestuario de las candidatas a misses de 15 años cuando dirigía esos concursos.

Quién iba a decir que un tipo con un larguísimo historial de conductas y comentarios machistas, pleitos por discriminación y acusaciones de abusos resulta que tenía esqueletos en su armario, oye.

En fin. A estas alturas es difícil, por no decir imposible, que Donald Trump sea capaz de ganar estas elecciones. El hombre lleva toda la campaña saltando de un escándalo a otro, sin haber llegado nunca a estar por delante de Clinton en ningún sondeo. En las últimas dos semanas, sin embargo, no estamos hablando ya de declaraciones altisonantes, sino de conductas directamente delictivas, guerras abiertas con todo el mundo y un comportamiento lo suficiente errático e irracional como para que empiece a ser preocupante. Nada, salvo un milagro colosal, le evitará la derrota. La única incógnita, a estas alturas, será la escala de su humillación.

Hay algunas voces desesperadas desde el sector trumpista del GOP (ese mismo sector al que todo el mundo negará haber pertenecido alguna vez de aquí unos meses) diciendo que esto es una conspiración orquestrada por los Clinton, y que por qué todas estas mujeres han esperado una década o más antes de hacer públicas sus acusaciones.

Sobre lo primero, claro que es un ataque orquestado por la campaña de Clinton, sea directa o indirectamente. Esto es lo que se llama hacer opposition research (buscar basura del oponente), y podéis estar seguros que las mentes más sórdidas del partido demócrata llevaban meses buscando basura sobre Trump. Los debates son los momentos de más visibilidad de una campaña presidencial, y obviamente han buscado insertarlos en la discusión ahora. La grabación de Access Hollywood quizás fuera un golpe de suerte, pero los voluminosos resúmenes de prensa con todos los comentarios machistas de Trump en las últimas tres décadas salen del partido demócrata. Cualquier campaña mínimamente profesional y bien organizada va a hacer estas cosas, y si hay algo que los Clinton son extraordinariamente buenos haciendo es ejercer de políticos profesionales y bien organizados.

El silencio durante años de las acusadoras tampoco es inusual. Acusar a un hombre rico, famoso y con contactos como Trump de abusos sexuales es casi imposible si eres alguien sin un perfil público. Una de las víctimas, por ejemplo, es una reportera de People Magazine. Denunciar a Trump sin más pruebas que tu palabra es enfrentarte a una pesadilla judicial donde tu nombre será arrastrado por el barro durante meses. Es algo parecido a lo que vimos con el escándalo Bill Cosby, con decenas de víctimas. Lo que ha cambiado es que ahora hay una grabación de Trump describiendo esos mismos abusos, y los medios están ansiosos por buscar esas historias. Ser la única mujer acusando a Trump es suicida; ser diez, quince o treinta (porque las historias van a continuar apareciendo durante días, no lo dudéis) requiere valor, pero el riesgo personal es mucho menor.

Tiene algo de justicia poética: Trump, en el primer debate, insinuó que iba a utilizar los escándalos sexuales de Bill Clinton (que los hay) para atacar a Hillary. Esta semana, y de aquí al final de campaña, serán sus escándalos los que acaben con él.

Quedan dos preguntas, ambas sin respuesta. La primera es cómo narices ninguno de los dieciséis oponentes de Donald Trump en las primarias republicanas encontró un sólo escándalo con el que atacarle. La realidad es que probablemente ni buscaron, porque nadie se lo tomó en serio. El mayor escándalo de estas elecciones sigue siendo que Jeb Bush se gastara 100 millones de dólares atacando a Marco Rubio, sólo para dejarse ganar por este patán .

La segunda es si un desastre electoral de Trump hará que los republicanos pierdan la mayoría en el Congreso. Eso, me temo, es más difícil decirlo; los sondeos son menos precisos,  la gente decide más tarde, y los votantes se enfrentan a dos dinámicas encontradas. Por un lado, habrá votantes republicanos que se abstendrán asqueados por Trump. Por otro, es posible que haya muchos votantes que preocupados por tener a los demócratas controlando las tres ramas del gobierno (recordad, hay una vacante en el Tribunal Supremo) , acudan a las urnas para al menos mantener un cierto contrapeso en la Cámara de Representantes.

La verdad, me sorprendería mucho que los demócratas acabaran controlando el Congreso. El Senado está a tiro, pero el gerrymandering en la cámara baja es tan demencial que algunos analistas dicen que los demócratas tienen que ganar por más de siete puntos para sacar mayoría en la cámara.

Lo que es indudable es que las próximas semanas van a ser interesantes, aunque quizás no del todo competidas. Veremos.