Economía

Por qué en España hay tantos trabajadores temporales

20 Jun, 2013 - y - @kikollan, @jorgegalindo,

Este artículo es una colaboración de Kiko Llaneras y Jorge Galindo.

Hace no demasiado, cuando las cosas nos iban mejor —y antes de que se destruyesen varios millones de empleos—, lo que preocupaba de nuestro mercado de trabajo era su enorme temporalidad. Entre 1992 y 2007 más o menos un tercio de los trabajadores españoles tenía un contrato temporal, es decir, más que en cualquier otro país de Europa. Luego vino la crisis, los despidos se cebaron con los temporales, y su porcentaje se redujo por simple aritmética. No importó demasiado: todavía mantenemos una elevadísima temporalidad (25%), solo superada por Polonia, y muy alejada de la media europea (14%). Además, aún hoy nueve de cada diez de los nuevos contratos suscritos en España son de tipo temporal.

Dejando de lado argumentos culturalistas que no se sostienen (“España es así porque es así y porque está llena de españoles”), disponemos de varias alternativas para intentar explicar esta afición por la temporalidad. Una primera explicación es que la temporalidad resulta de nuestro modelo productivo: dado que tenemos una economía centrada en sectores que requieren mayor número de trabajadores temporales, como el turismo o la construcción, esto se refleja en la estructura del mercado laboral. El argumento es que si un país depende más de actividades cuya demanda es volátil y de baja calificación laboral, los empleadores optarán por las opciones más flexibles para contratar a personal. Según esa explicación, la temporalidad sería una consecuencia del tipo de empresas que abundan en nuestro país y de los sectores a los que pertenecen.

Una explicación alternativa consiste en señalar a nuestra regulación laboral como responsable de la elevada temporalidad. El mercado de trabajo español ha estado en general bastante regulado. Esto tiene ventajas evidentes para los trabajadores (fijos), que están protegidos por indemnizaciones, tienen salarios ligados a los precios, condiciones garantizadas, etc. Esta misma regulación supone unos costes para las empresas y que éstas tenderán a utilizar cualquier fisura que encuentren para hacerlos mínimos. En el caso español estas fisuras son grietas más o menos evidentes: la figura del “falso autónomo” y el abuso del contrato temporal serían los mecanismos que las empresas usan para variar sus costes laborales de forma barata. Por ejemplo, para muchas empresa es fácil mantener un grupo de temporales en rotación, trabajadores que nunca o casi nunca accederán a puestos indefinidos, que simplemente se contratan en bonanza y se dejan marchar en recesión. Así las empresas tienen un mecanismo para adaptar costes de personal al ciclo económico.

Si efectivamente mecanismos como ese son habituales, la temporalidad no sería una consecuencia del tipo de empresas que dominan en nuestro país, ni del tipo de sectores con más peso. Nuestra alta temporalidad sería una consecuencia de nuestra regulación laboral. Hay bastantes indicios que apoyan esta hipótesis.

La temporalidad no depende del modelo productivo: tres indicios y un análisis estadístico

El primer indicio es la virulencia con que los despidos se han concentrado en temporales durante la crisis. Si el tipo de contrato se debiera al tipo actividad, cuando la actividad baja —en recesión— los despidos deberían repartirse entre fijos y temporales de forma más o menos proporcional a su peso (por supuesto, no del todo, entre otras razones porque el coste dual seguiría siendo factor). La realidad, sin embargo, es que la destrucción de empleo ha sido diez veces mayor entre temporales.

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Que los despidos se concentren tan fuertemente en temporales apoya la idea de que las empresas estarían usando un contingente de trabajadores temporales para adaptarse al ciclo económico de bonanza y recesión. A esto se suma la evidencia de que el despido (de temporales) ha sido la principal forma de flexibilidad durante la primera parte de la crisis: entre 2007 y 2010 nuestro país fue el que más empleo destruyó, sin embargo, los salarios no solo no se redujeron, sino que aumentaron bien muy encima de la media europea.

Un segundo indicio en contra del factor “modelo productivo” es que la temporalidad española es más alta que la media europea en todo tipo de ocupaciones y no solo en aquellas más ligadas a construcción o el turismo. El gráfico siguiente lo muestra de manera clara:

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En casi todas las profesiones España tiene el doble de trabajadores temporales. Ni siquiera ocupaciones a priori poco proclives a contratos de duración determinada como los puestos directivos se libran de esta tendencia.

Finalmente, un tercer indicio del vínculo que existe entre la temporalidad y la regulación contractual dual nos lo ofrece la Administración Pública. El sector público tiene la misma actividad aquí en España que en Francia, Finlandia o Reino Unido. Sin embargo, por alguna razón, la temporalidad en el sector público español es muy elevada: llegó al 25% en los buenos tiempo, y pese a los recortes, aún se mantiene por encima del 20%. Es decir, que la temporalidad de la administración española es superior a la temporalidad global en los mercados de trabajo de casi cualquier país europeo. Este fenómeno no puede explicarse por el tipo de actividad, pero sí por las ventajas que ofrece contratar y despedir temporales con una regulación como la nuestra.

Estos tres indicios se ven reforzados por los trabajo del sociólogo Javier Polavieja, que a mediados de la década pasada se dedicó a analizar estadísticamente las causas de la temporalidad. Tratando de determinar la singularidad de España, realizó un estudio comparativo que incluía 15 países y que descartaba los factores de “modelo productivo”. También descartó como causas últimas la distribución del capital humano y los niveles educativos en la población activa.

Como alternativa, Polavieja apunta a una causa mixta: la regulación laboral dual y la situación económica. La idea es que el entorno institucional afecta a las decisiones de trabajadores y empresarios dependiendo de la posición de la economía en el ciclo. Combinar (a) incertidumbre generada por la crisis, y (b) alta protección del empleo indefinido y baja del empleo temporal (dualidad) da como resultado una mayor contratación temporal. Esto ocurriría por dos motivos. Por un lado, dado que los trabajadores temporales en un contexto de incertidumbre tendrán una motivación extra para intentar conseguir un contrato permanente de sus empleadores, estos pueden (sobre)emplear contratos temporales y usar la promesa de un contrato permanente como incentivo al esfuerzo. Por otra parte, una cantidad suficiente de trabajadores temporales realizando tareas similares a las de los trabajadores indefinidos puede llegar a incrementar el poder de negociación de los últimos. Los precarios actuarían como “colchón” para los estables frente al despido. Por lo tanto, los trabajadores indefinidos tendrían interés en mantener esa brecha (de seguridad para ellos). Ambos efectos combinados echan la leña al fuego del empleo temporal, generando un equilibrio tácito entre empleadores y empleados indefinidos.

Conclusión

Más allá de los mecanismos específicos, lo más importante del trabajo de Polavieja es remarcar que la temporalidad en el empleo en España tiene su origen en la división entre formas de contrato junto con la volatilidad en nuestros ciclos económicos. La regulación laboral junto con el contexto ofrecen incentivos (cortoplacistas) para el uso abusivo de la figura contractual más ventajosa para las empresas: el contrato temporal.

Como hemos repetido a menudo, las consecuencias de esta situación son muchas e importantes. Por un lado, supone un daño para nuestra economía: penaliza a las empresas que se nutren de trabajadores indefinidos, aquellas que emplean trabajadores especialmente cualificados. También resta competitividad a las empresas españolas porque distorsiona las decisiones laborales introduciendo criterios desligados de la productividad. Pero, sobre todo, la dualidad del mercado de trabajo divide a los trabajadores en protegidos y precarios, insiders y outsiders. Los trabajadores que tienden a tener empleos temporales no solo se ven desprotegidos, sino que además tienen que competir con un grupo aventajado. Los temporales, los outsiders, afrotan un futuro más incierto, tienen más difícil formarse y ganan menos experiencia, tienen peores condiciones de trabajo y acaban concentrando la corrección con peores salarios y más despidos.

Tomar conciencia de este problema es fundamental. Nuestras reglas del juego laborales permiten que exista un grupo de precarios y contribuyen a que ese grupo sea numeroso. Como hemos visto, hay indicios que sugieren que la alta temporalidad del empleo en España —el volumen de la precaridad— no responde a las características de nuestra actividad económica, o no solo, o no principalmente, sino que es una consecuencia de nuestra regulación laboral dual.

Se trata, en última instancia, de buenas noticias. Esto supone que la dualidad puede combatirse por la vía del papel, aprobando leyes y haciendo una regulación laboral mejor, algo a priori muchísimo más sencillo que cambiar la estructura esencial del tejido empresarial del país.