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Buenas y malas noticias sobre la educación infantil

21 Oct, 2015 - y -

Héctor Cebolla, Jonas Radl y Leire Salazar.

En un contexto como el actual, en el que casi ningún sector en nuestro país ha sido inmune a los recortes en el gasto público, muchos han visto en peligro la equidad educativa en España. Ante este temor, la demanda de una escolarización universal, gratuita y de calidad en la fase de 0 a 6 años es razonable. En tanto que, de facto, los niveles de escolarización entre los 3 y los 6 años están muy próximos a la universalidad –lo cual es un importante logro de la sociedad española–, el debate en este contexto debe centrarse en la primera etapa de la educación infantil, entre los 0 y los 3 años de edad.

Existen cuatro argumentos fundamentales que explican la fuerza con la que la escolarización en la fase 0–3 ha entrado en la agenda pública y la atención mediática que con práctica seguridad recibirá en los próximos años. En primer lugar, frente a otras estrategias de naturaleza asistencialista, es una medida de capacity building. Por otro lado, la escolarización en esta etapa es más beneficiosa para los niños con un origen social menos favorecido, lo que ayudaría a recuperar esa parte del talento que se desaprovecha porque el riesgo de fracaso escolar no afecta por igual a los estudiantes de familias con distintos recursos socioeconómicos. En tercer lugar, el gasto en educación infantil parece ser más redistributivo que el que tiene lugar en momentos posteriores de la vida escolar de los individuos. Finalmente, parece ser la medida más eficiente en términos de coste y beneficios de entre todas aquellas que persiguen reducir el fracaso escolar; dicho en otras palabras, un euro invertido en esta fase temprana del ciclo educativo genera más beneficios que esa misma inversión en momentos posteriores, como se explica con más detalle aquí.

A nadie le sorprenderá saber que el cerebro de los niños es más plástico en los primeros años de vida y que, por tanto, los estímulos que se reciben en esta primera fase de su educación generan mayores efectos sobre el aprendizaje que los que reciben cuando son mayores. Existe además otra razón importante, fuera del estricto ámbito educativo, que hace de la escolarización temprana una política pública deseable: su indiscutible efecto positivo sobre la capacidad de los individuos (hombres y mujeres) de conciliar su vida laboral y familiar sin recurrir a su entorno más amplio.

Las familias, sabedoras o no de todo ello, pueden optar por dos estrategias cuando deciden cómo planificar la crianza de sus hijos, externalizar su cuidado durante los primeros años o mantenerlos en el entorno del hogar. Ninguna de las dos opciones es normativamente más deseable que la otra. Sin embargo, el hecho de que los padres que optan por la segunda estrategia cuenten con distintos recursos (cualitativa o cuantitativamente), genera importantes desigualdades de partida que los niños arrastran a lo largo de su tránsito por el sistema educativo. Piénsese por ejemplo en dos perfiles extremos de padres. Los primeros responderían a un perfil de familia consciente de la importancia de proporcionar a sus hijos un estímulo adecuado en la fase de 0 a 3 años. Estos padres suelen contar con más activos educativos; suelen ser personas con trayectorias formativas más prolongadas y con ocupaciones más cualificadas. También suelen ocupar el tiempo que pasan con sus hijos en actividades más estimulantes o con un mayor componente pedagógico que las que tienen que ver con el cuidado básico y la vigilancia de los niños. Así, los hijos de estas familias podrían llegar a la escolarización obligatoria en una situación de ventaja cognitiva y no cognitiva (más preparados para la enseñanza obligatoria, con una actitud más receptiva hacia el estudio, etc.) incluso a pesar de no haber recurrido a la educación preescolar. El segundo perfil respondería al de padres que no cuentan con recursos similares y que, en caso de no enviar a sus hijos a centros educativos durante sus primeros tres años de vida, no son capaces de posicionarlos en una situación de partida tan aventajada antes de comenzar la educación obligatoria.

El argumento de que la escolarización preescolar es igualadora de las oportunidades recomienda recurrir a la escolarización formal en esta etapa precisamente para que el segundo perfil de niños acorte las distancias de partida que les separarían de aquellos que han recibido mayores dosis de estímulo en el hogar. Los beneficios de la educación obligatoria, importantes para ambos, podrían ser menos obvios durante la educación primaria y más en la secundaria (o en fases posteriores). Ello desaconseja confiar en el hecho de que pocos niños demuestren un retraso significativo en los primeros años de escolarización.

Expuesto de esta forma tan simplificada, pocos podrían negar las virtudes de la escolarización temprana siempre y cuando tengamos como objetivo la igualdad de oportunidades. Confirmar con datos fiables el argumento del potencial igualador de la educación infantil dejaría poco margen para el disenso. Tomemos, por ejemplo, los datos del Estudio Internacional sobre el Progreso en Comprensión Lectora (PIRLS en sus siglas en inglés). Esta base de datos, similar al conocido estudio PISA, fue realizada en 2011 en una amplia muestra de países. A diferencia de PISA, estos datos representan a estudiantes de primaria de entre 9 y 10 años e incluyen una prueba estandarizada que mide (de forma fiable) su capacidad lectora a esa edad. Cuenta además con información adicional sobre cómo pasaban el tiempo los padres con sus hijos antes de que comenzaran la educación primaria.

El primero de los dos gráficos que presentamos aquí como evidencia de la capacidad igualadora de la educación infantil describe el impacto que ésta tendría sobre los dos perfiles de familias que hemos discutido antes de forma esquemática. Los hijos de padres menos implicados en casa en actividades con contenido formativo durante los primeros años de vida (línea azul), demuestran una mejora de sus puntuaciones estandarizadas en lectura a los 10 años mucho mayor que la de aquellos cuyos padres fueron más activos (línea roja). Esto confirma que la escolarización temprana es un bien sustitutivo con la estimulación parental, es decir, la educación infantil surte un mayor efecto sobre el aprendizaje de los niños con padres menos implicados en la crianza.


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Dos malas noticias. Asistir más años a la educación infantil no es una solución definitiva al problema de la desigualdad educativa según el origen social. Los hijos de padres menos implicados no llegan a superar las puntuaciones medias de los niños de padres más involucrados, aunque claramente acortan las distancias (véase la menor separación entre las líneas roja y azul cuando se han cursado tres años de educación infantil en comparación con la distancia entre quienes permanecieron en el entorno familiar). Por otro lado, la educación infantil parece no ser igual de eficaz a la hora de igualar las opciones de quienes se benefician de un entorno familiar culturalmente más rico, algo que reflejamos en el segundo gráfico. Si, en lugar de analizar la implicación activa de los padres, analizamos su nivel educativo, vemos que aunque la escolarización temprana también supone una mejora mayor sobre las posiciones de partida de los hijos de padres menos formados, su potencial igualador es menos evidente.

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El origen social de los individuos es el gran desigualador de las opciones, cierto. Sin embargo, los procesos por los que los padres condicionan las carreras educativas de los hijos en el largo plazo aún son poco conocidos. En un país como España, que sufre un lamentable subdesarrollo estadístico, la formulación de las políticas educativas sigue siendo en parte un espacio fuertemente gobernado por la ideología y otras visiones normativas sobre cómo funciona el mundo.

Garantizar la igualdad de oportunidades educativas requiere intervenir, hasta cierto punto, en las dinámicas que dentro de las familias ponen a los niños en distintos puntos de partida. En términos puramente científicos habría buenos argumentos para hacer obligatoria la educación infantil pero esa noción no es reconciliable con la necesidad de preservar los derechos de los padres a educar y socializar a sus hijos según sus propios criterios, Sin embargo, proveer una educación temprana de calidad, universal y atractiva para las familias que de otro modo no optarían por esta estrategia educativa es una de las pocas medidas que pueden generar el consenso necesario.

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Sobre el trabajo original

Estos resultados están extraídos del trabajo Aprendizaje y ciclo vital. La desigualdad de oportunidades desde la educación preescolar hasta la edad adulta publicado por la Obra Social de la Caixa. Aquí se pueden obtener todos los detalles técnicos y sustantivos.

Sobre los autores

Héctor Cebolla es doctor en sociología por la Universidad de Oxford (Reino Unido) y doctor miembro del Instituto Juan March (Madrid). Es licenciado Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense. Es profesor de estratificación social en el Departamento de Sociología II de la UNED.

Jonas Radl es licenciado (“Diplom”) en sociología por la Freie Universität de Berlín. Obtuvo un Máster de Investigación y un Doctorado del Instituto Universitario Europeo de Florencia. Actualmente es profesor de sociología en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid.

Leire Salazar es doctora en sociología por la Universidad de Oxford (Reino Unido) y doctora miembro del Instituto Juan March (Madrid). Es licendiada en sociología por la Universidad de Deusto. Es profesora de estratificación social en el Departamento de Sociología II de la UNED.