Economía

Los efectos reales de los rescates bancarios

1 Abr, 2013 -

Uno de los aspectos más polémicos de la presente crisis financiera se refiere a la actuación que los distintos gobiernos han adoptado en relación con los bancos en dificultades. ¿Debería el gobierno dejarlos caer, coordinando en todo caso su liquidación ordenada? ¿O debería intervenir activamente, rescatando (bail out) a los bancos insolventes, a través de inyecciones de capital o de otros mecanismos? ¿Qué parte del rescate debería ser asumido, en su caso por quienes invirtieron en el banco en distintos grados (bail in)? Lo cierto es que hasta el momento la respuesta de los distintos gobiernos dista mucho de ser homogénea, ni tan siquiera sistemática.

En un reciente artículo de los economistas Mariassunta Giannetti y Andrei Simonov, titulado “On the Real Effects of Bank Bailouts: Micro Evidence from Japan, los autores tratan de ofrecer algunas respuestas buscando en la evidencia aportada por la crisis japonesa de finales de los 90 una guía que permita entender cuáles son los efectos que las recapitalizaciones efectuadas por los gobiernos tienen sobre los bancos a nivel individual, perspectiva novedosa en la literatura económica cuyo interés resulta manifiesto, sobre todo a la luz de los acontecimientos actuales.

La crisis financiera japonesa

El 16 de febrero de 1998, el parlamento japonés aprobó el uso de 30 billones de yenes, de los cuales 1,8 billones se destinaron a la recapitalización de los 20 bancos más importantes. La mayoría de los bancos recibió 100 mil millones, aunque algunos más pequeños recibieron entre 20 y 60 mil millones. Estas cifras suponían, de media, el 1,9% del valor de los activos bancarios. El objetivo de este esquema era evitar en lo posible señalizar las diferencias en la solidez financiera de las entidades participantes. Así pues, todos los bancos sistémicos fueron recapitalizados, y la cantidad de capital inyectada sólo estaba relacionada con el tamaño de cada entidad [2]. No obstante, dado el pequeño tamaño de las inyecciones, la mayoría de los bancos quedaron infracapitalizados. Tan sólo el 4% de los bancos afectados lograron cumplir los requerimientos de capital tras la inyección.

A esta primera recapitalización le siguió una segunda en marzo de 1999 que benefició al 15% de las entidades afectadas el año anterior. La cantidad inyectada esta vez fue casi cuatro veces mayor. Cada banco recibió entre 200 mil millones y 1 billón de yenes, lo que suponía alrededor de un 5,1% del valor total de sus activos. Por último, una tercera recapitalización (aunque más bien cabría referirse a ella como un rescate puntual) tuvo lugar en junio de 2003, cuando el Gobierno japonés nacionalizó Resona Bank con una inyección de 3 billones de yenes (17,5% del valor de los activos). A pesar de su volumen, estas recapitalizaciones no resolvieron por completo los problemas del sector financiero, de los que la economía japonesa aún hoy se sigue resintiendo.

Los efectos de la recapitalización

¿Cómo afectó las recapitalizaciones al crédito concedido por cada banco a nivel individual? En principio, podría pensarse que los bancos que alcanzan un nivel suficiente de capital pueden retomar su actividad ordinaria, mientras que los bancos infracapitalizados, por su parte, pueden verse inclinados a restringir la concesión de créditos para cumplir con los requerimientos de capital [3]. En esta situación, además, podrían verse tentados a primar la renovación del crédito de sus deudores zombi [4], con la pretensión de prorrogar un posible impago que conllevaría la anotación de la pérdida en sus balances, deteriorando aun más la solvencia de la entidad [5].

Las evidencia recabada por los autores parecen confirmar esta teoría, en tanto apunta a que sólo los bancos que lograron cumplir sus requerimientos de capital tras la inyección aumentaron el crédito. En concreto, un banco que recibió una inyección de capital suficiente incrementaría en media sus créditos un 2,9% [6], mientras que este efecto no sería estadísticamente significativo si el banco resultó infracapitalizado. Las ampliaciones de capital realizadas por las propias entidades tampoco parecen tener un efecto significativo, quizás porque con ellas se perciba una garantía menor frente a futuras dificultades financieras que en el caso de una intervención pública.

Además, la evidencia señala que los bancos que alcanzan sus requerimientos de capital tras una inyección pública disminuyen el crédito concedido a empresas zombi en media en un 2,35%, mientras que los bancos que resultan infracapitalizados les aumentan el crédito en media en un 0,18%. Estos resultados son consistentes con la teoría anterior, esto es, que si las inyecciones de capital son lo suficientemente elevadas puede conseguirse no sólo aumentar el crédito, sino también aumentar la eficiencia al evitar a los bancos la tentación de prorrogar los créditos concedidos a empresas zombi. Lo contrario es cierto si las inyecciones son demasiado pequeñas.

Por otro lado, la evidencia señala que las inyecciones que son lo suficientemente elevadas como para permitir a los bancos cumplir con sus requerimientos de capital reducen la inversión de las empresas zombi, cuya superviviencia puede suponer un lastre para la competitividad y el crecimiento de una economía. En concreto, las empresas expuestas a bancos que cumplieron sus requerimientos de capital tras la inyección aumentan su inversión en un 1,73%, mientras que las expuestas a bancos que resultaron infracapitalizados la redujeron en un 1,71%. Para las empresas zombi estas cifras son positivas en ambos casos, del 0,12% y del 0,50% respectivamente.

En términos agregados, los autores estiman que para que la recapitalización de 1998 hubiese permitido a todos los bancos cumplir con sus requerimientos de capital deberían haberse desembolsado 1,28 billones de yenes adicionales. Esto habría evitado la recapitalización de 1999, lo que habría supuesto un ahorro de 2 billones de yenes que habrían compensado con creces el gasto adicional. Existirían además otros beneficios. Así, si en 1998 la inyección de capital hubiese sido un 2,67% mayor, la cantidad de crédito concedida a las empresas habría sido de 418 mil millones de yenes (más de dos veces y media la cantidad que realmente recibieron en 1998). Además, los bancos habrían reducido sus créditos a empresas zombi en 19 mil millones de yenes [7]. Todo esto ilustra la importancia del tamaño de las inyecciones de capital respecto del tamaño inicial de los bancos para garantizar el éxito de una recapitalización.

Una lección para España y para Europa

La experiencia de la crisis japonesa supone una importante lección para frente a la crisis financiera europea, en general, y española, en particular. En cierto sentido, España ilustra en muchos sentidos lo que debería haberse hecho: nuestra reestructuración bancaria se ha efectuado en distintas etapas (basándose las primeras en fusiones y las siguientes en inyecciones de capital de distinta índole), siendo las recapitalizaciones en todos los casos insuficientes para cubrir los requerimientos de capital de las entidades afectadas, haciendo necesarias ulteriores recapitalizaciones.

Así conviene resaltar que en la primera de estas etapas, que tuvo lugar en 2009, el Gobierno español promovió una suerte de “fusión fría” entre las cajas de ahorro, denominada SIP (sistema institucional de protección), si bien posteriormente hubo de recurrirse a una segunda ronda de fusiones, esta vez en sentido estricto. Japón pasó por una experiencia similar. Después del año 2000 se produjeron 71 fusiones que afectaron a 58 bancos. En algunos casos el Banco Central japonés alentó a los bancos saneados a adquirir a los más débiles con la finalidad de evitar quiebras. Otros bancos se fusionaron con el objetivo de adquirir carácter sistémico (too big to fail). Las fusiones no mejoraron la capitalización de los bancos afectados. El paralelismo con la reestructuración bancaria española, al menos en este punto, es evidente. Con todo, sería deseable un análisis en mayor profundidad sobre el proceso español, todavía en curso, en el que el marco analítico descrito en esta entrada sería de enorme utilidad.

A partir del análisis precedente pueden establecerse una serie de conclusiones. La más importante es que los efectos de una recapitalización no son lineales, sino que dependen críticamente de si el volumen de capital inyectado es suficiente para que los bancos afectados puedan cumplir o no sus requerimientos de capital. En caso afirmativo, los bancos no sólo incrementarán la concesión de crédito, sino que éste se dirigirá sobre todo a empresas saneadas, promoviendo la inversión. En caso negativo, los bancos infracapitalizados no sólo no aumentarán el crédito, sino que éste se destinará más a prorrogar el crédito de empresas zombi, con la pretensión de retrasar en lo posible un impago que se reflejase como pérdidas en sus balances, que a la financiación de empresas saneadas, con el consiguiente impacto negativo sobre la competitividad y el crecimiento de toda la economía.

En definitiva, puede decirse no sólo que una recapitalización más amplia en un primer momento compensa con creces las posibles intervenciones posteriores que se evitarían, sino que una recapitalización sólo será exitosa si ésta alcanza un determinado nivel, viéndose condenada al fracaso y a la necesidad de emprender nuevas rondas de inyecciones de capital en cualquier otro caso.

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[1] Mariassunta Giannetti & Andrei Simonov, 2013. “On the Real Effects of Bank Bailouts: Micro Evidence from Japan,” American Economic Journal: Macroeconomics, American Economic Association, vol. 5(1), pages 135-67, January.
[2] No se puso ninguna restricción sobre las políticas de crédito o de gestión de los bancos afectados.
[3] Los requerimientos de capital se establecen como un cociente entre el capital de la entidad y el valor de los activos (ponderados por su riesgo). Los bancos pueden por tanto cumplir con tales requerimientos incrementando el capital (numerador) o disminuyendo los activos (denominador). Los créditos son un activo (arriesgado) en tanto constituyen un derecho de cobro a favor de la entidad, razón por la cual los bancos suelen restringir su concesión en contextos de inestabilidad financiera.
[4] Por empresas zombi los autores se refieren a aquellas en las que el valor real de sus activos es inferior a su valor contable, pero que se permiten sostener esa diferencia recurriendo a una prórroga del crédito.
[5] Diamond y Rajan (2000), Diamond (2001).
[6] Los autores realizan sus estimaciones tomando como referencia el valor medio de las distintas variables. En este caso, la estimación concreta indicaría que una empresa que recibía el 8,1% de sus créditos (concesión media) de un banco que se benefició de una inyección de capital equivalente al 4,13% del valor de sus activos (inyección media) percibiría un incremento del 2,9% (incremento medio) en el crédito procedente del banco recapitalizado. El resto de estimaciones sigue una estructura similar que no se muestra por comodidad, por lo que se recomienda su comprobación directa en el artículo.
[7] A partir de los coeficientes obtenidos en diferentes especificaciones y de la información sobre los bancos que cumplieron sus requerimientos de capital y los que no, los autores estiman la magnitud del crédito concedido a cada tipo de empresa y su efecto sobre la inversión. De ahí calculan la inyección de capital adicional que habría sido necesaria para que todos los bancos cumpliesen los requerimientos en 1998, así como el impacto sobre las distintas variables consideradas. Se recomienda consultar el artículo para más información.