Economía

Gentrificación y segregación

29 Ene, 2016 - - @egocrata

Es un temor recurrente.

Un barrio relativamente pobre con edificios más o menos antiguos de una ciudad cualquiera se pone de moda. Los primeros en llegar son los hipsters, trayendo consigo bares alternativos, tiendas de vinilos y cafeterías de comercio justo. Al poco tiempo empiezan a llegar los jóvenes profesiones, con sus restaurantes de diseño. En un par de años tenemos los emprendedores con espíritu bohemio y las tiendas de muebles de diseño. A cada paso, más edificios son rehabilitados en lofts y más suben los alquileres. En menos de una década lo que era un barrio decadente con fábricas téxtiles medio abandonadas es un infierno de galerías de arte, tiendas de Prada y viviendas millonarias. En jerga urbanística intraducible, estamos ante un proceso de gentrification, o aburguesamiento de una zona urbana. 

En general los procesos de gentrificación son positivos para la ciudad que los sufre: la actividad económica aumenta, se mejora el parque de viviendas, sube el nivel del comercio y se atraen habitantes cualificados y nuevas empresas. Estos cambios, sin embargo, también tienen consecuencias distributivas considerables para los habitantes de la zona. Aquellos que viven de alquiler son tarde o temprano forzados a marcharse, mientras que los propietarios acostumbran a sacar una tajada importante. Los desplazados no necesariamente acaban peor, especialmente si el barrio donde vivían antes de la invasión hipster era especialmente desagradable, pero la molestia es considerable.

El carácter de la ciudad también cambia, pero eso la verdad no me importa demasiado. El aprecio de cierta izquierda conservacionista por mantener la pobreza y abandono de una zona porque es la esencia del barrio me parece a la vez paternalista, cruel y (como veremos) contraproducente.

La pregunta interesante en los procesos de gentrificación, sin embargo, es menos sobre su atractivo estético y más sobre cuándo producen exclusión social. Cuando una zona se aburguesa a menudo acaba por convertirse en un barrio fuertemente segregado según ingresos económicos. El caso más conocido en Estados Unidos es el West Village en Manhattan, que pasó de ser un barrio pobre, marginal y bohemio en los sesenta-setenta en una zona imposiblemente cara ya a principios de los noventa. Esta tendencia es menos marcada en Barcelona (fuera del Raval o Born) o Madrid (Chueca), pero también visible.

El problema de los barrios segregados según riqueza es que tienden a reducir la movilidad social. Como hemos explicado alguna vez, vivir en una barrio de clase media o con diversidad de ingresos es una de las mejores maneras de sacar una familia de una trampa de pobreza. Si las gentrificaciones destruyen la diversidad de los barrios, sus efectos se extienden más allá de forzar mudanzas.

¿Qué factores provocan que un barrio se convierte en un monocultivo de ricos al gentrificarse? Michael C. Lens y Paavo Monkkonen, dos urbanistas de UCLA, se han dedicado a repasar la evolución demográfica de 95 ciudades americanas para analizar los determinantes de esta segregación. Sus conclusiones son curiosas. Controlando por todos los factores esperables (raza, pobreza, densidad, desigualdad, población), el factor determinante en la creación de gentrificaciones sólo para ricos es la regulación. Más concretamente, dos tipos de regulaciones: limitaciones a la densidad y la fortaleza de los controles urbanísticos, incluyendo procesos de participación ciudadana.

Es decir: como más control democrático, burocrático y técnico hay sobre el uso de los edificios en una ciudad, más excluyente y segregado será su urbanismo. Esto se aplica incluso a normas que impongan un nivel de densidad mínimo, no sólo de máximos. Si el desarrollo inmobiliario de una ciudad requiere largos procesos para conseguir licencias, permisos, modificaciones del plan urbano, alteraciones de usos permitidos y reuniones de vecinos y comités urbanísticos interminables, la gentrificación será más agresiva y excluyente.

El motivo es sencillo: los NIMBYs – las siglas en inglés de not in my backyard, o “no en mi patio trasero”- acaban por dominar el proceso. Cuando una ciudad tiene un marco regulatorio complejo, los propietarios de una zona “de moda” pueden utilizar el sistema para frenar el aumento de la oferta. Si yo tengo una townhouse en Park Slope, en Brooklyn, y el barrio se ha puesto de moda, mi preferencia es que nadie construya un edificio de 10 plantas nuevo de apartamentos de lujo, ya que el aumento de la oferta hará que mi casa construida en 1910 y con una caldera de calefacción vieja sea menos atractiva. Cuando el ayuntamiento haga una reunión de vecinos para discutir el tema no dudaré en ir a protestar sobre cómo quieren cambiar el carácter del barrio, y como todos los cambios sobre el plan urbanístico de 1937 que están proponiendo son ilegales y los vas a llevar a los tribunales. Una vez que el barrio está de moda, los propietarios harán todo lo posible para intentar capturar el máximo de las rentas generadas por la nueva demanda, y bloquearán cualquier intento de moderar la subida de los precios.

La solución, en este caso, es relativamente sencilla. Primero, las ciudades deben eliminar las regulaciones sobre densidad, y cualquier traba burocrática innecesaria que permita bloquear nuevos proyectos. La mejor forma de bajar el precio de un bien muy demandado (un piso en Brooklyn) es aumentando la oferta. Dado que no podemos “construir” más terrenos, lo que podemos es construir más viviendas en el mismo espacio. Segundo, las ciudades deben buscar políticas de vivienda inclusivas, forzando que cualquier proyecto urbanístico nuevo incluya también pisos asequibles. Tercero, los municipios deben tener menos competencias regulatorias sobre urbanismo, ya que son mucho más vulnerables a los NIMBY. Los autores señalan que las zonas urbanas en estados que limitan la autonomía municipal tienen menos segregación económica en sus barrios.

Lo importante, en todo caso, es que los procesos de gentrificación no tienen porque ser malos, siempre que los políticos bienintencionados no se dejen seducir por los gritos de los preservacionistas y caseros que quieren “proteger” el barrio. Permitir densidad y salirse del medio es mejor garantía para evitar la segregación económica con un intervencionismo que sólo favorece a los propietarios.