Política

Miedo a hacer su trabajo

21 Ene, 2016 - - @egocrata

Alguien debería recordar al partido socialista que en estas últimas elecciones su secretario general se presentó bajo el título “candidato socialista a la presidencia del gobierno“. Más que nada porque medio partido parece estar medio convencido que la ejecutiva encargó a Pedro Sánchez quedar segundo y convertirse en jefe de la oposición.

Si este fue el caso, quizás tienen razón en estar tan visiblemente aterrorizados que el PSOE llegue a la Moncloa. Pueden considerar este artículo como una queja formal ante los responsables de la campaña electoral del partido por hacer publicidad engañosa, embaucando a los ciudadanos con esas promesas de un gobierno progresista cuando en realidad lo que pretendían era seguir en la oposición.

Como sospecho que esto no es realmente lo que está sucediendo, sin embargo, entonces tengo una pregunta: ¿que se han vuelto locos?

Empieza a ser un poco triste que deba insistir con esto, pero un partido político no puede aprobar leyes cuando está en la oposición. El PSOE, al presentar un candidato a las elecciones que se oponía a Mariano Rajoy, estaba dando a entender que preferían a una persona distinta como presidente del gobierno. Sospecho que tenían intención de aprobar leyes con un contenido diferente. Por mucho que durante la campaña electoral no se han preocupado demasiado en contarnos en qué consisten estas leyes, es de suponer que bajo su punto de vista son mejores que las del PP.

Bien, esto de llegar al gobierno es un paso necesario para que sean aprobadas. Un partido político quiere ocupar poltronas no porque los sillones en los ministerios son muy cómodos sino porque ,oh cielos, es desde ahí donde los políticos cambian las cosas.

Las objeciones de los barones del PSOE es que el partido quizás se vea obligado a sacrificar demasiado para llegar al poder. Podemos, o los nacionalistas o el Frente de Liberación de los Gnomos del Jardín (parte de Podemos, pronto en el grupo mixto) pueden imponer unas condiciones para la investidura contrarias a las convicciones más profundas del partido, algo que representaría una traición a sus votantes.

Para empezar, obviamente Pedro Sánchez va a tener que darle a Podemos algo que el PSOE no llevaba en el programa. Si Pablo Iglesias estuviera completamente de acuerdo con el programa electoral de los socialistas el tipo no hubiera montado un partido distinto; es una de esas cosas que suceden en democracia. Fuera del extraño universo que es el PSOE, uno no entabla negociaciones con la gente con la que ya está de acuerdo. Habla, discute, reparte, y construye un consenso con medidas mutuamente aceptables, con las dos partes siendo conscientes que si no hay pacto quien gobierna es ese tipo con barba que los socialistas creen lo suficiente malo como para presentar un candidato para derrotarle.

Es cierto que puede que algunas cosas no sean negociables. Aunque soy de la opinión que oponerse a un referéndum sobre secesión es una mala idea (debería poder hacerse, y puede hacerse bien), para algunos cargos del PSOE esto puede equivaler a ilegalizar ser zurdo o deportar a los pelirrojos a Ceuta. En este caso, uno puede pedirle a Pedro Sánchez que no firme un pacto que incluya esta medida. Lo que es absurdo, sin embargo, es exigir que no puede llegar a acuerdos con formaciones que sí lo crean, a no ser que renuncien a ello. Un pacto parlamentario sirve para acordar un programa de gobierno, no redibujar la ideología de los participantes al gusto de lo que diga uno de los firmantes. Es perfectamente normal y aceptable llegar al poder bajo la promesa de reformar la ley de dependencia y el mercado laboral, y no tocar el el artículo primero de la constitución porque en eso no se está de acuerdo. Podemos parece entenderlo; el PSOE debería hacer lo mismo.

Es probable que el gobierno resultante sea inestable. Todos los gobiernos nacidos de pactos parlamentarios nacen con el problema de tener actores con derecho a veto que no siguen órdenes del primer ministro; su margen de acción es obviamente más reducido. Esto no quiere decir que sea preferible estar fuera del gobierno en estos casos en vez de dentro. Primero, insisto, porque cuando gobiernas puedes aprobar leyes, y segundo porque el partido que controla la presidencia en un gobierno de coalición tiende a beneficiarse electoralmente.

Esto no es una broma o una idea lanzada al aire; resulta que hay bastante literatura al respecto. En general, al analizar gobiernos de coalición en democracias parlamentarias, el partido del primer ministro tiende a sacar mejores resultados que sus socios de coalición. Esto sucede así porque es mucho más visible, tiene mucha más capacidad para controlar la agenda y es el único que puede decidir disolver el parlamento y adelantar elecciones cuando le convenga a él y a su partido. Dado que todo el mundo en el partido parece coincidir que repetir las elecciones sería un desastre para el PSOE, parece natural apostar por intentar formar gobierno, aprovechar que la economía está recuperándose un poco y ponerse medallas de aquí 2-3 años, cuando algún conflicto interno de Podemos les dé una buena excusa para adelantar elecciones. Puede que incluso entre hoy y ese día el partido sea capaz de arreglar alguno de los problemas del país, cosa que sería todo un detalle.

El problema de fondo para el PSOE es, obviamente, que algunas de estas objeciones son excusas. Hay dirigentes que están más cómodos sin un socialista en Moncloa, porque tienen más margen de maniobra en su comunidad autónoma. Otros recelan que un presidente socialista negocie una solución al problema catalán que sea difícil de vender en otras regiones. Alguno habrá también con aspiraciones a la secretaria general también, porque es mejor administrar la miseria desde la oposición que tomar decisiones desde el gobierno. En todos los casos, muchos dirigentes saben que tras meses de poner palos en las rueda a Sánchez se van a quedar fuera del círculo de amigos del presidente. El hecho que un grupo ruidoso, significativo y relevante dentro del PSOE parece haberse olvidado que el objetivo último de un partido es llegar al poder es preocupante, y dice mucho de las reformas internas que debería afrontar el partido en el próximo congreso.

Ese mismo congreso que los críticos de Sánchez anhelan, aunque creo que por motivos distintos.

Tres notas finales. Pedro Sánchez, al menos por ahora, está demostrando una considerable habilidad aislando al PP y colocándose como único candidato viable para la investidura. Es cierto que la suya es la única coalición “natural” factible (y más cuando los nacionalistas pueden hacer innecesario a Ciudadanos), pero maniobrar  al partido hasta ahí no es un ejercicio trivial. Podemos, mientras tanto, ha conseguido sabotear gran parte de su propia capacidad negociadora con sus divisiones internas; un anticipo electoral les haría daño.

Para acabar, la pasividad de Rajoy ha sido extraordinaria. Es cierto que sin el PSOE no puede llegar a ningún sitio, pero su “estrategia” (para llamarla de algún modo) para atraerles ha sido lastimosa. El PSOE, en su infinita capacidad para hacer el ridículo, es perfectamente capaz de pifiar toda esta negociación, pero desde luego no será por mérito del PP.