Política

Un manual de agitación política

1 Mar, 2013 - - @egocrata

Los resultados electorales en Italia deberían servir de lección: es imposible aprobar reformas económicas e institucionales contundentes sin una mayoría social detrás. Cualquier cambio de calado necesita tener una coalición de intereses y votantes dispuesto a apoyarla; si no, las urnas no tardarán en interponerse entre el político y su agenda.

La pregunta, obviamente, es cómo; qué debe suceder para que esa mayoría social aparezca. Una de las cosas que nunca me canso de repetir por esta página es que cambiar opiniones políticas es increíblemente complicado; la mayoría de votantes no prestan puñetera atención a nada que no sea fútbol, y reaccionan con una justificada suspicacia a todo político que promete milagros, y más si no es uno de los suyos. Para construir una coalición de votantes dispuestos a apoyar reformas de calado un político debe superar primero la indiferencia, después el escepticismo y finalmente la ideología de gran parte del electorado. Un hipotético reformista lleno de altos ideales no tiene un trabajo sencillo si quiere llevarlas a cabo.

Todo empieza con una idea. Un académico en alguna alta torre de marfil, un intelectual con demasiado tiempo libre o un ciudadano indignado se encuentran con un problema social y tienen un plan sobre cómo solucionarlo. A veces la idea es un cosa aislada; alguien escribe sobre una tasa sobre transacciones financieras para suavizar los movimientos en el mercado de divisas. Otras veces varios tipos encuentran soluciones parecidas al mismo problema, y vemos tres o cuatro modelos de contrato único para combatir la dualidad en el mercado laboral.

Si queremos trasladar una de estas ideas a una reforma política concreta, sin embargo, no basta con publicar un glorioso artículo académico que convenza a todo el mundo. Es necesario llevarla a la arena pública, primero, y empezar a conseguir apoyos sociales para que empiece a ganar audiencia. Alguien tiene que coger la idea y empezar a trabajar con ella para meterla en la agenda política. En Estados Unidos este alguien es a menudo conocido como un policy entrepreneur (literalmente, un “emprendedor de políticas públicas”), y tiene varias estrategias para avanzar su causa.

Un modelo típico es el siguiente.  El primer paso es, casi siempre, “anunciar” tu idea a potenciales aliados. Si quieres vender una reforma del mercado hipotecario, por ejemplo, buscarás a asociaciones de consumidores, ex-clientes de Bankia e intelectuales de izquierda soliviantados. Si quieres un reforma educativa, hablarás con asociaciones de padres, educadores e intelectuales de izquierda soliviantados. Si quieres un impuesto verde hablarás con ecologistas, fabricantes de paneles solares e intelectuales de izquierda soliviantados. El modelo habitual es publicar un artículo, manifiesto o algo parecido, y crear una coalición, coordinadora o plataforma con varias organizaciones participantes, a menudo usando sofisticadas herramientas de participación como una lista de correo. La idea básica no es tanto crear una mayoría social a base de hablar con gente afín, sino por conseguir gente dispuesta a ayudar en esto de hacer ruido, empezar a construir una lista de portavoces más o menos creíble, y crear una estructura que mantenga el movimiento social fuera del alcance de los pesados captura asambleas de siempre.

Una vez tenemos una coalición, el siguiente paso es empezar a hablar actores políticos clave dando impresión de fuerza. Un modelo bastante clásico es organizar unas jornadas o conferencia e invitar a todos los miembros de la coalición para hacer bulto, y a unos cuantos periodistas, intelectuales de izquierda soliviantados (siempre aparecen) y políticos más o menos afines al sarao para que escuchen durante cuatro o seis horas un montón de oradores explicando lo maravillosa que es tu propuesta. La idea no es tanto convencer a gente que no está de acuerdo contigo, sino en hacer que la idea que defiendes empiece a sonar viable. Los políticos más o menos afines dejarán de esconderse cuando alguien menciona la dación en pago  o el contrato único. Los periodistas mencionarán la idea en tertulias para sonar originales. Los intelectuales de izquierda soliviantados se indignarán porque nadie habla de ello. No habrá nadie que realmente cambie de opinión aún, pero la propuesta estará en el ambiente.

Una vez la idea ha empezado a circular (con varios saraos si es preciso), el siguiente paso es empezar a darle una pátina de propuesta seria y viable. Es en este momento cuando la coalición por la defensa de la causa, con gesto de responsabilidad y visión de país, encarga un sesudo estudio a un grupo de expertos independientes sobre la materia, o (mejor aún) pide a los políticos la creación de una task force o comisión que evalúe el problema, obviamente con al autor original de tu idea (TM) como estrella principal. Es ahora también cuando (si tu idea es adecuadamente populista) podemos empezar a tener mini-movilizaciones de gente pidiendo reformas, y empezar a hacer ruido dirigido a los políticos directamente. Si tu trabajo preliminar de reclutamiento de periodistas e intelectuales de izquierda soliviantados ha sido adecuado, es ahora cuando tu propuesta empezará a ser visible entre la opinión pública. Aún no convencerás a nadie, pero al menos estarás en la agenda.

Cuando las conclusiones del estudio aparezcan (obviamente dándote la razón) es cuando empezarás a moverte en serio. La propuesta lleva flotando en el ambiente una temporada; hablar de ella no suena extraño, y no pilla a nadie por sorpresa. Hay intelectuales de izquierda soliviantados que dicen que es el futuro; los periodistas más cool saben qué es, y los votantes más informados han oído campanas. Hay incluso estudios sobre la idea. Es hora de conseguir que tu propuesta pase a la agenda de algún actor político relevante.

Este es el paso más complicado,  y que depende en gran medida de las semillas plantadas en etapas anteriores. Debemos tener una red informal de políticos afines que hagan que la idea parezca confortable al líder del partido; una coalición de grupos que den la apariencia de un apoyo social decente; una buena estrategia de comunicación que haga que todo suene razonable. Con suerte alguien con cierta capacidad de influencia dentro de un partido político (sea un notable o barón regional, un ministrable carismático o un partido minoritario que no produzca alergias al resto) hará suya la idea y empezará a promocionarla. Es entonces, y sólo entonces, cuando el mecanismo habitual de construcción de apoyo social entrará en funcionamiento: la idea empezará a estar asociada con una ideología (“el contrato único es de izquierdas/centro reformista”), los votantes afines empezarán a asociar esa propuesta a sus propias posturas políticas (“el buen progresista cree en la dación en pago”) y las bases sociales empezarán a formarse desde allí.

Vale la pena señalar unas cuantas cosas. Primero, no hace falta que tu idea sea adoptada por uno de los dos grandes partidos para que gane tracción. En ocasiones, no hace falta ni que sea un partido quien coja la idea, de hecho. La dación en pago se mete en la agenda esencialmente vía Izquierda Unida; los sindicatos y la patronal pueden colocar temas en la agenda con cierta facilidad, y hay ciertos “superopinadores” que pueden construir coaliciones (léase: Grillo). El camino hacia la agenda política tampoco pasa necesariamente por convencer a un determinado grupo de élites a base de conferencias y peloteo; si uno tiene capacidad de organizar movilizaciones con cierta escala también puede “entrar” desde ahí. Las manifestaciones, por cierto, no son una muestra de apoyo ciudadano serio o nada por el estilo; uno puede sacar mucha gente a la calle con relativamente poco apoyo social (léase: anti-homosexuales, indignados de la AVT, comercio justo). Eso no quiere decir que no sea una forma efectiva de armar ruido. Y por supuesto, hay veces (muy pocas) en que uno puede armarla y conseguir amplio apoyo social sin pasar por el sistema político en absoluto; el problema, sin embargo, es cuando los organizadores se olvidan que sin mayorías legislativas uno no cambia leyes, y gana batallas pero pierde la guerra.

El principal elemento a recordar de toda esta explicación, sin embargo, es que estamos hablando de procesos lentos. La primera cosa que te dicen cuando empiezas a ejercer de policy entrepreneur en Estados Unidos (a eso me dedico) es que las ideas que lanzamos hoy están dirigidas a entrar en el ciclo legislativo el 2015-2016, y probablemente ser derrotadas repetidamente hasta el 2020-2022. Las (siempre escasas) victorias legislativas de estos últimos años vienen de semillas plantadas el 2004-2005, o incluso antes; y siempre han llegado tras años de preparación, estudios, cultivar relaciones y mucha suerte. Una reforma a nivel federal, no hace falta decirlo, requiere muchísimos más recursos y mucho más tiempo; basta ver lo que costó aprobar la reforma de la sanidad (casi setenta años) para hacerse una idea de lo complicado que es. Por supuesto, no siempre es tan lento; tras el desastre del 2008, cascarle regulaciones a los bancos fue (relativamente) fácil. Pero aún así construir coaliciones, hacer política, es un trabajo de años y años.

Quedan tres cosas por discutir. Primero, el funcionamiento de los partidos en España, y la viabilidad o no de ocuparlos desde abajo. Segundo, la triste realidad que en España las reformas las necesitábamos hace tres años, y que la situación económica del país realmente no permite el lujo de tener paciencia. Tercero, si un hipotético reformista ilustrado llegara a Moncloa, qué puede hacer para formar mayorías sin que lo linchen. Los dos primeros puntos merecen discusión en otro artículo; del tercero hablamos cuando avistemos los primeros unicornios. Mañana más.