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Siete hipótesis para la ausencia de sorpasso

28 Jun, 2016 - - @jorgegalindo

Fue la gran sorpresa de la noche para muchos, si no para todos: el PSOE mantuvo claramente la segunda posición, y ahora todos los politólogos y sociólogos del lugar nos planteamos por qué. Pero la pregunta no es tanto si las encuestas fallaron o dejaron de fallar (está claro que lo hicieron), sino más bien cuáles son los argumentos teóricos para construir hipótesis que, pre-20D, nos tendrían que haber hecho pensar que, finalmente, no habría sorpasso. Lo que me preocupa aquí no es por qué los sondeos estaban mal sino por qué nos los creímos, y qué deberíamos haber pensado para cuestionarlos.

Esta es una nota exploratoria. De aquí no saldrán respuestas, sino interrogantes que quedarán por cerrar a la espera de conseguir datos para poder contrastarlos. Las hipótesis, por cierto, no son para nada excluyentes, sino todo lo contrario. Tampoco pretende ser una lista completa, aunque sí extensa. Provienen de lo escuchado, comentado y pensado por la (digamos) profesión

1. Brexit. Quizás el factor más citado fuera de España como posible explicación, también ante el cual nos hemos mostrado más escépticos. El mecanismo sería el siguiente: un evento inesperado de consecuencias incalculables muestra el coste potencial de “votar distinto”, y favorece la vuelta de votos al PSOE o la abstención de personas que antes pensaban votar a Podemos. Para validar esta hipótesis necesitaríamos observar un considerable efecto de reducción del voto a UP en todos los trackings realizados el viernes y el sábado, por no hablar de la encuesta a pie de urna. No fue ése el caso. Además, la teoría adolece de ciertos problemas: ningún partido empleó un gran esfuerzo en sacar partido del evento, sencillamente porque Europa no es un cleavage en España ni fue un tema central de la campaña. Además, cabe suponer que la base de votantes de Unidos Podemos tiene una mayor tolerancia a la incertidumbre. Todo esto no descarta que surja una prueba en un futuro cercano que apunte en otra dirección. Pero, por el momento, no parece haber sido un factor fundamental.

2. Alejamiento del centro. Cuando Podemos se unió a IU, lo hacía con un partido que estaba ligeramente a su izquierda. Para sus votantes podría no tener demasiada importancia porque al fin y al cabo ya eran ideológicamente similares, ¿pero acaso la coalición no añadía información, por así decirlo, al votante potencial moderado? Mi intuición, o la hipótesis que realizaría, es la siguiente: los votantes ya ponían en lugares de la escala muy similares a ambos partidos, pero Podemos era una formación nueva de futuro incierto. De hecho, su eventual movimiento hacia el centro era uno de los temas transversales al debate público sobre Iglesias y compañía. Quizás el votante moderado interpretó la alianza con IU, un partido con mucho pasado y al que ya conocía bien, como una señal más o menos inequívoca que confirmaba la posición que ya conocía, reduciendo significativamente su capacidad de moverse de manera más libre en el eje.

Con otras palabras y marcos epistemológicos, la tesis errejonista (a falta de una mejor palabra) estaría sobre esta línea. Personalmente, pienso que tiene sentido, sobre todo porque creo firmemente que la ideología sigue siendo la variable principal para explicar nuestro comportamiento electoral. Pero la falta de un efecto en la intención directa de voto en las encuestas que señala Pepe Fernández-Albertos nos debería indicar cautela: desde luego, no desalentó a votantes entonces. Aunque mi hipótesis parte de un evento difícilmente observable: no tenemos una España 2 en la cual no hubo coalición, y no sabemos qué habrían pensado los moderados. Como nota al pie, es importante reseñar que el voto de las confluencias autonómicas apenas ha caído, y que las pérdidas están en Podemos central+IU, apuntando al eje ideológico.

3. Baja lealtad de votantes de IU. Es algo que se comentó mucho cuando se confirmó la coalición: el escepticismo de cierto votante clásico, digamos llamazarista, que podría sentirse no muy cómodo en la cuasi-absorción de Pablo Iglesias. Y aunque la evolución de la intención de voto no dejaba espacio para sostener esta hipótesis, sí que lo hacía la menor fidelidad que observábamos en varias encuestas del votante de IU del 20D. No puede, por cuestiones meramente cuantitativas, explicar una gran parte de nuestro fallo de estimación. Pero sí alguna.

4. Castigo anterior. Sea por el fracaso esperado de las negociaciones o por otra razón, a principios de 2016 observamos un estancamiento o empeoramiento de Podemos en las encuestas (lo recordaba de nuevo Fernández-Albertos). Eran los tiempos de las divisiones internas y de las negociaciones duras, con errores reconocidos por sus propios protagonistas. La posibilidad primero y certeza después de una coalición con IU borró esa impresión. Pero la media de encuestas de marzo (sumando Podemos e IU) es la que más se parece al resultado final del 26J, y también refleja el punto más bajo del partido de Iglesias. Lamentablemente, no hay manera de comprobar esta idea (no se me ocurre ahora mismo, al menos) sin disponer de datos de panel, con seguimiento del mismo individuo y su intención de voto mes a mes. Pero es sin duda una gran candidata a hipótesis explicativa.

5. Insuficiente movilización de la base. Tanto este como el siguiente factor están íntimamente relacionados con el punto anterior. UP dependía en gran medida de una base de votantes con un perfil bastante determinado: más bien jóvenes, más bien urbanos, más bien movilizados e interesados en política, más bien informados, y de izquierdas. Si la pre-campaña y la campaña ha fallado en mantener al máximo el compromiso de estos individuos, siendo al mismo tiempo incapaz de llegar al centro del espectro, ahí tenemos una parte de la caída (probablemente hacia la abstención). Por descontado, una de las causas de la falta de convencimiento podría ser por castigo anterior, o tal vez estos votantes esperaban de Podemos una cosa distinta a la que recibieron: más centrada, más posibilista, o sencillamente diferente (más en el punto 7). De esto, en cualquier caso, sabremos más con las encuestas post-electorales.

6. Mala valoración de Pablo Iglesias. Probablemente no ha habido un líder que pierda valoración tan velozmente entre el electorado español. Se trata de una consecuencia lógica de la sobre-exposición mediática a la que él mismo admite haberse sometido en aras de dar a conocer el partido, pero ¿ha podido llegar a ser contraproducente? La hipótesis, aunque interesante, no cuenta con demasiada base. En España, el voto a candidatos es en general poco habitual. Según nos indican los datos, Ciudadanos es una excepción a esta regla, pero Podemos no lo es tanto. Otra cuestión es si el tipo de liderazgo y de discurso de Iglesias hace más fácil al votante clasificar a Podemos como una opción demasiado a su izquierda. Pero esto, en realidad, es indisociable del punto 2.

7. Fracaso en la consolidación de un espacio diferenciado. En una tribuna que parte de la misma pregunta que este texto, la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán apunta a que Podemos no supo consolidar un nuevo espacio y se ciñó a apuntalar, a hacerse hueco, en el que el PSOE había dejado a su izquierda. Otra socióloga me apuntaba ayer agudamente que sólo pensamos “en términos de agregación de votos del 20D y no en términos de cómo construir un discurso para vender esa alianza”. Quizás esta, y no la 2, sería la auténtica tesis errejonista. La búsqueda de significantes existentes para apropíarselos y rellenarlos con ideas propias se circunscribía casi siempre a ejes que ya estaban ahí (“socialdemocracia”, “patria”), y en los que Podemos estaba claramente identificado por el elector, más aún tras el pacto. Pero el juego en otras dimensiones, como el generacional, el de los valores postmaterialistas, el del feminismo, el medioambiental… la estrategia tipo Trudeau (¡o incluso tipo ZP 2004!), quedó un tanto apartada. Sea por esto, sea por la imposibilidad o incapacidad de crear un frente amplio estilo Laclau en el parlamentarismo de un país plurinacional y multipartidista, UP habría quedado encajada en un espacio muy determinado.

Se me antoja necesario explorar estas, y otras, hipótesis en las próximas semanas. Normalmente, un no-evento no es algo fácil ni interesante de estudiar. Pero, para mí, la ausencia de sorpasso es una excepción. Entre otras cosas, porque es en cierta medida una manera de entonar el mea culpa, ya que dimos por sentado que el evento tendría lugar, o que estaba teniendo lugar a medida que mirábamos el avance en las encuestas. Y, sobre todo, de mejorar. Es probable que fallásemos porque nos olvidamos de cuestionar y revisar nuestras asunciones de base. De hecho, tal vez nos olvidamos de tenerlas, y por eso nos dejamos llevar por el consenso demoscópico.