Uno de los debates clave para entender el referéndum es el de la inmigración. Que este tema esté tan presente en la agenda es una muestra más de cómo la inmigración suele ser un arma política arrojadiza en aquellos momentos donde las sensibilidades del votante están más a flor de piel. Este texto pretende contextualizar el debate alrededor del fenómeno migratorio y trata de explicar por qué ha pasado a estar en el centro de la agenda, sobre todo para los Brexiters. 

1. El fuerte recelo hacia los inmigrantes. El tema migratorio aparece entre las principales inquietudes de los británicos. No son pocas las encuestas que así lo confirman. En marzo de 2016, el 46% de los británicos señalaban que la inmigración era su principal tema de preocupación. Un mes después el 27% afirmaban que el tema migratorio era el factor más relevante a la hora de decidir el voto en el referéndum de permanencia en la UE. En esta misma línea otra encuesta señalaba como más de la mitad de la población británica entiende que la inmigración afecta directamente sobre la situación de su país. Si bien tan solo una cuarta parte atestigua que les esté afectando de forma personal. De hecho, el impacto de la inmigración que proviene de la UE en la reducción de salarios o en la perspectiva de empleo de los británicos es mínimo en buena medida porque la mayoría de ellos acceden a trabajos cualificados. Es más, los datos confirman que la contribución en forma de impuestos es más alta que el gasto que generan, además de que es menos probable que pidan beneficios sociales.

2. El número de inmigrantes NO es para tanto. En términos objetivos, se pueden marcar dos fechas clave recientes en la entrada de inmigrantes en Reino Unido. La primera, en 2004, tras la ampliación de la UE hacia los países del este. Entonces, Reino Unido (junto con Irlanda y Suecia) abrieron las puertas de su mercado laboral sin restricciones a los trabajadores de los nuevos estados miembros. Mientras el Gobierno había predicho la entrada en Reino Unido de entre 5.000 y 13.000 inmigrantes, la realidad fue que llegaron 1.5 millones de personas. La segunda, 10 años después, en 2014, cuando la población residente en Reino Unido con nacionalidad de la Unión Europea supera por primera vez a la procedente de terceros países. Aun así, la percepción de la población británica sobre la inmigración es exagerada. En un país de 64 millones de personas, solo un 8.4%% no tienen la nacionalidad británica, de las cuáles casi 3 millones (un 4,6%) vienen de la UE. De hecho no son pocos los que reconocen la necesidad de mantener, e incluso aumentar, la tasa inmigratoria para poder sacar el máximo provecho del Brexit y mantener el PIB británico en crecimiento. En este sentido se ha pronunciado el único MP del UKIP, Douglas Carswell, que ha reconocido que hay ciertos perfiles de inmigrantes que seguirán siendo necesarios para Reino Unido.

3. La protección social en el punto de mira. Lo que la inmigración expone, es las dificultades del gobierno a la hora de gestionar dos temas capitales para la población británica especialmente en momentos de crisis económica: la provisión de los servicios públicos, en especial de la sacrosanta NHS; y el precio desorbitado de la vivienda debido a una falta estructural de viviendas. En ambos casos se culpa a la inmigración de empeorar la situación. Por un lado, porque satura los servicios públicos, y por otro, por hacer subir los precios con su demanda a causa de la falta de oferta.

Hasta la fecha pocas evidencias existen de una relación causa-efecto. De hecho, estudios recientes han demostrado no solo que la contribución de los inmigrantes europeos a las arcas británicas es positiva y que no ocupan viviendas sociales, sino que la contribución al sistema fiscal ha sido positiva incluso con el presupuesto incurriendo en el déficit. Sin embargo en una gran parte del imaginario popular británico se ha instalado que el inmigrante europeo (especialmente el del este) vive a costa de los contribuyentes británicos. Lo que tuvo como resultado la propuesta del emergency break.

4. God save the Queen. El debate en torno a la inmigración también tiene que ver con la percepción de los británicos de estar perdiendo soberanía sobre el control de sus fronteras porque los flujos migratorios no pueden detenerse. En el año 2015, aún con la ‘aspiración’ de reducir la inmigración europea en unas diez mil personas, la entrada neta de ciudadanos de la Unión se situó alrededor de las 180.000 personas. La esperanza de los Brexiters, pues, es pensar que pueden restablecer los controles fronterizos saliendo de la Unión. Sin embargo, teniendo en cuenta que esperan conseguir un acuerdo para acceder al Mercado Único como el que tienen Noruega o Suiza, conviene recordar que en estos acuerdos va asociada una cláusula de libre circulación. El deseo de salvaguardar su soberanía también tiene que ver con la melancolía de algunos británicos de volver a los tiempos gloriosos de potencia mundial que obedece a dinámicas nacionalistas como reacción a la globalización y ya de paso librarse de las políticas teóricamente impuestas desde Bruselas.

5. Los ‘British expats’, no solo de sol y playa. Hay alrededor de 1.2 millones de británicos viviendo en el resto de países de la UE (alrededor de un 33% son jubilados) que pueden verse seriamente afectados si gana la opción de abandonar la Unión. El derecho a vivir y trabajar en otros países de la UE, el acceso a las pensiones, a la sanidad y a otros servicios públicos están garantizados por derecho en la UE pero no está claro que se mantengan si finalmente gana el Brexit. La ironía es que si el Reino Unido pretende que sus ciudadanos mantengan estos derechos es lógico que el resto de Estados de la Unión exijan lo propio para sus ciudadanos viviendo en Reino Unido.

 

Este artículo forma parte del especial Brexit realizado en colaboración con CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs)