Hace unas semanas hablaba sobre el extraño caso del atasco de Fort Lee. Una ciudad de New Jersey se encontró con sus accesos al puente George Washington, su salida hacia Manhattan,  semicerrados después que su alcalde se negará a apoyar la reelección de Chris Christie como gobernador. Los demócratas hablaban de represalia política, algo que me pareció ridículo por aquel entonces. Christie, un aspirante a la Casa Blanca el 2016, no podía ser tan estúpido como para dedicarse a abusos de poder y venganzas infantiles. Esto era una curiosidad, no un escándalo; no iba a llegar a ningún sitio.

Bueno, me equivoqué. El miércoles se hicieron públicos correos electrónicos entre varios asesores muy cercanos a Christie hablando abiertamente sobre el atasco, diciendo que “era hora que Fort Lee tuviera problemas de tráfico” y mofándose de los pobres habitantes de la ciudad cuando el embotellamiento la convirtió en una ratonera. Dejando de lado la obvia, enorme estupidez de discutir esta clase de cosas por correo electrónico (cuántas veces os tengo dicho, señores corruptos, que nunca deben dejar nada por escrito), una cantidad nada despreciable de los ayudantes y amigos cercanos de Christie se dedicaron a crear un colapso circulatorio descomunal para vengarse de un alcalde. ¿Sabía el gobernador algo, y si lo sabía, desde cuándo?

Ayer Chris Christie compareció en una larga rueda de prensa para responder esa misma pregunta. Su explicación fue parecida a la de la Infanta Cristina: él no sabía nada, sus asesores le ocultaron todo, y cuando les preguntó sobre ello mintieron. Él sólo pasaba por ahí y no tiene nada que ver con el tema. Christie pidió perdón a todo el mundo y procedió a despedir a todos los asesores implicados, sin excepción, y procedió a hacerse la víctima durante dos horas diciendo que sus lacayos le habían fallado.

Es probable que las revelaciones y dimisiones de este escándalo acaben aquí. Si Christie sabía algo (y viendo la cantidad de gente de su oficina y amigos personales hablando sobre ello, no es descabellado) podemos estar casi seguros que el tipo no es lo suficiente imbécil como para dejar nada por escrito. Ha sido demasiado tajante en la rueda de prensa (y Christie ha sido fiscal; sabe dónde se mete) como para creer que hay cabos sueltos. Ninguno de los asociados caídos en desgracia van a decir nada; probablemente alguno se comerá una condena por abuso de poder con patatas (bien merecida), pero nadie implicará al jefe. El gobernador está a salvo jurídicamente.

Políticamente, sin embargo, es otro cantar. La imagen de mediática de Christie ha sido siempre la de un político agresivo y directo, capaz de llamar estúpido a un votante en un town hall meeting si le hace una pregunta impertinente. El gobernador es una criatura de New Jersey, arrogante, descarado, orgulloso de ser un tipo duro, exigente y controlador. Christie ha cultivado siempre la fama de ser un tipo decisivo que no se está para historias, vigila a sus colaboradores de cerca y exige lealtad. Sus excusas en este escándalo contradicen, por un lado, su imagen de querer tener todo bajo control,  empujando su imagen de agresiva a Tony-Sopranesca. Un escándalo político es dañino cuando refuerza las sospechas  del electorado sobre un político. Chris Christie está sufriendo precisamente esta clase de escándalo.

Obviamente, las elecciones quedan muy, muy lejos. Christie puede recuperarse de aquí al 2016; tiene tiempo. Soy de la opinión, sin embargo, que este escándalo le hará mucho más daño de lo que parece a primera vista. Primero, porque no estamos hablando de corrupción, sino de abuso de poder. Los votantes republicanos desconfían del gobierno, y tener como candidato a alguien que castiga a los habitantes de una ciudad a un atasco inacabable porque el alcalde le cae mal no es la mejor manera de atraer votos. El fantasma de Richard Nixon sigue siendo muy fuerte. Segundo, porque a partir de ahora todo lo que haga Christie será analizado según esta óptica. Siendo como es el gobernador de New Jersey, este no será el último caso de trolleo institucional esperando salir a la luz.

Tercero, y más importante, esto tendrá efectos inmediatos en la “primaria invisible“, el proceso de selección informal de candidatos viables dentro del GOP. Las élites del partido dejarán de ver a Christie como el candidato a batir, y serán más proclives a considerar alternativas. Conseguir apoyos de los cuadros del partido será más complicado, haciendo más difícil crear la estructura organizativa necesaria para ganar unas primarias.

Christie ciertamente no está acabado, y si se presenta en el 2016 será un candidato formidable en las primarias. Este escándalo, sin embargo, elimina su condición de gran favorito. Si tuviera que apostar, Christie no será presidente.