Política

Y Podemos no fue distinto a los demás

13 May, 2014 - - @jorgegalindo

Que Pablo Iglesias es una persona y un candidato de izquierdas resulta innegable. Él mismo lo acepta sin problemas cuando se le pregunta. Que Juan Carlos Monedero o Íñigo Errejón también son personas que escoran hacia ese lado es difícilmente ocultable. El mismo programa del partido de cara a las Europeas destila “empleo digno”, “igualdad”, “control financiero”, “banca pública”, etcétera. Sin embargo, tanto el partido como su líder se empeñan en no posicionarse en el eje izquierda-derecha. Utilizan en su lugar un esquema abajo-arriba, esencialmente populista (sin que esto sea necesariamente peyorativo: se erigen en portavoces del pueblo, de todo él), y que va un paso más allá de anteriores intentos similares, como el Partido X. En Podemos parece que aceptan que la democracia es conflicto. Decíamos hace un tiempo que

si, como ciudadano, crees que alguien te ha usurpado recursos e instituciones lo que tienes que hacer es convertirte en un político y retomarlos. Para ello debes asumir que estás en una guerra contra otra voluntad, y que el resultado de esa guerra tendrá ganadores y perdedores, esto es: tendrá consecuencias redistributivas.

La formación de Iglesias y Monedero ha asumido esto… a medias. Mientras que en su discurso la idea de “convertirse en político y retomar” lo que se supone ha sido usurpado está presente de manera constante, a medida que uno avanza en su programa político y económico da la impresión de que todo son beneficios. No hay costes por ninguna parte. Mejor dicho: nadie sale perdiendo, el partido no es de un grupo en particular sino de todos los españoles. Mejor dicho: de todos excepto de esos pocos que forman la supuesta élite que nos lo ha quitado todo.

Una de las ideas centrales que intentamos transmitir con nuestro libro es que, en una democracia representativa occidental, libre y con ciudadanos relativamente informados, resulta imposible cargar con la responsabilidad de una situación determinada a una élite aislada de los ciudadanos. Por descontado que hay quien simplemente ha obrado de manera inconsciente y hay quien ha incumplido la ley. Y por ello han de pagar una vez su culpabilidad queda demostrada. Pero esto no es incompatible con aceptar que la responsabilidad está necesariamente distribuida. Mi ejemplo favorito es la Comunitat Valenciana, mi tierra, donde la práctica totalidad de los votantes sabía o intuía de dónde venía y a dónde iba el río de crédito que nos inundó durante una década, pero sin embargo el voto al Partido Popular no descendía. La razón más sencilla es que una parte muy importante de la población se benefició, al menos en el corto plazo, de la burbuja y todo lo que la rodeó. No había demasiadas razones para votar en contra de algo que, en ese momento, no tenía coste redistributivo alguno. En realidad esto no era cierto, claro: por un lado estábamos desplazando costes hacia adelante en el tiempo. La deuda es un impuesto generacional. Por otro, había un sector de la ciudadanía (los más jóvenes, los más vulnerables) que estaba siendo dejado de lado. Pero esto es algo que no notamos hasta que la red de seguridad mantenida por los hogares llenos de crédito barato comenzó a fallar. Esta es otra idea central en La urna rota: cualquier reforma, o en su defecto ausencia de la misma, genera ganadores y perdedores. Aunque no se vean de manera inmediata.

En España, de alguna manera, las decisiones tomadas por nuestros “yos” de hace diez, quince años nos piden ahora las cuentas. Muchos de nosotros no parecemos dispuestos a aceptar nuestra parte de culpa. Podemos y su propuesta es una alternativa que entra como un guante en esta negación. Para ello, se ayuda en la oposición pueblo-élite: fuimos engañados, nos robaron lo que era nuestro, nos merecemos más y mejor sin sacrificar nada. El descenso de la desigualdad y del paro, así como de los impuestos, el incremento de la deuda privada, el voto masivo a corruptos conocidos o sospechados, el fallo de la banca pública politizada o la dualidad que benefició tanto a los trabajadores más protegidos son asuntos completamente obviados por ellos. La respuesta programática es acorde: ningún sacrificio, todo ventajas, y para todos.

No es casualidad, creo, que organizaciones como Podemos o Syriza To Potami surjan en países como los nuestros, donde la tradición de conflicto de clases enlazado con ideologías con una base material poderosa, que entiende bien los costes y los beneficios de cada nueva propuesta, es escasa. La ausencia de un conflicto civilizado significa que nos vemos privados, o nos privamos a nosotros mismos, de comprender bien cuáles son las consecuencias de esta o aquella idea. En ese sentido, Podemos no es sino el reverso en crisis del PP, o aún del PSOE, en bonanza. Al menos lo es de esa parte de ambos partidos según la cual todo iba espléndidamente entre 1996 y 2008, bajar impuestos era indistintamente de derechas o de izquierdas, y nadie se atrevió a realizar las reformas estructurales que nos hubiesen hecho, probablemente, más resistentes a una crisis como la que se nos vino encima.

El mayor problema es que resulta difícil ver cómo un partido podría tener incentivos para cambiar hacia un discurso distinto del “todo o nada”, “somos el pueblo”, “es de sentido común”, junto con propuestas que a veces no son sino largas listas de promesas casi imposibles con tinte ideológico que no llega a cuajar. Quizás, por cierto, esto esté relacionado con nuestro gran nivel de decepción con respecto a las propuestas de los políticos. Nos prometen, y queremos que nos prometan, que heredaremos la Tierra. Desafortunadamente, el último en llegar a la fiesta de la democracia tampoco parece que quiera asumir el rol de aguafiestas responsable.