Internacional

Obama, diez años después

29 Jul, 2014 - - @egocrata

Ayer hizo diez años que un senador estatal por Illinois y candidato al senado de los Estados Unidos llamado Barack Obama subió al escenario de la convención demócrata que iba a nombrar a John Kerry como candidato a presidente e hizo esto:

No es un discurso perfecto. Obama está visiblemente nervioso al principio, algunos chistes son recibidos con total indiferencia, y tanto las menciones a John Kerry y su servicio en Vietnam como los constantes homenajes a las tropas suenan ajenas al hilo argumental del discurso. El punto álgido de la intervención no coincide con el final, y no está bien alineado con la mención a Kerry. Obama tiene discursos mejores (Iowa*, este sobre raza, Arizona o el mejor, Sandy Hook), sin duda, pero este es especial. No sólo porque fue el discurso que le hizo famoso, sino porque cambió, de un plumazo, cómo iba a hablar el partido demócrata y la izquierda americana durante décadas.

La crítica que se le hace más a menudo a Obama es que una vez llegó a la presidencia nunca fue el político que vemos en este discurso. La idea de un líder unificador, que ve más allá de las diferencias partidistas, que construye consensos a base de un liderazgo inspirado y decidido nunca pasó de ser retórica de campaña. El “yes we can” se convirtió en partidismo, lucha de trincheras y un país cada vez más dividido.

Esta crítica siempre me ha parecido absurda. La política será muchas cosas, pero desde luego nunca se parece a lo que vemos en las películas. Un líder carismático, por inspirador que sea, nunca va a convencer a sus enemigos políticos que actúen en contra de sus propios intereses. Obama podía ser todo lo brillante que quisiera, pero ante un partido republicano unificado y dispuesto a oponerse a absolutamente todo lo que dijera (y que conste, lo hacen porque esto es política y les conviene: estarán locos, pero no son estúpidos) el sistema político americano pasaría a ser una horrible guerra de trincheras en el momento en que los demócratas perdieran su mayoría en el Congreso.

La historia relevante de la presidencia de Barack Obama, y lo que va a definir su legado como presidente, no son los seis años posteriores a la derrota electoral casi inevitable** de las legislativas del 2010. Es lo que hizo antes, cuando tenía mayoría en la Cámara de Representantes, una supermayoría a prueba de bloqueo en el Senado y una catástrofe económica bajo sus pies. Lo que hizo fue feo, marrullero, confuso, lento, poco inspirador y en ocasiones deprimente, pero se puede resumir en una idea muy sencilla: aprobar tanta legislación como sea posible, tan a la izquierda como los legisladores demócratas permitieran, y básicamente cambiar tanto como pudo con el tiempo que le dieron.

Eso quiere decir una reforma de la sanidad que había sido el Santo Grial de los demócratas desde hacía un siglo, un estímulo fiscal enorme (y más comparado con el fracaso de la UE), una limpieza del sistema financiero tan decidida como los demócratas moderados le permitieron, una reforma de Wall Street que está funcionando bien, salida de Irak y una ambiciosa ley de igualdad de género. Una vez perdida la mayoría, aún se las arregló para prolongar los estímulos fiscales (el pacto sobre el techo de la deuda incluía recortes de impuestos considerable) e incluso forzar a los republicanos a subir impuestos más adelante. Todo esto lo hizo a rastras, entre peleas, debates, gañidos, tea partiers enfurecidos y demócratas hartos que su jefe les pida suicidarse electoralmente de forma repetida, pero lo sacó adelante igual.

A la hora de gobernar Obama nunca fue el líder inspirador de las masas que vimos durante la campaña.  Cuando le tocó escoger entre dar grandes discursos, buscar políticas fáciles de aprobar que hicieran feliz a todo el mundo y proteger su mayoría o partirse los cuernos e intentar cambiar el país con medidas concretas, hizo lo segundo. Fue el tipo que sacó sus promesas electorales adelante, aunque eso le costara perder su aura mágica del 2004.

Podría haberlo hecho mejor, ciertamente. En el 2009, por ejemplo, la Cámara de Representantes aprobó una ley contra el cambio climático por un margen escasísimo de votos (Pelosi sacó todo lo que pudo de su grupo parlamentario, una y otra vez), pero Obama nunca tuvo tiempo, estómago o convicción para moverla en el Senado. La Casa Blanca subestimó la resistencia de las bases republicanas a una reforma migratoria, así como a sus intentos de aprobar una reforma fiscal. Los intentos de grand bargain en presupuestos acabaron en nada,  aunque la salud fiscal del país es buena a medio plazo.

Todo esto ha hecho de Obama un político normal, un tipo más aburrido. No es el líder de masas que atraía multitudes allá donde fuera, y no despierta la ilusión y fantasías heroicas del 2008. Los discursos de campaña, la retórica, levantó emociones y esperanzas. El carisma nos atrajo a todos. Lo que no podemos olvidar, sin embargo, es que fue la política de trinchera, las reformas polémicas, las divisiones, recuentos de votos, chillidos y política de pico y pala lo que realmente cambió el país.  Esas leyes, esas vidas cambiadas, esa economía que evitó una gran depresión valen mil discursos.

En política nunca debemos confundir lo bonito con lo importante. El romanticismo en solitario no sirve absolutamente para nada. No lo olvidemos.

*: Iowa es el discurso del “Yes We Can”, y tiene un ritmo interno realmente maravilloso. John Favreau, su autor, habla aquí sobre cómo las primeras frases del discurso (“They said this day would never come. They said our sights were set to high”) siguen un patrón musical deliberado, y lo hacen aposta. Es por eso que funciona tan bien con música.
**: La derrota del 2010 era inevitable – por mucho el estímulo y el rescate financiero funcionasen, la recuperación económica iba a ser lenta, y los demócratas tienen la mala costumbre de quedarse en casa en las midterms. Lo veremos otra vez en noviembre.