Política

La política fuera de serie(s)

10 Jun, 2015 - - @egocrata

En enero de 1995 Robert Crook, un lobista de 57 años, se acercó al Capitolio de Hartford para pedir la abolición de una ley estatal ligeramente absurda. El estado de Connecticut, por razones que nadie realmente parecía recordar, prohibía cazar ciervos utilizando arco y flechas los domingos. Nadie sabía por qué esa ley estaba en los libros; era una de esas normas que sobreviven ignoradas en un rincón del ordenamiento jurídico, fruto de varios siglos de gobierno representativo y legisladores con demasiado trabajo. Para Crook, la prohibición seguramente parecía una de esas cosas que sus jefes ponen en la agenda legislativa para al menos tener una victoria ese año. Un cambio pequeño y razonable, al que nadie le iba a prestar demasiada atención.

Robert Crook, sin embargo, no contaba con Donald Williams, un joven senador estatal de 37 años que representaba los municipios rurales del extremo noreste del estado. Williams era un legislador ambicioso, con ganas de hacer carrera, y una fuerte conciencia ecologista. El joven senador, además, por motivos que nunca nadie pareció comprender demasiado, no aguantaba a Robert Crook. En parte por azar, en parte por tirria, en parte por principios, Williams hizo el sabotear la ley que permitía cazar ciervos con arcos y flechas en domingo uno de sus objetivos legislativos ese año.

Y también el año siguiente. Y otro año más. Sin interrupción.

Durante los últimos 20 años la prohibición de cazar ciervos utilizando arco y flechas en domingo ha sido fruto de debate, discusión y votaciones en el Capitolio de Hartford. Cada año, sin excepción, Robert Crook encontraba un legislador dispuesto a presentar una propuesta de ley legalizando la práctica. Cada año, sin excepción, ese legislador inevitablemente se convertía en otro más de la lista de personas a las que el Senador Don Williams no aguantaba. Cada año, sin excepción, los legisladores del estado perdían una cantidad considerable de tiempo en debates y maniobras legislativas absurdas intentando sacar adelante o bloquear la dichosa ley. Y cada año, sin excepción, el ya Presidente del Senado Don Williams conseguía sabotear su aprobación, a menudo destruyendo las prioridades legislativas de algún pobre senador o representante que tuviera la mala suerte de ver como la batalla por el tiro con arco en domingos se comía su ley de un modo u otro.

Este año, tras dos décadas de futilidad legislativa que se llevó por delante cosas como educación infantil, emisiones de centrales eléctricas o vivienda social, el estado de Connecticut finalmente autorizó por ley la caza de ciervos en domingo utilizando arco y flechas. La norma fue aprobada con el apoyo incluso de los ecologistas, defendiéndola a cambio de una reforma que permite que un juez en caso de maltrato animal pueda nombrar un activista que vele por los intereses del animal en un juicio.

¿Por qué fue la ley aprobada este año? Don Williams, Presidente del Senado y amigo de los ciervos, no se presentó a la reelección el año pasado.

Es una historia absurda, ciertamente. La dichosa ley del tiro con arco en domingos nos ha dado un buen montón de disgustos en la oficina en los últimos años (se ha llevado por delante alguna ley nuestra un par de veces), aparte de montones de comedía involuntaria. Esta disputa, y los 20 años de intensa actividad legislativa asociado a ella, no es un caso demasiado común en la a menudo disfuncional política estatal. No hay demasiadas peleas que duren 20 años sin motivo aparente.

Esto no quiere decir que sea del todo irrelevante. La política, a todos los niveles, a menudo se mueve más a niveles de sainete que de debate razonado o proceso de toma de decisiones estratégico. Es muy probable (es más, dicen que Williams lo reconocía en privado) que nadie de los implicados en los 20 años de debate realmente se acuerde de por qué están a favor o en contra de esa ley. Lo importante a esas alturas, sin embargo, era ganar la batalla ese año, y utilizar el dichoso debate para intercambiar favores legislativos en otras leyes y poner o quitar cosas en la agenda.

La vida de un político a menudo se mueve entre la cordura y el surrealismo. La inmensa mayoría de políticos, casi sin excepción, están en gobiernos y parlamentos porque quieren cambiar las cosas a mejor. En parte debido a la inmensa complejidad de los temas tratados, en parte por alianzas y apoyos recibidos, en parte porque son humanos y a veces no se aguantan mutuamente, en muchos temas acaban decidiendo su postura por motivos ligeramente absurdos y no siempre bajo su control.

Obviamente, nadie tiene realmente un plan. Esa imagen de políticos ponderando sus movimientos a largo plazo, diseñando estrategias maquiavélicas, posicionándose en rebuscadas maniobras negociadoras calculando las reacciones de sus oponentes como consumados ajedrecistas es una ficción televisiva. Nadie controla los acontecimientos lo suficiente para poder diseñar nada, y desde luego, nadie tiene tiempo para evaluar políticas públicas con suficiente detalle para decidir la mayoría de temas sin atender a la línea de partido, los consejos de amables lobistas o simples prejuicios.

La realidad es que la mayoría de políticos tienen un ancho de banda limitado, y unos cuantos temas (pocos) a los que realmente prestan atención. Su trabajo, casi todos los años, consiste en intentar convencer a sus igualmente saturados y distraídos compañeros de partido que su tema es importante y hará que la gente les quiera, a menudo con la ayuda de lobistas afines (hola de nuevo), cruzando los dedos para que los líderes del partido compartan su opinión. La política no es un cúmulo de Frank Underwoods creando maniobras a largo plazo, sino un cúmulo de Leslie Knopes chilllando para que alguien les haga caso.

Y la verdad, casi mejor así. Los personajes en las series de televisión sobre política, casi sin excepción, piensan demasiado. No “piensan” en el sentido de tomar decisiones razonadas, sino que se preocupan más por el procedimiento y el qué dirán que en realmente querer cambiar las cosas. La política, aún con sus filias, fobias y debates absurdos sobre tiro al arco y cervatillos, está mejor en manos de gente entusiasta que vive para convencer al mundo de lo necesarias que son sus ideas que en manos de tipos calculadores.

Es un rato frustrante, por supuesto. Pero casi mejor así.