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Las elecciones que vienen y las encuestas

19 Dic, 2015 - - @griverorz

El panorama que con toda probabilidad se abrirá mañana era impensable hace tan solo cuatro años. El sistema político español se ha caracterizado en las últimas tres décadas por una enorme estabilidad alrededor de dos partidos que representaban tendencias ideológicas moderadas. Loable o no, lo cierto es que el sistema que se puso en marcha durante la Transición produjo con eficacia los resultados para los que fue diseñado. Pero parece obvio que eso va a cambiar mañana. Durante los últimos meses hemos discutido mucho sobre las razones que llevarán a que mañana por la noche podamos tener hasta tres partidos que se consideren legitimados para formar gobierno y que haya un cuarto partido que podría ser pivote en cualquier escenario político. No hace falta redundar en ese análisis. Desde luego ha sido un año apasionante.

Ese escenario tan novedoso, tan diferente a lo que hemos vivido en las elecciones generales recientes nos debería hacer mirar a las encuestas con cierta precaución. En Politikon hemos defendido el valor de las encuestas de actitudes y comportamiento político como herramientas básicas para el análisis electoral, y hemos repetido hasta hartarnos que, pese a su mala reputación, los profesionales en España hacen un excelente trabajo en una tarea que no es fácil. Transformar los datos tal y como salen del campo en algo que sea útil socialmente como medida del estado de la opinión pública es francamente complicado. Lo hemos dicho muchas veces: la cocina, nos guste o no, es imprescindible.

Pero quizás sea conveniente repetirlo una vez más. Las encuestas de intención de voto son difíciles porque muchos entrevistados no saben a quién van a votar y muchos de ellos todavía no saben ni siquiera si irán a las urnas. El reto consiste en que los votantes que tienen decidido su voto mucho antes de la campaña y que no expresan dudas sobre lo que harán el día de las elecciones suelen ser una fracción muy pequeña de la muestra con la que operan los analistas. No solo eso, sabemos que se trata de votantes de fuertes convicciones ideológicas y muy motivados políticamente. Es decir, quienes declaran su voto en las encuestas antes de la recta final son una parte poco representativa del electorado que finalmente acudirá a votar, un electorado más polarizado que se deja influir mucho menos por la campaña y que es menos susceptible a cambiar de opción electoral entre comicios. El trabajo de los analistas consiste en predecir el comportamiento de los numerosos indecisos teniendo en cuenta que no todos ellos irán a votar; en tomar a aquellos individuos que todavía no se han decidido y predecir que harán, porque solo con la intención directa de voto tendríamos una imagen errónea de lo que ocurrirá el día de las elecciones. Eso, hasta ahora, las casas de encuestas españolas lo habían hecho bien.

Aún así, debemos reconocer que los vaivenes en la intención de voto que hemos visto en las últimas semanas son del todo infrecuentes. Los retrocesos y avances de Podemos y Ciudadanos son sorprendentes. Por supuesto, podrían haber sido el resultado de una campaña muy intensa como la que todos tenemos la impresión de haber vivido. Además, al contar con varios partidos nuevos sobre los que el electorado tiene relativamente poca información, la campaña puede haber sido particularmente decisiva para muchos individuos que han dudado entre un menú de opciones más amplio de lo habitual. Para muchos de los votantes algunos candidatos eran hasta hace poco caras nuevas y sus programas electorales y posiciones políticas eran casi desconocidas, así que tal vez hayan seguido con más atención los esfuerzos de los partidos por delimitar sus propuestas. Además, el voto útil se ha vuelto más complicado en numerosas circunscripciones por el mayor número de opciones con posibilidad de representación, con lo que los votantes pueden haber tenido más en cuenta los resultados de las encuestas que de costumbre, haciendo que quizás hayan cambiado su intención de voto en varias ocasiones a lo largo de la campaña y la precampaña. Con ello, la progresiva solidificación del voto que sabemos que se produce en los últimos días antes de las elecciones puede haber resultado en los diferentes bandazos en la fuerza relativa de los cuatro partidos principales que hemos visto en los pasados dos meses.

Sin embargo, debemos aceptar que la intención de voto casi errática de Podemos y Ciudadanos ha podido ser el resultado de aplicar ajustes a las encuestas casi a ciegas en un contexto con tan poca información como en el que los analistas electorales se han visto obligados a operar. Y es que el instrumental de las casas de encuestas para predecir el comportamiento electoral funciona mucho mejor en contextos de estabilidad. En primer lugar, la ponderación del comportamiento de los indecisos depende enormemente del recuerdo de voto en elecciones similares, que la es forma en la que las encuestadoras calibran sus predicciones hacia atrás, y para dos de esos partidos esa información es inútil. No solo eso, PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos estan homogeneamente dispersos en sus posiciones políticas con lo que variables como la afinidad ideológica no discriminan tanto como antes, tal y como demuestran los datos que hemos visto sobre las opciones entre las que dudan los indecisos. Además, los jóvenes, que son el segmento más activo y movilizado en estas elecciones y que mejor explican el éxito de Podemos y Ciudadanos, tienen un comportamiento menos estable y menos predecible que los otros grupos de edad. Finalmente, en unas elecciones tan reñidas es de esperar que se produzca una alta participación electoral, lo cual hace que los métodos de asignación de voto a indecisos tengan mucho más impacto que antes en la predicción electoral.

La profesión del diseñador y analista de encuestas electorales siempre ha sido complicada y más ahora que la opinión pública ha estado sometida a transformaciones para las que las técnicas habituales de ponderación y estimación no estaban preparadas. Es razonable pensar que la metodología de muchas casas de encuestas se haya visto sobrepasada por el contexto electoral y que se hayan dejado llevar por los resultados que las otras empresas han ido reportando (herding effect), haciendo ajustes y correcciones a sus predicciones para ir en línea con los resultados publicados por las demás. No es una hipótesis descabellada y debería hacernos tomar las predicciones que se han ido publicando en las últimas semanas con cierto cuidado, especialmente ahora que estamos en un contexto en el que las encuestas políticas están sometidos a un mayor escrutinio por parte de una opinión pública más atenta y más crítica que antes. Que esto último sea así, que los votantes exijan predicciones correctas en contextos de alta volatilidad es justo y razonable, ya que es precisamente en esos casos en los que la profesión debería sacar sus mejores galas y mostrar que puede aportar información creíble y certera al electorado. Pero debemos estar preparados también para aceptar que tal vez en este caso en particular, en las elecciones de mañana, quizás ese sea un objetivo irrealizable.