Demografía & historia

Escapar de la trampa: dos siglos de desarrollo económico

5 Abr, 2013 - y - @jorgesmiguel, @kikollan,

Artículo escrito por Jorge San Miguel y Kiko Llaneras. Siguiendo la serie sobre el desarrollo en los últimos siglos, tras hablar del declive de la violencia y la expansión de la vida, hoy añadimos otro elemento a la ecuación: el crecimiento económico.

En los últimos 200 años, el crecimiento económico ha sido extraordinario. Además, contrariamente a lo que pretenden los discursos apocalípticos y el altermundismo naif, dicho crecimiento no parece haberse producido a costa de una parte de la humanidad: si bien no lo ha hecho en todas partes por igual, la renta ha aumentado prácticamente en todos los países.

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La pobreza también se ha reducido espectacularmente en las últimas décadas; sobre todo por la incorporación a la economía global de grandes masas de población en China y la India, la dos naciones más pobladas del planeta y donde, tras una historia llena de explotación, sacrificios y miserias, se está creando una fuerte clase media. De hecho, sin mucho ruido —quizás porque, inmersos en la crisis, nuestra percepción dista de ser optimista—, es posible que hayamos alcanzado ya los Objetivos del Milenio. Parece que vamos conociendo mejor los ingredientes institucionales del cóctel del desarrollo —y, sobre todo, las recetas fallidas. Obviamente, todo esto no significa que debamos caer en la complacencia: queda muchísimo por hacer. También debemos estar atentos a otros fenómenos que amenazan la estabilidad del modelo y el bienestar, como el aumento excesivo de la desigualdad que se está produciendo en varios países referencia, desde Estados Unidos a Suecia.

Pero este progreso económico, que muchos tenemos más o menos asumido, es un fenómeno relativamente reciente. Hasta hace poco la humanidad parecía abocada a no prosperar en lo económico, atrapada en lo que se conoce como la “trampa maltusiana“.

La trampa maltusiana

Los historiadores económicos e investigadores del desarrollo han acuñado el concepto de “trampa maltusiana” (por Thomas Malthus) para caracterizar un fenómeno que se detecta a lo largo de la historia y hasta la modernidad: la aparente ausencia de crecimiento económico durante la longue durée histórica. La trampa implica que en todas las sociedades el crecimiento económico determinaba un crecimiento de la población que a su vez reducía la renta. Cuando una sociedad disponía de mejor tecnología o nuevos recursos para producir riqueza, se extendía, multiplicaba su población, dejando la renta por habitante constante. Es decir, renta y población no crecían al mismo tiempo.

Pero en algún momento del desarrollo histórico, las sociedades occidentales escaparon de esa rutina.

La trampa

North y Thomas, en su estudio clásico The Rise of the Western World, situaban el momento en que escapamos por primera vez de la trampa maltusiana hacia finales del S. XVII en Inglaterra y los Países Bajos. Otros, por ejemplo Gregory Clark (a quien citábamos aquí), retrasan la salida de la trampa un siglo, hasta alrededor de 1.800, siempre con el protagonismo de una Inglaterra que lleva a cabo las revoluciones agrícola e industrial. Hay que tener en cuenta que este es el período de colonización del Nuevo Mundo y de la expansión global europea, y resulta difícil estimar el efecto de la enorme ampliación de recursos que estos procesos supusieron para elevar el techo maltusiano de las sociedades occidentales. Sea como fuere, hacia mediados del S. XIX ya podemos asegurar sin reservas que nuestra especie ha escapado de la trampa.

Clark extiende esta idea en un argumento polémico, que podríamos sintetizar así: el bienestar material de la mayor parte de la población no ha variado sustancialmente desde el Neolítico hasta los albores del S. XIX. De hecho, es posible que el súbdito medio en cualquier sociedad agraria estuviera peor alimentado, menos sano y sufriera mayores niveles de coerción que su equivalente en tribus de cazadores recolectores. Ya mencionamos en su momento la tesis de la “sociedad opulenta original” de Marshall Sahlins y la posibilidad de que las sociedades tribales ofreciesen a sus miembros condiciones de vida que no tenían nada que envidiar a las de las sociedades agrarias preindustriales (a costa de unas tasas de violencia generalmente más altas).

Al margen de afirmaciones extremas, es cierto que en ocasiones cuesta distinguir patrones históricos claros de crecimiento en el largo plazo antes de la modernidad. Por ejemplo, al comparar el poder adquisitivo del salario medio de un trabajador agrícola en distintas épocas. Lo que sí se aprecia son repuntes puntuales que corresponden con crisis demográficas —el caso más famoso es Inglaterra tras la Peste Negra—, y que encajan por tanto en los mecanismos de ajuste maltusianos. O quizás sea que, como hemos sugerido aquí, hasta fechas muy recientes, las mejoras técnicas y los avances en bienestar rara vez llegasen más allá de las elites extractivas de cada tiempo. Lo seguro es que el crecimiento económico a gran escala no fue posible hasta que la productividad le ganó la partida a la demografía y esta a su vez chocó con otro límite natural o cultural, como el período intergenésico de nuestra especie o el paso a un régimen demográfico “moderno”.

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En síntesis, durante milenios apenas hubo progreso en términos de riqueza por persona, hasta que vencimos la trampa maltusiana. Hasta entonces las mejoras en producción se tradujeron en una población multiplicada —lo que puede o no interpretarse como un síntoma de progreso*—, si bien las condiciones materiales de la gran mayoría apenas mejoraron, o lo hicieron de forma marginal. Pero hace dos siglos el mundo dio un salto adelante. A partir de ese momento la riqueza creció de manera explosiva. En los países occidentales la renta por habitante se multiplicó cinco veces en el siglo XX, y de forma muy importante en prácticamente todo el mundo.

Consideramos que este multiplicación de la riqueza, unida a la expansión de la vida de la que ya hablábamos, son dos síntomas evidentes de progreso. En próximas entradas exploraremos algunos más, y también las sombras de este proceso.

 

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* Las ventajas de la modernidad (higiene, medicina, excedentes alimentarios) que permiten superar la trampa maltusiana contribuyen a hacer crónicos en algunas poblaciones niveles de pobreza inéditos en la historia, al impedir el antes inexorable ajuste demográfico. Esto nos conecta con un dilema moral —¿es mejor un mundo con 100 millones de habitantes donde el 80% pasa hambre, o uno con 6.000 millones donde pasa hambre el 10%?— sobre el que volveremos en una próxima entrada.