Política

Poder, capital, distribución y democracia

3 Abr, 2014 - - @jorgegalindo

El nuevo libro del economista francés Thomas Piketty (Capital in the XXI Century por su título en inglés) es ya probablemente el trabajo más comentado de la disciplina desde, al menos, el Why Nations Fail? de Acemoglu y Robinson (A&R en adelante). Las ideas ofrecidas en ambas obras no son independientes de la otra, aunque a simple vista lo parezcan. Es más: me atrevería a afirmar que, puestas en contraste y con la siempre inestimable ayuda del trabajo de Przeworski, sirven para iluminarse mutuamente.

Según A&R, no hay nada como la democracia liberal para estimular el crecimiento sostenido de una nación (pdf). La existencia de instituciones políticas inclusivas garantiza el respeto de los derechos de propiedad, lo cual a su vez favorece la innovación y la competencia en el mercado. En esta historia el motor de crecimiento es la combinación entre tecnología y competición libre. El motor se gripa si uno introduce un agente con un poder suficiente como para poner en duda los derechos de propiedad del resto de actores. El asunto es que ésa sería la tendencia habitual de cualquier agente en fase de crecimiento: intentar eliminar la competencia y acaparar el máximo porcentaje del mercado posible. La acumulación de capital es el camino más rápido para llegar a esta cumbre, desde la cual es posible capturar las instituciones políticas. Dicha acumulación se da particularmente en países donde la competencia está menos regulada: la escala nos ayuda a crecer, pero también puede poner en peligro el sistema. La consecuencia individual de la espiral de concentración es la acumulación de capital en manos de una élite que tiene todos los incentivos del mundo para intentar controlar las instituciones políticas de las cuales depende el nivel de regulación sobre su proceso de acumulación. Nos encontramos, pues, con la siguiente paradoja: la competencia favorece la concentración, no la evita, a no ser que el Estado se encargue de parcelar los derechos sobre el mercado interviniendo en la interacción. El camino más directo es la regulación de estos derechos antes de que la interacción tenga lugar. Este tipo de medidas, necesarias para evitar la dominación de sectores por parte de empresas particulares (monopolios, oligopolios, cartelización, etc), no evita sin embargo que determinados actores puedan acumular capital de manera desmesurada. Para controlar dicha posibilidad necesitamos mecanismos de redistribución.

La conclusión dista de ser nueva: el capitalismo y la economía de mercado son instrumentos formidables para crear riqueza y prosperidad. La democracia liberal, la propiedad privada y el Estado de Derecho se adaptan como un guante al manejar dichos instrumentos. Pero éstos tienen en sí mismos la semilla del diablo de la adquisición de poder desmesurado a través de la acumulación de capital. Con un trabajo estadístico encomiable, Piketty y sus colaboradores vienen a mostrar que los años dorados desde el fin de la II Guerra Mundial hasta la crisis de 1973 no son sino una excepción dado su pronunciado descenso de la desigualdad. Un valle de concordia, por así decirlo. Desde 1973 la tendencia es claramente al alza. Y lo es, argumenta Piketty, porque las rentas del capital están creciendo a un ritmo más rápido que la economía en su conjunto. El capital le está ganando la partida al trabajo, como ya pasó tras la Revolución Industrial.

Volvamos a la paradoja encerrada en A&R: ofrecer el mismo poder de intervención política a todos los actores ayuda a mantener la competencia económica viva y dinámica, pero ese mismo dinamismo empuja a los ganadores en cada ronda a acumular más y más poder de mercado en la siguiente, que se traduce en capital. De hecho, A&R no entran a explicar en ningún momento por qué la democracia se sostiene a sí misma. En su historia, la competencia política simplemente es virtuosa en algunos lugares y no en otros. Las élites son competitivas en ciertos países y extractivas en otros. Según Piketty, las élites mundiales tienden (digámoslo así) a la extracción en tanto que su capacidad de acumular capital está por encima de su generación de crecimiento. Es por ello que considera necesario necesario tasar al capital, establecer un impuesto sobre sus rentas. Mi interpretación es que este sistema ayudaría a restablecer un balance de poder político que es de hecho imprescindible para que funcione el círculo virtuoso de A&R. Si la desigualdad escala a cotas demasiado altas y un grupo de individuos dispone de capital suficiente, quien puede se aprovecha para forzar las reglas del juego. Desaparecen los incentivos a la innovación y a la mejora de la productividad y con ello se pasa a un equilibrio de tipo nocivo.

La derivación de todo esto es relativamente sencilla: para que la democracia liberal funcione con el capitalismo es necesario embridar el sistema. Controlar la acumulación de peso sobre un lado u otro de la balanza para evitar que una sola parte de la sociedad sea capaz de capturar a las instituciones, cerrando vías al mantenimiento de la competencia y al respeto de la propiedad privada y sus frutos. El problema, por supuesto, es que las bridas al mercado son un abuso sobre la propiedad privada: los impuestos tienen un efecto neto negativo sobre la actividad económica, etcétera.

Es un dilema un tanto absurdo, pero muy real: no podemos dejar la competición política y económica a su libre albedrío porque las desigualdades tensarían los mecanismos fundamentales. Tampoco podemos controlar la lucha para no dar demasiadas herramientas a un lado para imponerse sobre el otro. La mezcla de democracia y capitalismo es por tanto un sistema en teoría inestable, pero en la práctica ha dado los mejores resultados (en crecimiento y en redistribución) que ha conocido el ser humano. El equilibrio se halla en una estrecha pero alcanzable gama de grises en la cual los impuestos no son abusivos pero tampoco resultan exiguos y la competición política está limitada pero las opciones son suficientes como para satisfacer moderadamente las opiniones de la gran mayoría de la población. Esto es: una economía de mercado regulada.

Así es como nació la socialdemocracia: de la convicción de que la expropiación mayoritaria no era ni posible ni beneficiosa para la clase obrera europea, pero un cambio era igualmente necesario. El pacto entre obreros y clases medias se hizo para frenar los pies a la acumulación de capital sin eliminar al mercado, con su mecanismo basado en precios y competencia, como el sistema primordial para asignar recursos. Llegado el punto de crisis, la revolución keynesiana fue un compromiso, como decía Przeworski en su Capitalism & Social Democracy, mediante el que se ofreció un aparato teórico para sacar al mundo del hoyo de la depresión sin comprometer la propiedad privada. De ese mismo libro vale la pena rescatar esta joya de cita:

Let us now compare different tax systems. When the nominal tax rate on profits is low, the tax system has the effect of keeping the after-tax rate of profit high- independent of the rate of investment.Such a tax system rewards wealth, not investment. It may provide an incentive to invest, but it provides no assurance. It imposes no penalties on unproductive uses of profits. Hence, lowering the nominal rate of taxation of profits is the program of business. Owners of capital are then free to do whatever they find in their self-interest without any control.

Lo que Piketty propone no es gravar los beneficios, sino directamente las rentas del capital, pero el objetivo final es el mismo: mantener el equilibrio entre capital y trabajo. Para mí, esto es necesario por dos razones: obtener un nivel de distribución justo y aceptable, y mantener los delicados mimbres que sostienen la democracia liberal entre la competencia perfecta y el oligopolio despiadado. Este siempre ha sido el reto de la socialdemocracia, y lo sigue siendo hoy. Queda por ver si sabrá estar a la altura.