Economía

Provocando un pánico bancario

9 May, 2012 - - @egocrata

Cuando de aquí unos años se escriba la historia de esta crisis, la salida de Rodrigo Rato de Bankia probablemente será vista como una de las decisiones más estúpidas de estos años. La cosa no será, que conste, porque el Rato fuera un estupendo gestor y banquero admirable;  parte de este cuento es que el hombre no tenía  experiencia alguna en el sector bancario y que su nombramiento fue ya de por sí una idea horrible. Su dimisión ha sido significativa como esa señal funesta que acabó por provocar un pánico bancario en España.

Que Bankia es una casa de locos era bien conocido; ninguna de las entidades que la componían eran demasiado estables o estaban demasiado bien gobernadas, así que meterlas todas en el mismo saco no hizo más que empeorar las cosas. Los líderes y cuadros intermedios de todas esas cajas, ya de por sí bastante incompetentes de media, ahora con el aliciente añadido de pasarse el día pegándose de leches entre ellos. Si encima le sumamos que Rodrigo Rato no había visto un balance bancario en su vida y la fusión, en el último momento, con el peor manicomio financiero del país, la siempre maravillosa Bancaja, el desastre era esperable. Los políticos españoles (de ambos partidos – aquí hay estupidez para todos) convirtieron siete cajas de ahorros disfuncionales pero manejables en un monstruo aún más disfuncional pero lo suficiente grande como para representar un riesgo sistémico.

Hace cuatro o cinco días, todo el mundo daba por hecho que Bankia necesitaba ser rescatada de un modo u otro. Las cuentas de la entidad son un horror gótico sólo mantenido con vida gracias a las inyecciones de liquidez del BCE. Lo que no sabíamos, sin embargo, era cuándo iba eso a suceder y qué mecanismo iba a utilizar el gobierno para solucionarlo. Aquí, como en todas partes, Mariano Rajoy había prometido algo completamente imposible (no dar dinero público al sector financiero), así que no es que andaran sobrados de credibilidad en este sentido.

La dimisión de Rodrigo Rato este lunes, sin embargo, fue la señal explícita, obvia y clara que el rescate era inminente; las declaraciones de varios ministros hablando de una potencial entrada del estado entre los accionistas (los préstamos convertibles no van a poder ser devueltos, así que nos la vamos a comer) del banco no hizo más que confirmar a todo el mundo que los accionistas iban camino de perder hasta la camisa. Cualquier inversor que tenga dinero en Bankia y no sea completamente idiota va coger los trastos y largarse tan rápido como sea humanamente posible. Y quien dice Bankia dice cualquier entidad financiera española en problemas, que vienen a ser todas. Una caída del valor de las acciones de un banco lo hace más vulnerable (menos acceso a capital, mayor dificultad de financiación, etcétera), asustando más inversores, potencialmente creando un pánico bancario.

Lo triste de todo este asunto, obviamente, es que los bancos no pueden quebrar de forma incontrolada. Por un lado, los depósitos están garantizados, así que cualquier banco que cierre pasa a ser un dolor de cabeza gigantesco para el estado. Por otro, todos los actores que hacen negocios con el banco se quedan a dos velas, potencialmente creando un contagio como el que vimos durante la caída de Lehman Brothers.  Todo el mundo sabe que si Bankia salta por los aires el estado español va a tener que intervenir de un modo u otro, y que eso nos va a costar un dineral. Todo el mundo sabe que nuestras cuentas públicas son un desastre, así que la posible quiebra de la entidad se traduce casi automáticamente en una subida de nuestra prima de riesgo. Una quiebra incontrolada de Bankia se cargaría no sólo el sistema financiero del país, sino que probablemente acabaría expulsando a España del euro.

El gobierno, al avisar que iban a rescatar a un banco, hizo que que la situación de ese banco empeorara. Y esta misma vía de agua abierta con la torpe, chapucera y deslavazada dimisión de Rato ha hecho que los inversores salgan por piernas de la deuda española, temiendo que el rescate al sector finaciero se cargue las cuentas del país.

Un rescate financiero, sea vía inyección de capital, nacionalización o fusilando a todos los implicados (las tres opciones no son excluyentes) es algo que no puede hacerse a medias. El gobierno tiene que entrar a saco, hacerlo rápido y hacerlo por sorpresa, ya que cualquier señal que indique por adelantado que los accionistas se van a llevar una leche no hará más que debilitar la entidad aún más deprisa. Es cierto que la situación de las cajas de ahorros, esos bancos públicos que tan bien han funcionado*, era desesperada antes que llegara Rajoy al gobierno. Como de costumbre, sin embargo, Mariano y sus muchachos parece que no tenían ni puñetera idea sobre qué iban a hacer con Bankia y  demás desastres, y se han pasado medio año improvisando salvajemente antes de anunciar un rescate de la forma más chapucera posible.

En fin, así nos va.

*: sí, las cajas de ahorro eran banca pública. Un banco “al servicio de los políticos” es la pura definición de “público”. Es precisamente por este motivo que la banca pública es casi siempre una idea espantosa; es como regalar un lanzallamas a un pirómano. Y sí, de sobras que se pueden crear mecanismos institucionales para despolitizar una empresa pública; la Caixa y las cajas vascas no han funcionado mal del todo. El problema, claro está, es que lo que te queda cuando haces eso es una entidad que funciona como un banco, sólo que pagando menos impuestos. No sé qué gracia tiene.