Internacional

Las tres apuestas de Hillary Clinton

8 Ago, 2016 - - @egocrata

La mera existencia de Donald Trump hace que la campaña presidencial de Hillary Clinton quede en un segundo plano. Es un lástima, porque los demócratas, en parte por convicción, en parte aprovechando el espanto de candidato republicano, están llevando a cabo una estrategia tan interesante como arriesgada. Clinton podría simplemente intentar recrear la coalición demócrata que llevó a Obama a la Casa Blanca por segunda vez el 2012 (las elecciones del 2008, en plena crisis, son irrepetibles), pero ha decidido seguir un curso de acción algo más ambicioso.

Simplificando un poco, cuando el ruido de las constantes astracanadas de Trump no oculta el mensaje de su rival, la campaña de Clinton está haciendo tres cosas: darle la vuelta a la narrativa sobre temperamento, abrazar el patriotismo y girar a la izquierda.

Género, política y temperamento:

En Estados Unidos, como en casi cualquier otro lugar del mundo, los periodistas hacen preguntas a las mujeres candidatas a cargos públicos que nunca harían a un hombre. A nadie se le ocurriría preguntar a Mitt Romney, Obama o Bush si “son lo suficiente fuertes” como para tomar decisiones de vida o muerte, por ejemplo. Ningún candidato varón sería cuestionado tras llorar en público, o se le exigiría hablar sobre si es demasiado emocional. Desde luego, ningún hombre recibiría esta insidiosa pregunta que Hillary recibe una y otra vez sobre por qué parece caerle mal a la gente, por qué no sonríe más y por qué en las encuestas no es vista como una persona agradable. Es perfectamente posible que los periodistas no sean conscientes del sesgo (machista) implícito en sus preguntas, dado lo comunes que son. Pero en general, en cualquier campaña política, una mujer tiene que dedicar una cantidad de tiempo nada trivial defendiendo su carácter y temperamento.

En este ciclo presidencial, sin embargo, las cosas son un poco distintas. Aunque Hillary sigue recibiendo la misma estúpida pregunta en cada entrevista sobre por qué le cae mal a la gente (no me extraña que no dé demasiadas ruedas de prensa – siempre le preguntan lo mismo), su campaña está utilizando el temperamento como arma arrojadiza, atacando repetidamente a Trump como alguien que no tiene la fortaleza y estabilidad mental para ser presidente. Puede parecer una línea de ataque obvia para cualquiera que haya escuchado a Trump hablar durante más de cinco minutos, pero es inusual. En una campaña electoral, al menos en Estados Unidos, una mujer no acostumbra a utilizar esta clase de mensajes, ya que llevan el debate a una zona donde los estereotipos juegan en su contra. Clinton parece estar un poco de vuelta de todo, y aprovechando que su oponente a menudo se comporta como un niño malcriado está utilizando este ataque constantemente.

Patriotismo:

El segundo mejor discurso de la convención demócrata (el mejor fue el del matrimonio Khan, origen de la última ida de la olla de Trump) fue el de Barack Obama y su mirada optimista al futuro de Estados Unidos. Que el presidente de un discurso de contenido patriótico no es inusual; lo que hizo que muchos observadores prestaran atención, sin embargo, fue el tono empleado, tanto por Obama como por el resto de oradores en los cuatro días de convención.

Sonaban como republicanos.

No en el contenido del programa (ahora hablo de ello), pero sí en la retórica, en la mirada optimista de una América pletórica, líder, segura de sí misma, orgullosa de sus valores, su energía y su vitalidad. John Podhoretz, escritor de discursos para Reagan y Bush padre, dijo sobre la intervención de Obama que cambiando cinco párrafos el discurso lo podría haber pronunciado Reagan. No fue el único intelectual conservador diciendo cosas parecidas; los demócratas realmente estaban copiando la retórica del GOP pre-Tea Party. La convención republicana en general, y el discurso de Trump en particular, fueron una visión apocalíptica de Estados Unidos sumido en el caos. Clinton, Obama, Biden y demás, en cambio, hablan con un optimismo y orgullo que normalmente estaba reservado a los conservadores.

Es un cambio tremendo. Los demócratas siempre han envidiado el hecho que el GOP fuera el partido del optimismo desde 1980, su visión del país siempre dedicada a desfacer entuertos y combatir problemas. Bajo Obama, el partido ahora habla de construir a more perfect union, la visión de unos Estados Unidos en permanente construcción, siempre avanzando hacia mayores cuotas de bienestar, igualdad, justicia, diversidad y oportunidades para todos. El contraste viene en gran medida por la campaña rabiosamente pesimista de Trump, a menudo basada en el resentimiento y el temor a la decadencia, pero no se limita a ello. Obama lleva abrazando estas ideas toda su carrera (su discurso en la convención del 2004 es legendario por un buen motivo; vale la pena verlo de nuevo); es ahora, sin embargo, cuando los demócratas han conseguido tomar posesión plena de este terreno.

Lo significativo, sin embargo, es que apostar por este discurso es una apuesta arriesgada, ya que están buscando los votantes del centro, no la coalición demográfica (mujeres + jóvenes + minorías) que anclaron la victoria del 2012. Hillary Clinton está intentando expandir el electorado, en vez de defender una victoria probable pero ajustada. Y lo está haciendo con el riesgo añadido del siguiente punto: un ambicioso programa electoral.

El giro a la izquierda:

Es importante no olvidar que en las primarias del 2008 Barack Obama estaba a la derecha de Hillary Clinton en casi todos lo temas, con la (decisiva) excepción de política exterior. Clinton parecía una candidata centrista durante las primarias este año sólo porque su oponente era Bernie Sanders, pero siempre ha sido alguien cerca del núcleo ideológico del partido demócrata, no un miembro del ala moderada.

En parte por convicción propia, en parte para apaciguar a los sanderistas, el programa electoral del partido demócrata este año es muy progresista, especialmente si lo comparamos con el 2004, 2008 ó 2012. Los demócratas defienden implantar la baja por enfermedad y maternidad a nivel federal, expandir derechos sindicales, educación universitaria sin endeudarse, ampliar la educación infantil, expandir la reforma sanitaria, subir el gasto en seguridad social y los impuestos a los ricos y reforzar la regulación del sistema financiero, entre otras propuestas. Muchas de estas cosas no suenan especialmente de izquierdas en Europa (aunque parezca increíble, en Estados Unidos no hay baja por maternidad), pero en agregado conforman un programa político muy progresista dentro del espectro ideológico habitual en el país.

De forma más relevante, es un programa mucho más de izquierdas de lo que uno esperaría de una campaña que quiere apostar sobre seguro. En vez de escribir una serie de propuestas más o menos bienintencionadas pero no demasiado amenazadoras (léase: Obama, 2008, con una ley de sanidad idéntica a la aprobada por Mitt Romney en Massachusetts dos años antes), Clinton parece haber decidido que de perdidos, al río, y ha tirado a la izquierda.

La combinación de estas tres apuestas sugiere dos cosas. Primero, Clinton es consciente que Trump es un candidato horrible, y se puede permitir tomar ciertos riesgos. Segundo, si la apuesta le sale bien, y los demócratas ganan con claridad en noviembre (algo que las encuestas sugieren como una posibilidad real a estas alturas), habrán movido el centro del debate político sólidamente hacia la izquierda a medio-largo plazo.

Una de las grandes ambiciones de Obama desde que llegó a la presidencia (y uno de los grandes de muchos observadores republicanos) era hacer para los demócratas lo que Ronald Reagan hizo para el movimiento conservador en los ochenta, cambiar los parámetros del debate. Si Clinton gana en noviembre, y lo hace bajo este nuevo optimismo progresista que vimos en la convención, las presidenciales del 2020 se librarán bajo un marco progresista por primera vez en décadas. En 1992 y 1996 los demócratas ganan las elecciones utilizando y aceptando la retórica de Reagan*. Con suerte, en el 2020 los republicanos deberán acudir a las urnas con un candidato hablando como Obama.

Es una apuesta ambiciosa, sin duda. Veremos si les sale bien.

*No olvidemos que Trump ganó las primarias con un mensaje populista en lo económico, a la izquierda del resto de su partido; el GOP ya se está viendo forzado a dejar a Reagan atrás. El hecho que Clinton y los demócratas tengan hoy un programa electoral tremendamente pro-inmigración sugiere que no quieren quedarse ahí, y quieren cambiar el debate.