Duverger, je t´aime (II)

En la entrada anterior presenté los principios fundamentales de la conocida ley de Duverger según la cual los sistemas electorales de mayoría simple tendían a generar sistemas bipartidistas. También señalé cómo eran los efectos mecánicos y psicológicos – a nivel de elites y votantes – los que daban pie a esta relación señalada por el politólogo francés. En esta entrada lo que quiero es meterme con una de las tres asunciones clave de la relación causal duvergeriana: La existencia de información perfecta.

Una de las condiciones de este modelo teórico es que élites y votantes tengan información inequívoca respecto a la viabilidad relativa de los partidos políticos. Este hecho, crucial para que se de el efecto psicológico, ni mucho menos es un requisito menor. Siguiendo con el ejemplo clásico, si yo soy el líder del Partido Verde de un distrito de Connecticut tengo que saber con seguridad que no estaré entre los dos partidos más votados. Pero además, si soy un simpatizante verde, tengo que tener la certeza de que mi partido efectivamente ocupará esta tercera posición. Como imaginaréis, no resulta complicado plantear situaciones en las cuales esta información puede estar distorsionada.

Un ejemplo es el caso de las elecciones fundacionales, las primeras elecciones que se realizan en un país tras la restauración de la democracia. Ya sea porque un país acaba de legalizar los partidos políticos o porque las elecciones pasan a ser realmente competidas – como sinónimo de libres –, ni partidos ni votantes tienen excesivamente claro quien puede ser el ganador. Se trata de la primera ronda del juego democrático y todo el mundo quiere comprobar cuales son sus cartas. En esta situación excepcional es previsible que haya menos incentivos para la coordinación de siglas y votantes. Si sois el líder de los verdes, lógicamente, querréis saber cuanto apoyo electoral real tenéis como opción política. Y si sois simpatizante verde, recién salidos de la clandestinidad, querréis mostrar que sois la fuerza más importante del país. Dicho esto no es casualidad que en estas primeras elecciones tienda a competir un número de partidos muy por encima de posteriores convocatorias.

Se supone que con el transcurrir del tiempo estos partidos no viables se fusionan o desaparecen hasta un “equilibrio duvergeriano” en la que solo compiten los partidos que pueden ganar. ¿Por qué? Básicamente porque el aprendizaje es un proceso dinámico el cual las elites realizan progresivamente. Es posible que al principio los propios partidos sobreestimen su apoyo electoral – AP o PCE pensaban que serían los referentes a derecha e izquierda – o que crean que cuando se escinden tendrán mucho más arrastre  – El CDS de Suárez fue a por todas – . Sin embargo, la idea es que tras darte sonoramente contra la pared empezarías a adaptar tu estrategia a la lógica de Duverger. Es más, ante el escenario de progresiva decadencia electoral y económica a tu partido no te quedaría más opción. Por ello sería cuestión de tiempo que esta sobre-oferta de partidos fuese desapareciendo hasta que el sistema de partidos alcanzase ciertos niveles de institucionalización.

Pero la información también puede distorsionarse a nivel del distrito sin que el tiempo tenga por qué generar una influencia “correctora”. Imaginemos que en nuestro distrito favorito de Connecticut tenemos acceso a una encuesta de Gallup para las próximas elecciones. Según sus estimaciones el Partido Republicano obtendrá el 40% de los votos, los Demócratas 30% y los Verdes ¡Otro 30%! Ante esta situación resulta imposible distinguir ex ante cual es el segundo partido viable a nivel del distrito: No existe un primer perdedor claro. Esta situación generará que los votantes tengan muchas dificultades para hacer un voto estratégico. ¿Qué incentivos tienes para votar a los demócratas si crees que los tuyos podrían ganar? Desde la racionalidad instrumental – que comentaré en otra entrada – con saber que uno de los dos obtendrá un 0.1% más ya le podría interesar hacer voto estratégico, pero en este escenario no hay manera de identificar a la opción ganadora.

La réplica posible es ¿No es un poco extraño que segundo y tercer partido empaten en intención de voto? Evidentemente el ejemplo es una exageración pero pensad que los votantes tienen un sesgo cognitivo de partida: Uno siempre tiende a pensar que su opción favorita obtendrá mejores resultados que los que luego obtiene. Así, no es extraño plantear que incluso con diferencias de 5 puntos en encuestas un verde pueda seguir sosteniendo que su partido saldrá bien parado ganando a los demócratas e incluso a los republicanos. De este modo, para que el voto estratégico aparezca, hace falta una segunda opción política fuerte y una tercera débil que tengan un diferencial electoral suficientemente informativo para indicar en torno a que partido coaligarse estratégicamente. Y esto no se da siempre.

Por lo tanto, creo merece la pena subrayar que el tiempo – aprendizaje – puede no corregir aquellos problemas que conciernen a la identificación de los candidatos viables en un distrito. Quizá eso apunte por qué el voto estratégico es mucho más marginal de lo que se planteó inicialmente por la literatura. Un ejemplo de 2005 en Reino Unido. Si el 15% de los ingleses estuvieron en una situación en la que su tercera preferencia era la clara perdedora, no más de 1/3 de éstos terminaron haciendo este cambio estratégico de voto. Por lo tanto, está claro que la falta de información perfecta pudo ser una de las razones que expliquen que 2/3 partes de los potenciales votantes estratégicos no lo hiciera. ¿Pudieron jugar más factores a parte de la falta de información perfecta? Sin duda pero eso ya conecta con las otras asunciones problemáticas de la Ley de Duverger, materia que toca en las siguientes entradas.

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