Economía

El círculo virtuoso entre salud, inteligencia y prosperidad

21 May, 2012 - - @kikollan

Ayer descubría que los micronutrientes son la nueva promesa en la lucha contra la pobreza y la malnutrición. Pensad que el déficit de Vitamina A causa tantos o más muertos que la malaria. Por eso los suplementos de Vitamina A, o de Zinc, o de Hierro, pueden ser la forma más eficiente de reducir la desnutrición en medio mundo.

Aunque la malnutrición infantil es un drama visible, creo que en ocasiones olvidamos su importancia en el largo plazo. Una buena nutrición de los niños evita patologías durante el crecimiento, mejora su inteligencia, y acaba traduciéndose en mejores niveles de educación y rentas más altas en la vida adulta (23,8%). Y estos beneficios no solo importan para los individuos, sino que benefician a toda la sociedad activando un círculo virtuoso entre salud y resultados: salud -> educación -> renta -> salud -> … .

Entre estas consecuencias hay una que sorprende a mucha gente: las mejoras en salud aumentarían la inteligencia de la población. Quizás nuestras sociedades se volvieron más inteligentes por lavarse las manos… por no hablar de lo que se puede conseguir con campañas de vacunación o con complementos de vitamina A. El punto de partida, que podéis ver en la figura, es que existe una fuerte correlación negativa entre la incidencia de enfermedades infecciosas en un país y el cociente intelectual de sus habitantes (el primero medido en DALYs y el segundo en CI).

4 iq disease burden

Nota: el gráfico lo he tomado de este informe de la Bill & Melinda Gates foundation. Tenéis también detalles al respecto en un artículo de The Economist.

Veréis nítidamente que los habitantes de países con una mayor incidencia de enfermedades obtienen en promedio peores resultados en los tests de cociente intelectual (está es la lista completa). La correlación es fuerte (67%) y estadísticamente significativa (p<0.0001). Y además parece ser causal.

Los autores del trabajo de donde provienen los datos (Christopher Eppig et al., Proceedings of the Royal Society) defienden la tesis de que las habilidades cognitivas están condicionadas por la prevalencia de enfermedades infecciosas. Llaman a esta hipótesis la parasite-stress hypothesis. Construir un cerebro es una tarea absolutamente costosa en términos energéticos —el cerebro de un recién nacido requiere el 87% de su energía metabólica—. Por eso un niño tendrá dificultades en desarrollar su cerebro plenamente, si al mismo tiempo su organismo tiene que dedicar mucha energía para defenderse de enfermedades infecciosas.

La hipótesis del parasite-stress es razonable y compatible con evidencia empírica. (1) La hipótesis explica la correlación negativa entre inteligencia e infecciones que veíamos arriba, y (2) también que la incidencia de infecciones sea un buen predictor del cociente de inteligencia incluso cuando se controlan otras variables. Además (3) está hipótesis ofrece una explicación al efecto Flynn; se ha observado repetidamente que cuando una nación se desarrolla, el cociente intelectual de sus habitantes aumenta mucho en poco tiempo. La hipótesis del parasite-stress contribuye a explicar este efecto: la inteligencia en un país aumentaría con el desarrollo sencillamente porque ese desarrollo reduce la incidencia de enfermedades.

En definitiva, este y otros trabajos nos dicen que invertir en la salud de niños y bebes es una muy buena idea. Y no sólo por una cuestión de humanidad. Cuidar la salud de los pequeños desencadena una cascada de buenos efectos: reduce las desigualdades, incrementa las capacidades cognitivas de la población, nos vuelve más inteligentes, y se traduce en más educación y en rentas más altas. Además ocurre que esas mejoras en salud dan lugar a una sociedad más preparada y más próspera, lo que acaba redundando de nuevo en una mejor salud. Así se pone en marcha un proceso que un físico o un ingeniero llamará una realimentación positiva, pero que bien podemos describir como un círculo virtuoso.

PS. En el artículo uso la palabra ‘inteligencia’ para referirme casi siempre al cociente intelectual (CI). Definir ‘inteligencia’ en un sentido más amplio es difícil y seguramente poco práctico en este caso.