Política

Los políticos cumplen sus promesas

8 May, 2013 - - @kanciller

El otro día en un interesante post del Regional Manifesto Project se mezclaba – con magistral estilo – la queja corporativa de que los partidos cada día hacen los programas más largos (¡Plastas!) con la crítica de que no deberían ser ni cartas a los Reyes Magos ni elementos confusos. Un programa electoral debería ser un ejercicio de honestidad y transparencia ante los electores, no un documento abigarrado que nadie se lee – como acaba pasando. Estoy bastante de acuerdo con lo que dicen en la entrada y, casualmente, tocaron de refilón un tema que tenía previsto sacar esta semana. Sé que será especialmente polémico porque el contexto no acompaña pero creo que merece la pena ponerlo sobre la mesa para generar debate.

Actualmente hay muchas críticas contra el Gobierno porque está incumpliendo su programa y sus promesas electorales. Sin embargo, esta crítica cabalga sobre el clásico en versión extendida de que todos los partidos incumplen sus promesas. Para intentar poner remedio a la cuestión ha surgido desde diferentes foros la propuesta de convertir los programas en “contratos”. Personalmente, esto me parece complicado mientras no se me diga cosas tan elementarles quien sería el árbitro o en qué porcentaje de promesas (o cuáles) fijamos el umbral antes de encarcelar al Presidente del Gobierno. Obviamente, eso no quita que los programas deban ser auditados –ya sea vía controller en medios de comunicación u organismo oficial – pero no nos olvidemos que los ciudadanos siempre deben ser el principal clave en esta relación.

A veces se dan argumentos para que los partidos políticos incumplan sus promesas. El primero es que los gobiernos dicen que tienen más información que los ciudadanos así que no pueden cumplir los deseos o promesas que le hicieron a los electores. Cuando llegan al puente de la nave todo se ve distinto. El segundo argumento es que ellos tienen una mirada de más largo plazo y nos piden un voto de confianza. Hoy no cumplen su programa pero en que las cosas mejoren lo harán. Nos piden paciencia. Finalmente, los partidos nos dicen que como la política es contingente e imprevista no les queda más remedio que adaptarse continuamente a las circunstancias. En suma, que tampoco pueden cumplir. Diría que los dos primeros argumentos son el Partido Popular hoy y este último es el PSOE de ayer.

Por supuesto, sería ingenuo pensar que los partidos siempre se desvían de sus programas y promesas por objetivos nobles o circunstancias sobrevenidas. Las elecciones son mecanismos imperfectos y los partidos intentan aprovecharse de ello para evitar la sanción. Por ejemplo, un partido puede incumplir su programa pero seguir en el gobierno porque no hay alternativa o puede re-editarse una coalición electoral que lo mantenga en el poder. Del mismo modo, como el voto es un mecanismos retrospectivo (evalúa el pasado) y prospectivo (encarga un proyecto de futuro) los partidos pueden mezclar ambas dimensiones. Quizá por eso la ideología y la confianza en nuestros representantes son los únicos raíles que permiten cierta desviación de una promesa. Si se transmite que se hace en congruencia con unos valores dentro de un relato ideológico o se confía en el político que lo hace, el impacto del incumplimiento es menor. Ni que decir que las tres cosas – mantener tu palabra, ser coherente y ser creíble –  suelen ir de la mano.

Dicho esto, si salimos del plano de la discusión teórica podemos afrontar directamente la crítica que se les hace a los partidos. ¿Incumplen los políticos sus promesas? ¿Hacen honor a sus compromisos? Es algo que, por lo menos, es cuantificable y la inmensa mayoría de la literatura es rotunda en este sentido: Los políticos cumplen con sus compromisos electorales cuando están en el poder. Entre 1944 y 1979 los partidos gobernantes en EEUU cumplieron el 79% de sus promesas. En Canadá, durante fechas similares, el porcentaje es del 71%. El partido Conservador británico cumplió más del 80% de sus promesas en los años ochenta. En los Países Bajos la coalición de partidos gobernantes en 1994 cumplió entre el 63% y el 73% de sus compromisos. Los socialdemócratas suecos llegaron al 89% en los años 1994 y 1998. ¡Hasta el PASOK cumplió dos tercios de sus promesas tras las elecciones de 1981!

Evidentemente, el grado de cumplimiento de las promesas puede variar en función del marco institucional. Es razonable que en los gobiernos en minoría o de coalición el cumplimiento sea menor por el compromiso de la negociación. Esto no debería ser muy diferente en países descentralizados o con sistemas presidenciales en los que pueda haber un gobierno dividido. ¿Qué pasa con España? Pues la última evidencia que he encontrado y que se centra en las promesas económicas de PSOE y PP en el periodo de 1989 a 2008 señala exactamente lo mismo que antes. En la legislatura de 1989 el PSOE complió el 73% de sus promesas económicas y en 1993, cuando no tenía mayoría, hasta seis puntos porcentuales más. Por su parte, el PP cumplió el 68% durante la primera legislatura Aznar y el 74% en la segunda.

Por supuesto, no hay que ser triunfalistas. Primero, frente a las típicas vaguedades que predominan en el discurso público es muy posible que tengamos auto-selección; los partidos sólo se comprometen a cuestiones concretas cuando las pueden cumplir. Derivado de esta idea, no sabemos en qué medida los partidos se reprimen de hacer promesas en unos contextos más que en otros (prometo suprimir las diputaciones si sé que voy a perder, no si voy a ganar). Además, no sabemos en qué medida las promesas coinciden siempre con los programas. Pero además, este enfoque no deja de ser una aproximación numérica, el cual no contrasta la importancia de aquellas medidas que se quedan en el desván – ni el coste que apareja implementarlas. ¿Son iguales todos los incumplimientos? Aún así no se me ocurre cómo medir esta relevancia sin que entre en juego la intensidad de nuestras preferencias. Por ejemplo, quizá para un votante conservador es más grave que se incumpla una promesa electoral de reformar la Ley del Aborto que un recorte no previsto en educación pública.

En todo caso, y aunque sea predicar en el desierto, la opinión general está un poco distorsionada en este aspecto. Los partidos cumplen sus promesas mucho más de lo que parece, con lo que me parecería injusto que se extendiera la crítica al gobierno de Rajoy al conjunto de políticos. Las medidas como hacer de los programas/ promesas un contrato no deben servir para hacer sistémico a los modelos de representación la falta de confianza en la palabra y capacidades de este Gobierno.

Algunas bolas extra. Cuando la gente se rasga las vestiduras por los incumplimientos del ejecutivo me parece que hay que hacer un poco más de examen de conciencia. “¿No dijeron que iban a generar empleo?” “¿No iban a solucionarlo todo?” “¡Me dijeron que no tocarían ni sanidad ni educación!”. A ver, me parece que si alguien se  creyó esto durante la campaña electoral el que compró la enciclopedia también tiene algo de responsabilidad en el engaño. Por último, para provocar y más en general, sigo creyendo que nuestros representantes pueden tener muy buenas razones para desviarse de la voluntad popular. ¿Cambiaremos la ley penal cada vez que Ana Rosa Quintana traiga a los padres de las víctimas de un menor a plató? Más aún ¿Acaso en 2004 el PSOE no debía haberse desviado de la preferencia de los votantes y haber hecho reformas – quizá impopulares – para pinchar la burbuja? Por más que los políticos cumplan con sus compromisos, sigue siendo clave que seamos mucho más exigentes a la hora de elegir a quiénes los llevarán a cabo.