Política

Suárez, nuestro traidor

23 Mar, 2014 - - @jorgegalindo

No hay transición sin traición. Más específicamente, cuando se pretende pasar de un régimen no democrático a una democracia, hay dos caminos disponibles: el cambio pactado o la ruptura con uso o amenaza de la violencia. El coste de la segunda vía, aparte de (quizás) una mayor probabilidad de fallo, es la sangre derramada y la obtención de unos resultados más lejanos de lo que desearía el ciudadano más cercano al régimen existente. Es por eso mismo que el coste de la primera opción es obtener unas instituciones comparativamente más parecidas a lo que ya existían. Por tanto, cualquiera de los dos finales dejará a un grupo de extremistas de un lado o del otro particularmente descontento. Si además se considera que no son éstos dos caminos separados, sino un continuo en el cual las partes implicadas pueden situarse más cerca de un extremo o del otro, es posible que el balance acabe por dejar a ambos extremos insatisfechos. Es por esto que no hay transición sin traición: ubicarse en la posición de lograr un pacto requiere renuncias y moderación. Desde el punto de vista de los maximalistas, requiere traición.

Suárez fue un traidor necesario del régimen franquista.

El Presidente fue tan traidor que cruzó una de las líneas rojas marcadas por los militares, legalizando el Partido Comunista (con la ayuda indispensable de otro ilustre traidor, Santiago Carrillo). Después cruzaría otras muchas. Y la economía se hundiría bajo sus pies. La situación era tan insostenible entonces que tuvo el peor final posible a su presidencia: dimisión forzada y golpe de Estado. El golpe fue, de hecho, la expresión de descontento de los extremistas del régimen. De quienes consideraban a Suárez y al resto como traidores. Porque, de hecho, lo eran.

Tres traidores se quedaron en pie el 23 de febrero, desobedeciendo las órdenes respaldadas con disparos del coronel Tejero. Suárez y Gutiérrez Mellado, traidores al pasado. Carrillo, traidor al futuro. Javier Cercas parte de este instante en su libro para esbozar esa traición. Que no fue heroica al uso, ni fue planeada desde el principio, pero que fue, y eso es lo importante. Como lo es que el golpe no implicó una regresión en nuestras instituciones. No saboteó la Transición.

Si yo hubiese estado vivo y con uso de razón política entre 1975 y 1981, es muy probable que hubiese deseado y luchado por un cambio más profundo. No me habría gustado, posiblemente, ofrecerle la Jefatura del Estado a un individuo no sujeto a elección popular designado como heredero por el dictador recién fallecido. Tampoco me habría mostrado favorable a un sistema electoral obviamente diseñado para favorecer mayorías de UCD. Ni consideraría de recibo tener un Senado que no es una auténtica cámara de representación territorial, aparte de otros muchos aspectos del modelo de Estado tales como la falta de corresponsabilidad fiscal de las Comunidades Autónomas. La poca separación de poderes no habría sido de mi agrado. La lista sigue, y en realidad es la misma que la de muchos que pretenden una especie de segunda Transición que enmiende los supuestos errores de la primera. Algunos de ellos parecen estar poco dispuestos a reconocer el trabajo de Suárez, y de otros como él. Evalúan su rol en función de cómo se parecen los resultados de la Transición a lo que ellos hubiesen preferido. Y aquí reside, creo, el error.

Deberíamos valorar el legado de Adolfo Suárez en función de su grado de traición al régimen del que salió. Su importancia reside en la capacidad para forjar un consenso determinado que maximizó las probabilidades de supervivencia de la democracia (golpe incluido) y minimizó la sangre derramada frente a los escenarios alternativos. Ni el resultado fue perfecto, ni podemos repetir ad infinitum la historia de España para comprobar qué habría pasado de haber optado por otro punto en el continuo pacto-ruptura. Lo que sí podemos afirmar es que, hoy por hoy, tenemos una democracia y un Estado de derecho considerablemente sólidos. Y, lo que es más importante: tenemos un país que es probablemente capaz de resistir un debate sobre una reforma de sus instituciones fundamentales. Así que solo nos queda agradecer a Suárez, y a otros muchos que con él vinieron y se fueron, sus traiciones. Y seguir adelante.