Internacional

Segundo debate: hombre fuerte

10 Oct, 2016 - - @egocrata

El segundo entre Trump y Clinton acabó por ser algo bastante previsible.

No por los moderadores, que de forma bastante inusual en esta campaña estuvieron francamente bien, sino por el contenido, la forma y el triste nivel del discurso. Trump fue al debate con ganas de lanzar tortas, y el debate acabó siendo una discusión bronca, a ratos absurda, con el candidato republicano a menudo comportándose de forma infantil y soltando algunas burradas francamente atroces.

La peor, de muy lejos, fue cuando Trump amenazó a Clinton de meterla en la cárcel si gana las elecciones. No una, sino dos veces. También mintió tan a menudo como siempre, dijo que estaba en contra de algo que su propio candidato a vicepresidente dijo en su debate hace menos de una semana, respondió a una pregunta sobre sus escándalos sexuales diciendo que era el único que podía derrotar a ISIS y admitió no haber pagado impuestos durante años otra vez. Además, en un movimiento que dice todo sobre la clase del personaje, Trump invitó a varias mujeres que habían acusado a Clinton en alguno de los escándalos sexuales de los noventa. porque un tipo que lleva tres divorcios ha sido grabado hablando sobre abusar mujeres está para dar lecciones de moralidad. Todo esto fue acompañado, como es habitual, con varias respuestas sobre políticas públicas que fueron típicas de Trump, auténticos paseos aleatorios sobre conceptos vagamente relacionados con la pregunta formulada, interrupciones constantes y demás.

Estoy seguro que me dejo unas cuantas, pero da igual. La primera, la amenaza de cárcel, es francamente algo tremebundo. Es la clase de amenaza que un candidato a la presidencia de Ucrania (y cliente del ex-jefe de campaña de Trump) hace sobre su oponente, y es algo que sólo sucede en Ucrania cuando Yanukóvic realmente metió en la cárcel a Yulia Timoshenko. Es algo que sucede en sitios como Venezuela, Honduras, una república ex-soviética o un país centroafricano en un momento inspirado entre guerras civiles, pero no en una democracia medio decente.

La estrategia de Trump, sin embargo, creo que tenía menos que ver con ganar el debate que de hablar para su público.  Durante todo el debate Trump se dedicó a lanzar las clases de ataque que hacen felices a las bases republicanas, y que a menudo son sólo comprensibles por ellas. A los oyentes de Limbaugh o Sean Hannity seguro que les entusiasmo que Trump mencionara a Sydney Blumenthal, pero a la inmensa mayoría del electorado eso no le importa en absoluto. Durante todo el fin de semana un número considerable de líderes republicanos han retirado su apoyo a Trump, en respuesta a infame grabación que se hizo pública el viernes. Más que intentar ganar votantes centristas, Trump se dedicó durante todo el debate a satisfacer a sus bases, intentando evitar más deserciones desde su propio partido. El resultado fue un debate muy parecido al primero, pero con Trump aún más agresivo que antes.

Lo que acabamos viendo, creo, fue una repetición de lo que vimos hace un par de semanas. Al acabar el debate los analistas en los medios, que empezaban con unas expectativas minúsculas sobre Trump, decían que había sido un empate. Un empate, para el candidato a 5-6 puntos por detrás de las encuestas, es de hecho una derrota, pero eso es lo de menos. Al rato, los primeros sondeos llegaron a las redacciones, y los números eran casi idénticos al primer debate: una victoria clara 57-34 para Clinton en CNN, y otra más ajustada (47-42) en YouGov.

Es decir, que la campaña está, después del debate, exactamente en el mismo sitio donde estaba hace unas horas. Trump sigue por detrás en las encuestas, y Clinton sigue siendo la favorita. La única diferencia es que uno de los candidatos anda lanzando amenazas como un caudillo autoritario medio.

Queda menos de un mes para las elecciones. Salvo sorpresas descomunales de última hora o un desastre completo de Clinton el el tercer debate, Trump necesita un milagro a estas alturas.