Ciencia recreativa & Política

Lo que el independentismo debe a la globalización

6 Nov, 2012 -

Andaba leyendo este artículo de Ana Palacio -¿sabéis que esta señora fue ministra del PP?¿a que parece increíble?- en PS y me he quedado con este párrafo en la cabeza:

Resulta, en efecto, perversamente irónico que los más astutos partidos secesionistas revistan sus programas en ropaje europeo y prometan que los nuevos estados que propugnan entrarían automáticamente a formar parte de la UE. Así, tanto el Partido Nacionalista Escocés (SNP) cuanto Convergencia i Unió (CiU) en Cataluña, explotan con oportunismo el concepto de cosmopolitismo europeo para reavivar romos fines nacionalistas y, en última instancia, el rompimiento de los países de los que son parte integrante.

El párrafo me ha recordado una hipótesis que alguna gente había planteado en la academia en los años: la globalización, tanto en su vertiente “económica” como “cultural”, hace más viables los Estados pequeños.

A primera vista esta idea podría parecer paradójica. Uno podría esperar que, conforme aumenta la interdependencia entre países, conforme los efectos “frontera” van importando menos, a lo que se debería tender es hacia polis cada vez más amplias, más cosmopolitas. Hay varias razones para pensar que esto no es así.

Alesina pasó un buen rato en los años 90 escribiendo sobre este tema (aquí  o el libro que terminó publicando aquí  y Colomer ha reseñado bastante un libro suyo muy accesible) pensando que la integración económica y la desintegración política son dos fenómenos que van de la mano. La idea es muy simple. Para una región, poder participar en el comercio es sinónimo de prosperidad, por una cuestión estricta de división del trabajo. Si uno vive en un entorno en el que todos los Estados viven en autarquía, formar un Estado pequeño es mucho menos viable: la forma de participar de los beneficios de la división del trabajo es integrarse dentro de las fronteras una polis más grande. Sin embargo, cuando el régimen comercial es de librecambio, cuando los países están muy integrados entre sí, la viabilidad como Estado independiente de un territorio aumenta. Esto es así porque, al reducirse el efecto “frontera”, la diferencia entre comerciar dentro del país y hacerlo fuera es menor y por tanto la ventaja (el coste) de pertenecer (no pertenecer) a una polis más amplia cae.

Otro aspecto en el que la globalización afecta a la viabilidad de los Estados pequeños tiene que ver con la provisión de bienes públicos -bienes de los que se beneficia todo el mundo- y en particular con la guerra o la defensa nacional. Tal vez hace 200 años para un Estado pequeño podía tener sentido fusionarse (o negociar su entrada) con uno más grande para poner en común sus recursos en la provisión de bienes públicos -pensad en la defensa. Hoy, en el contexto de la UE y en general de la “pax americana”, los Estados en occidente no necesitan preservar su integridad territorial: en principio está asegurada. Es por tanto viable mantenerse dentro de unas fronteras mucho más pequeñas.

Una intuición -no testada- que siempre he tenido en relación con los Estados pequeños es que estos son, en media, más gobernables que los grandes. Para un determinado nivel de diversidad (heterogeneidad), si la acción política tiene economías de escala, es razonable pensar que los estados pequeños tendrán menos “veto players”-es más complicado formar minorías críticas que bloqueen una reforma. Además, las comunidades pequeñas suelen tener menos “distancia social”. Los grupos son más pequeños, así que por fuerza tienden a ser menos herméticos de modo que la exposición de una persona a la realidad de cualquier otra es, en media, mayor, haciendo más fácil forjar consensos. Esta mayor empatía interna de los grupos pequeños es especialmente importante cuando existe además una identidad compartida.

Pero vamos a pensar en otro aspecto, como el de la cultura que es al que hace referencia Ana Palacio. Una hipótesis que me gusta bastante para pensar en la identidad es que ésta es un mecanismo para gestionar la cooperación -y el conflicto. Las identidades -culturales- tienen muchas dimensiones, pero el hecho de compartir cosas con alguien facilita las interacciones. En este sentido, si pensáis en ello es fácil darse cuenta de que la globalización tiene un efecto doble, como decía Kantor: el mundo se vuelve más homogéneo entre lugar pero más diverso en cada lugar. Por un lado, todos empezamos a participar en una cultura global, mucho más amplia: leemos el Código Da Vinci, aprendemos Inglés, compramos en Amazon y vemos Gangnam Style por Youtube.

Pero por otro, también nos sentimos más apegados a cosas muy locales. Hay dos razones para este último efecto. La primera, y más obvia, tiene que ver con las tecnologías de comunicación y la cultura. Es posible que, hace 50 años, para producir cultura en tu lengua tuvieras que tener un Estado detrás (licencias de radio y televisión, subvenciones a la cultura, etc). Hoy naturalmente ya no es así. No solo hay más libertad económica para hacer estas cosas, además está internet (youtube, los blogs) que lo hacen accesible a cualquier persona con una webcam, un micrófono y un teclado. El segundo es un problema de “crisis del marco de referencia” como dicen los sociólogos. El efecto de la globalización -de participación en una esfera cultural más amplia- es exponernos a una realidad más diversa dónde las cosas que damos por sentadas en nuestro microcosmos se relativizan sustancialmente y esto crea cierta “ansiedad” al perder la identificación con ningún grupo concreto. Es por tanto natural buscar referencias relativamente sólidas en un entorno más o menos reducidos dónde hay un grado suficientemente elevado de homogeneidad.

Cuando Berta apuntaba en el post que publicamos el otro día sobre el papel de las expectativas de los beneficios de la independencia, las narrativas que se han logrado articular, es importante recordar cuál es el marco político económico en el que la formación de estas narrativas es viable.