Internacional

¿Es Trump mala persona?

1 Ago, 2016 - - @egocrata

Hubo una época en la que me gustaba escribir sobre elecciones americanas.

Las primarias demócratas tenían dos buenos políticos peleando por la victoria, y dos coaliciones demográficas distintas que respondían a prioridades diferentes. Era interesante hablar sobre las diferencias de un estado a otro, por mucho que desde el supermartes, en febrero, ya supiéramos quién iba a ganarlas.  Las primarias republicanas fueron bastante menos serias, pero la diversión consistía en contemplar el grado de incompetencia de todo el partido intentando detener un tipo con una campaña tan anárquica y surrealista como la de Trump. Ambas fueron batallas dignas de ser contadas, por mucho que en el GOP acabaran hablando sobre el tamaño del pene de uno de los candidatos en un debate.

La campaña de las generales, sin embargo, ha cambiado las cosas. Hillary Clinton, con todos sus problemas, defectos y falta de carisma, es un candidato dentro de lo normal. Es lo más parecido a Leslie Knope que uno puede imaginarse, pero su campaña es una cosa razonable, estable y cabal. Incluso su vicepresidente, Tim Kaine, es un tipo cabal y aburrido.

Donald Trump, sin embargo, es otro cantar. Su campaña de primarias estuvo repleta de astracanadas más o menos aleatorias, salidas de tono, insultos, mentiras y teorías de la conspiración. Uno no defiende excluir inmigrantes según su religión, se declara a favor de la tortura, se mofa de un periodista minusválido, acusa al padre de uno de sus oponentes de matar a Kennedy y critica a un héroe de guerra por dejarse capturar en una campaña presidencial normal, incluso en el manicomio que es el partido republicano desde que Obama llegó a la Casa Blanca. Pero el tipo ganó las primarias, con la promesa que en las generales sería mucho más presidencial. Mucho, mucho más presidencial y digno.

No ha sido así. Es más, parece haber empeorado, con el ritmo de barbaridades soltadas por semana que acabarían con la carrera de cualquier político aumentando sin cesar. Es poco menos que imposible escribir un artículo sobre cada burrada que suelta.

Veamos, por ejemplo, su entrevista este domingo en ABC. Una entrevista a un candidato a la presidencia normalmente genera uno o dos titulares. Cualquier político medio disciplinado tendrá el buen sentido de hablar sobre una propuesta de su programa político y criticar un aspecto de la campaña de su adversario, reforzando el mensaje de la campaña. Sobre todo, evitará cometer errores.  Trump, obviamente,  no funciona así. De memoria, y seguramente olvidándome de unas cuantas absurdidades, Trump se metió en los siguientes berenjenales:

  • Respondiendo a las críticas de los padres de un soldado musulmán muerto en combate en Irak (toda esta saga da para varios artículos – más luego), Trump dijo que el sabía lo que era el sacrificio, ya que trabajaba mucho.
  • Se mostró sorprendido ante la noticia que Rusia tenía tropas en Ucrania, mientras aceptaba la ocupación de Crimea.
  • Negó conocer o tener relación alguna con Putin, a pesar de haber dicho en repetidas ocasiones que sí la tenía.
  • El tipo lleva desde el viernes lloriqueando que dos de los tres debates presidenciales coinciden con partidos de la NFL, y dijo que la liga le había enviado una carta protestando. La NFL lo ha negado, señalando además que las fechas de los debates se decidió antes que ellos hicieran público su calendario.

Cualquiera de estas cuatro pifias en solitario bastarían para tener a todos los periodistas del país aullando sobre “polémicas declaraciones del candidato” durante semanas. Trump lanzó las cuatro en una sola entrevista, ante la mirada atónita de George Stephanopoulos.

La cuestión es que Trump dice un volumen similar de burradas cada vez que da una entrevista, rueda de prensa o habla en público sin utilizar un teleprompter. El miércoles pasado tuvo una conferencia de prensa lo suficiente absurda como para que el Washington Post publicara una versión anotada señalando todas mentiras del candidato. Trump pidió que los rusos hackearan los ordenadores de su oponente y confundió a Tim Kaine con otro tipo. Días antes, tras su convención, utilizó otra rueda de prensa para insultar a Ted Cruz (otra vez) durante media hora, decir que no aceptaría su apoyo, e insistir que su padre estuvo implicado en el asesinato de Kennedy, después de decir que él nunca le había acusado de ello. De nuevo, cualquiera de estas pifias por ellas solas abrumarían la campaña de cualquier otro político. Trump parece soltar varias por semana, y su ritmo se está acelerando.

Dejadme insistir en uno de los escándalos de este fin de semana, porque parece ser un ejemplo especialmente sangrante de todo este cúmulo de barbaridades. El jueves de la semana pasada Khizr Khan, acompañado de su esposa, dieron un discurso de siete minutos en la convención demócrata sobre el capitán Humayun Khan, su hijo, muerto en Irak de forma heroica el ocho de junio del 2004. Los Khan son musulmanes de origen paquistaní.   En su intervención, Khizr Khan criticó a Trump por querer prohibir la entrada a inmigrantes según su religión, diciendo con orgullo que su hijo era un patriota que había fallecido defendiendo el país que amaba.

Una norma básica no ya del debate político, sino del sentido común, es que uno no critica a los padres de un soldado muerto en combate. Simplemente, no lo hace. Las fuerzas armadas son sagradas en Estados Unidos, y el sacrificio que representa perder un hijo es considerado algo incontestable. Trump, sin embargo, no pudo contenerse, y se quejó que Khan lo criticara a él, pero que no dejara hablar a su mujer, insinuando que su fe la relegaba a un segundo plano. La mujer de Khan contestó esa misma noche, diciendo que no habló porque el dolor era demasiado intenso, y que Trump nunca había hecho ningún sacrificio en su vida (Donald se libró de ir a Vietnam gracias a unas pruebas médicas dudosas). La respuesta de Trump fue su bonita afirmación que él si conocía lo que era el sacrificio, ya que ha trabajado muchas horas y creado muchos puestos de trabajo. El domingo, para acabarlo de rematar, siguió insultando a los padres en  Twitter.

Prácticamente todo el mundo, sin excepción, ha criticado a Trump este fin de semana, incidiendo en el racismo poco disimulado, falta de empatía, nula capacidad de autocontrol o la lamentable falta de dignidad del candidato. El clamor, obviamente, ha servido para ocultar el resto de burradas de la semana, las tonterías de la semana previa, y la totalidad del mensaje demócrata este fin de semana. Una lástima, porque tanto el programa de los demócratas como la apuesta de Hillary Clinton en su estrategia de campaña dan para mucho que discutir. Pero sobre eso hablaremos mañana. Probablemente de aquí un par de días Trump suelte alguna estupidez similar (hace tiempo que no insulta a los hispanos, ya es hora que insista), y el ciclo se repetirá de nuevo.

Queda responder la pregunta más obvia: ¿si Trump es un sociópata incompetente incapaz de abrir la boca sin decir algo absurdo, por qué tiene un más de 40% de apoyo en las encuestas, y ha llegado a estar empatado o por delante en algunas? Las explicaciones habituales ya las he comentado alguna vez: la ansiedad económica de los perdedores de la globalización, racismo, el anti-intelectualismo militante del GOP, el enorme poder de los medios sensacionalistas conservadores (radio, por encima de todo), e (insisto, porque creo que es el más importante) racismo de las bases del partido. Todas estas cosas pueden hacer que empieces una campaña apoyando a Trump, pero no explican su persistencia.

A falta de tener más evidencia sobre el asunto, creo se debe a tres factores principales. El primero, la identificación partidista e ideológica es muy fuerte en todas partes, y en Estados Unidos lo es cada vez más. Hay un porcentaje minoritario pero no trivial del electorado que votarían republicano incluso si el GOP nominara a Vladimir Lenin como candidato, y hay un número similar de demócratas que seguirían a un mono con dos pistolas si ese fuera su candidato al a presidencia. Un 74% de votantes republicanos dicen que Clinton debería estar en la cárcel; un 62% creen que Hillary es una mayor amenaza a Estados Unidos que Rusia. De forma más increíble, un 33% de votantes de Trump creen que Clinton trabaja con Lucifer,  señor de las tinieblas, comparado con un 36% que cree lo contrario (un 31% no están seguros). Si tu crees que el candidato del partido contrario es literalmente el mal encarnado, es difícil que te convenza nadie.

El segundo factor es la naturaleza rabiosamente antielitista de Trump, y cómo su persistente idiotez y el ser objeto de críticas constantes y unánimes es algo positivo para algunas audiencias. Los dos mejores artículos que he leído en este sentido es esta fantástica entrevista a J.D. Vance sobre la rebelión de los blancos pobres, y este texto de David Frum resumiendo el punto de vista de aquellos que creen que Trump va a ganar las elecciones. El argumento principal, en ambos casos, es que el discurso “educado” que preocupa a los medios está sesgado y no refleja el debate del resto del país. Los votantes del medio-oeste, aquellos que viven lejos de las costas y grandes ciudades, están asustados, y están hartos que les tomen por estúpidos. Es un electorado que cree que nadie les presta atención, quieren que Estados Unidos envíe a la mierda al resto del mundo y apreciarían mano dura y vuelta a los valores de ley y orden de tiempos pasados. El autoritarismo, racismo y falta de disciplina de Trump son virtudes, no defectos; ya han tenido bastante con élites que les miran con desprecio. La idea clave es que si las élites odian a Trump, eso a ellos les basta.

Falta por ver, claro esta, si eso basta para ganar elecciones. Como he dicho otras veces, los sondeos ahora mismo no son del todo fiables, ya que reflejan la reacción a ambas convenciones (la semana pasada a favor de Trump, esta a favor de Clinton). Mi impresión es que por puro peso demográfico y mapa electoral, Clinton parte con ventaja, pero eso no quiere decir en absoluto que tenga las elecciones ganadas. De aquí un par de semanas podremos hablar sobre esto con más calma.

En fin, mañana más – hablando del programa electoral demócrata.