Economía

What would Keynes (and Cassel) do?

17 may, 2012 - - @

“¿Qué haría Keynes?” Esa es la pregunta que se plantean los economistas Marcus Miller y Robert Skidelsky en un reciente artículo del Financial Times. Como es bien sabido, más allá de su papel como académico, John Maynard Keynes llegó a ser toda una personalidad en su época. En concreto, su actividad pública comenzó a manifestarse tras el final de la Primera Guerra Mundial. En ese entonces, los gobiernos aliados, que habían salido victoriosos de la contienda, negociaban qué condiciones imponer sobre los vencidos, naturalmente sin contar con su opinión. De entre todos ellos, Alemania era el que tendría que llevarse la peor parte. No sólo había sido derrotada. En buena medida, su derrota vino acelerada por presiones políticas internas, que terminaron por obligarla a claudicar. Además, los aliados no tardaron en hacer recaer sobre ella la ‘responsabilidad moral’ de la guerra: si el mundo se había abocado al peor conflicto de su historia, la culpa era de los alemanes. Su castigo por tanto debía ser extraordinario: para los vencedores no sólo debía ser ejemplarizante, sino que se trataba de una cuestión de justicia. Así al menos lo hicieron ver, especialmente los franceses, para quienes la rivalidad con sus vecinos al otro lado del Rin venía de mucho tiempo atrás.

Esta mentalidad vindicativa fue la que diseñó las condiciones que figuraron en el Tratado de Versalles firmado por Alemania en 1919. Las cláusulas que imponía eran abrumadoras en todos sus términos, pero las económicas sobrepasaban todos los límites: Alemania debería abonar en concepto de reparaciones de guerra la friolera suma de 132.000 millones de marcos-oro, que a precios actuales, equivaldría a unos 315.500 millones de euros. Para que os hagáis una idea, Alemania liquidó por completo sus reparaciones (tras sucesivas reducciones, reestructuraciones y aplazamiento de intereses, eso sí) el 3 de octubre de 2010. Ni qué decir tiene que, por aquella época, Alemania, derrotada y exausta tras una guerra y con su sistema político en plena reconstrucción, sencillamente no podía pagarlo. Era un disparate. No creo que haga falta recordar qué ocurrió después. El papel jugado por las cláusulas económicas de Versalles en el el ascenso del nazismo y en el estallido de la Segunda Guerra Mundial ha sido considerado tan determinante que incluso historiadores como Niall Ferguson a afirmar en ‘The Pity of War’ que, probablemente, hubiese sido preferible que Alemania hubiese ganado la Primera Guerra Mundial.

Fue en ese contexto cuando, en una carta dirigida a un amigo, Keynes escribió: “If they do sign they can’t possibly keep some of the terms, and general disorder and unrest will result everywhere”. Poco después desarrollaría esta preocupación en un trabajo que ya entonces alcanzó una enorme popularidad tras su publicación, titulado ‘Las consecuencias económicas de la paz’ (The economic consequences of the peace). En él, Keynes argumentaba que las condiciones que se habían impuesto a Alemania eran tan duras y tan deprimentes para su economía que no sólo ésta sería incapaz de hacer frente a sus obligaciones de pago, sino que además la depresión de su economía terminaría por arrastrar al resto de países de Europa hacia la recesión. No se equivocó. Keynes se hizo famoso, y de hecho, fue quien encabezó la delegación británica que participó en la mesa de negociación del nuevo sistema financiero internacional en Bretton Woods (aunque al final sus propuestas particulares fueron desestimadas).

En muchos sentidos, resulta imposible no trazar un cierto paralelismo entre las circunstancias que Europa atravesó entonces con las que tiene que afrontar ahora, con el consuelo de que a diferencia de entonces no tenemos que recuperarnos de una guerra, aunque sí de una crisis económica de enormes proporciones. Naturalmente, la Grecia actual no es ni mucho menos aquella Alemania. Pero aunque las comparaciones resulten odiosas, no por ello podemos pasar por alto que las políticas de recuperación, cuando deben ser llevadas a cabo de forma unilateral, no suponen una solución. Como dije en una entrada anterior, las soluciones deben pasar necesariamente por la acción colectiva. Si no, corremos el riesgo (de hecho, ya lo estamos experimentando) de ver cómo un ‘pequeño problema’ puede terminar por arrastrarnos a todos simplemente por no tomar las medidas adecuadas.

Naturalmente, no pretendo decir que la República de Weimar se despeñase por causa de las políticas de austeridad, o que Europa esté siguiendo ciegamente el mismo camino. En absoluto. De hecho, para entender las semejanzas entre nuestra época y la del periodo de entreguerras, quisiera recurrir a un economista cuyas opiniones, sin ser tan conocidas, tuvieron un impacto mucho más significativo que las de Keynes entre sus contemporáneos. Me refiero a Gustav Cassel. A este economista sueco le debemos el desarrollo de la ‘teoría de paridad del poder adquisitivo’ (purschasing power parity, o PPP). Esta teoría afirma que cuando alguien cambia su moneda por la de otro país lo hace porque, en definitiva, quiere comprar algún bien que está denominado en la moneda del otro país. Por tanto, el tipo de cambio estará determinado en última instancia por lo que puedo realmente comprar con la moneda del otro país, no por su valor nominal. En términos algo más técnicos, diríamos que los agentes económicos en lo que realmente se fijan es en el tipo de cambio real, que en base a lo dicho, podemos interpretar como el tipo de cambio que queda cuando tomo en consideración los niveles de precios de ambos países. Esta teoría, de hecho, se encuentra hoy tan enraizada quede hecho está presente en todas las comparaciones internacionales entre variables económicas que implican utilizar tipos de cambio. Los ‘dólares Geary-Khamis’ (Geary-Khamis dolars) o  dolares internacionales utilizados en las estadísticas de organismos multinacionales son un ejemplo de aplicación práctica de esta teoría, al igual que lo es el ‘índice Big-Mac’ (Big-Mac index) que elabora la revista The Economist cada año.

Es esta teoría la que tenemos que tener en mente para entender los sucesos económicos del periodo de entreguerras. Antes de la guerra, el sistema monetario internacional se ordenó en torno al denominado ‘patrón oro’ (gold standard). De forma muy resumida, el sistema establecía que cada moneda fijaba una paridad con respecto al valor del oro, con el que se podía comerciar libremente, con lo que cada monera era ‘convertible’ en términos de dicho metal. Este sistema entró en suspenso durante la Primera Guerra Mundial. Ya acabada la guerra, Gran Bretaña se planteó su restitución en 1925, eso sí, fijando una paridad entre la libra y el oro igual a la que se había mantenido antes de la guerra, que de hecho era bastante elevada. Con una economía inglesa deprimida y endeudada, rodeada de una Europa en no mejor situación, la medida suponía un despropósito. Esas fueron las circunstancias puestas de relieve por Gustav Cassel así como por otros economistas como Ralph Hawthrey (aquí tenéis un fantástico enlace que cuenta la historia de ambos, leedlo, merece la pena). La depresión económica estaba llevando a los precios a la baja, por lo que en consecuencia sería de esperar que los tipos de cambio siguiesen el mismo camino. Por eso mismo, y con la teoría de la paridad del poder adquisitivo en mente, mantener fijos unos tipos de cambio tan elevado sólo podía agravar la recesión en Europa. Eso fue precisamente lo que sucedió. Cassel abogó por una política monetaria expansiva, entre otras cosas basada en la devaluación de la libra, que permitiese a las economías europeas. No sin reticencias, los acontecimientos terminaron por dar la razón a las advertencias hechas por Cassel. En 1931, tras el estallido de la Gran Depresión, Gran Bretaña abandonó definitvamente el patrón oro en 1931. Alemania también lo hizo el mismo año, unos meses antes, si bien desde 1922 su política monetaria era mucho más relajada de lo que el sistema permitía. Otros muchos países siguieron después el mismo camino.

Desde este punto de vista, podemos ver problemas similares a los que las economías europeas atraviesan a día de hoy. Como entonces, carecen de una política monetaria propia. Como entonces, el nivel de deuda asfixia su capacidad de crecimiento. Como entonces, las políticas de recortes se suceden sin que parezca haber esperanzas de que el crecimiento volverá. Y lo más importante, como entonces, las políticas de cada país se están tomando sin que exista una verdadera coordinación. En aquella crisis, si Gran Bretaña y EE.UU. no se hubieran obcecado en mantener unos tipos de cambio tan altos y una política monetaria tan rígida, si los aliados no se hubiesen empeñado en imponer una carga fiscal tan pesada sobre países como Alemania, o si todos hubiesen avanzado al unísono en el desarrollo de una política fiscal y monetaria común, es probable que la recuperación económica hubiese comenzado mucho antes. Ahora nos enfrentamos a retos similares. Entre otras cosas, Alemania y el resto de países del norte de Europa deben ser conscientes de que las consolidaciones fiscales son un problema que nos afectan a todos. Es más, deben ser conscientes que lo que vale para los tiempos buenos, también vale para los malos. Por esa razón, habida cuenta que nos encontramos en una unión monetaria, el éxito de dichas consolidaciones pasa porque en materia de política fiscal todos arrimemos el hombro, estableciendo nuevos mecanismos de ser necesario. Del mismo modo, necesitamos una política monetaria más expansiva. No se trata sólo de España. Grecia ilustra hasta qué punto puede degradarse una situación si las decisiones se toman de forma descoordinada sin seguir un plan de actuación claro desde el principio. Europa ahora, igual que entonces, no puede permitirse esta indefinición.

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BATCHELDER, RONALD W. y GLASNER, DAVID (2012) “Pre-Keynesian Monetary Theories of the Great Depression: What Ever Happened to Hawtrey and Cassel?”, Working Paper.

IRWIN, DOGULAS A. (2011), “Anticipating the Great Depression? Gustav Cassel’s Analysis of the Interwar Gold Standard , NBER Working Papers.

6 comentarios

  1. Gulliver dice:

    “Grecia ilustra hasta qué punto puede degradarse una situación si las decisiones se toman de forma descoordinada sin seguir un plan de actuación claro desde el principio”

    Eso suena como si la situación griega no se hubiese degradado si los políticos europeos hubiesen actuado de otra manera. Quiero decir que para echar sobre alguien el peso de la responsabilidad, primero tiene que estar en su mano la solución del entuerto. Pero ¿tenía Grecia salvación? Si te pones en el pellejo de Merkel o de Draghi, ¿qué habrías hecho tú para evitar la degradación de la situación griega sin perjudicar al resto?

    Me viene a la memoria el post “Escoge tu propia aventura” donde todos los caminos llevaban a una situación deprimente.

    • Ramón Mateo dice:

      No digo que exista una solución ‘única’, ni siquiera si existe algo que podamos llamar ‘solución’. Tampoco que al situacion de Grecia pudiese no haberse deteriorado (lo mismo que la española, europea o estadounidense). Las políticas macroeconómicas tienen (muchas) limitaciones. En cualquier caso, no creo que exista ninguna intervención en estas circunstancias que permita aliviar la situación de unos sin ‘perjudicar’ a nadie. Me temo que eso es imposible. No obstante, si estoy convencido de que pueden emprenderse medidas que, aunque generen una redistribución en el corto plazo, a la larga sean beneficiosas para todos si lo comparamos con la alternativa de no hacer nada. Los eurobonos (o los eurocopones, dado el caso) serían una de esas medidas.

      • Gulliver dice:

        ¿Eurocopones para Grecia? ¿Eurocopones para Grecia? Vamos a suponer que los prestamistas piensan que Grecia va a entrar en bancarrota en dos años. Podrían pedir un 75% de interés anual y en dos años sacarían un 50% limpio, 150% de intereses menos el 100% del principal que no cobrarían. Los intereses los pagaría la eurozona mediante el mecanismo de los eurocopones, lo que sería tanto como una transferencia directa de la eurozona a Grecia.

        Creo que circulan muchas ideas felices, chapuzas insuficientes, pero pocas soluciones totales que afronten los problemas centrales de crecimiento y riesgo moral. Estamos hablando de un juego complejo, en el que cuanto más ayudan unos actores, menos incentivos tienen los otros para hacer reformas. Las soluciones no pueden ser solo un óptimo económico como si todos los gobiernos, instituciones europeas y los ciudadanos fuesen sabios y buenos. Son soluciones complejas de un juego económico y político.

        Aunque estoy convencido de que los políticos europeos pueden hacer mucho más y mejor, creo que las críticas a su trabajo son simplistas, como si las soluciones estuviesen allí a la vista y al alcance de la mano.

        En fútbol todo el mundo sabe más que el entrenador y en política económica, aquí todo el mundo le da lecciones a Rajoy, a Merkel y a Draghi.

        • Francisco dice:

          Gulliver

          Ya les pagamos los intereses a los griegos, como nadie les financiaba lo hace la UE a tipos preferenciales y con una alta posibilidad de impago.

          Los eurocupones habrían sido mejor idea. Visto lo que viene. Haberles pagado un 10% de intereses sería mejor que comernos el 100% del default que se viene encima en los próximos días más la quita que le ha hecho la banca europea.

          Creo yo, igual estoy muy equivocado, pero es cierto lo tuyo de que todo el mundo da lecciones y las críticas son simplistas.

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