Economía

Por qué el PP debería abrazar el federalismo

4 Dic, 2012 - - @egocrata

De todas las posiciones políticas del Partido Popular, su extraordinaria alergia a la descentralización política es la más incomprensible de todas. Un partido conservador que quiera contener el gasto público, reducir el peso del estado en la economía y limitar el acceso al estado del bienestar debería abrazar la descentralización política, no lo contrario. Y en el caso español, lo debería hacer con entusiasmo.

Desde el principio de los tiempos (o al menos desde los primeros días de los sistemas federales) los diseñadores de constituciones con descentralización política relevante han entendido que el sistema sólo puede ser viable si parte de dos principios muy claros. Primero, y obvio, si alguien quiere gastar dinero público debe también recaudarlo. Si un gobernador o presidente autonómico quiere construir una Ciudad del Ajedrez y el Jamón Ibérico, debe ser él quien se dirija a los votantes y les pida dinero. Darle la posibilidad de gastar con dinero ajeno acabará tarde o temprano en un político gastando más de la cuenta.

Segundo, y no menos obvio, los políticos a nivel estatal o autonómico deben mantener sus cuentas en orden, y esta obligación debe ser por ley. Una región o estado siempre va a tener la tentación de no recaudar, endeudarse hasta las cejas y después pedir a papá-gobierno federal un rescate cuando se estrellen. Como una quiebra de un gobierno subnacional sería interpretada (con razón) como una quiebra soberana, los líderes nacionales siempre acabarán por rescatar a la región despilfarradora. Ante este obvio problema de riesgo moral, el gobierno federal normalmente acaba por imponer límites constitucionales duros al déficit fiscal,  forzando presupuestos equilibrados y la creación de fondos de emergencia. Es el arreglo que vemos en Estados Unidos, donde 49 estados tienen en sus constituciones la obligación de equilibrar presupuestos. Merkel habla de ello en la Unión Europea por muy buenos motivos.

¿Qué tiene que ver estos dos arreglos institucionales con el estado de bienestar y las ideas políticas del PP? Muy sencillo: la mejor forma de limitar el gasto público en un sistema federal es darle más poder a las regiones. Dado que un sistema federal puro no puede funcionar sin controles de gasto más o menos desarrollados (a la vista está el galimatías autonómico español), un político con ganas de debilitar el estado de bienestar no tiene más que abrazar el federalismo y echarle cualquier programa medio izquierdoso a los estados. Los políticos ahí, como en todas partes, pensarán a corto plazo y ahorrarán menos de lo que deberían en tiempos de bonanza sólo para verse obligados a recortar como posesos en tiempos de crisis. Cualquier programa social en manos de los estados acabará llevándose hachazos a mansalva.

Los republicanos en Estados Unidos insisten en darle más poder a los estados no por un amor desatado a los derechos soberanos de los componentes de la Federación, sino por algo mucho más sencillo: cualquier programa financiado por ellos acostumbra a durar poco o perder peso casi de inmediato. Un buen conservador, alguien con ganas de limitar el peso del estado sobre la economía, debe ser un federalista entusiasta. Si catalanes y vascos quieren gestionar la sanidad y pagársela, adelante. Esa estupenda enmienda constitucional del año pasado (por cierto, necesaria) hará el resto. Como más autonomía, mejor.

¿Significa esto que el PSOE debería abrazar el jacobinismo más desatado? No, por supuesto. El sistema de financiación del estado de bienestar, y más concretamente el mecanismo de financiación de los servicios públicos debe ser bastante distinto. El modelo clásico en Estados Unidos es de la programas como Medicaid: el gobierno federal ofrece dinero a los estados para que presten un servicio público (en este caso, sanidad para familias sin recursos), pero sólo si cumplen ciertas condiciones de acceso o pagan parte del servicio. El resultado son programas híbridos con los estados conservando una cantidad considerable de control (y pudiendo expandir servicios con apoyo federal, si pagan su parte), pero con la capacidad federal de endeudarse asegurando su estabilidad. Una parte considerable del estado de bienestar americano funciona así (desde prestaciones de desempleo a ayuda para familias necesitadas), con el gobierno federal sólo controlando integramente programas imprescindibles para la seguridad del sistema (seguro de depósitos bancarios, Reserva Federal), descomunalmente caros (pensiones) o grandes economías de escala (Medicare).

Si Mariano Rajoy fuera más o menos sensato esta crisis le permitiría matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, podría dar a catalanes y vascos (y al resto de comunidades, claro) tanta autonomía y federalismo como pidan. Con la enmienda constitucional ya en los libros, no podrán irse demasiado lejos en sus políticas de gasto; sus políticos aprenderán rápido sobre los terrores de subir impuestos. Por otro, una reforma en este sentido debilitaría el estado de bienestar español sin apenas coste político para el ejecutivo. Los barones regionales se comerían todos los marrones, obviamente, pero eso para Rajoy es quitarse potenciales rivales dentro del partido y no otra cosa. Como regalo a medio plazo, los dos trolls oficiales de reino (catalanes y vascos) pasarían a liarse a tortas con el PSOE casi de inmediato si la izquierda cometiera la osadía de racionalizar el sistema.

Por suerte o por desgracia, en el Partido Popular no hay suficiente imaginación o hay exceso de tirria a catalanes y vascos para decidirse a explotar el federalismo español de esta manera. Tienen una oportunidad tremenda, ciertamente, pero la derecha española no es dada a pensar a largo plazo.