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La amnistía fiscal: de ingresos, justicia y expectativas

10 Abr, 2012 - - @kikollan

Antes de la vacaciones el gobierno anunció una amnistía fiscal que, cosa poco común, cogió a casi todo el mundo por sorpresa. La medida consiste en un periodo excepcional para regularizar dinero negro repatriado desde el extranjero u oculto dentro del país tributando al 8% y 10% respectivamente. De esta forma el gobierno pretende recaudar 2.500 millones de euros que contribuyan a reducir el déficit por la vía de los ingresos.

Pese a la sorpresa, lo cierto es que la amnistía fiscal es un instrumento relativamente convencional. Muchos países las han usado antes, como Reino Unido, Irlanda, o Italia hace pocos meses, e incluso España en dos ocasiones, en 1988 y 1991. Podéis leer sobre estas experiencias y sus resultados dispares en dos artículos de la semana pasada, uno de Pablo Rodriguez Suanzes en El Mundo, y otro de Ramón aquí en Politikon. Como curiosidad, en la gráfica que sigue podéis comprobar que el término ‘amnistía fiscal’ no solo es antiguo, sino que su uso está en expansión. (Os dejo el ejercicio de identificar las causas de los picos y valles sucesivos).

Amnisitas

Pero que la medida tenga precedentes no evita que sea polémica. Y es normal que así sea. Pensad que una amnistía fiscal permite que ciertas personas —aquellas que precisamente venían defraudando a Hacienda—, paguen menos impuestos de forma legal. A cambio, claro, conseguimos que paguen una fracción de lo que deberían. Pero, ¿merece la pena? Permitidme analizar el tema con diferentes perspectivas.

  • Perspectiva económica a corto. En términos económicos creo sencillo que la amnistía genere beneficios. Basta que lo que se recaude supere los costes de la medida (gestión y publicidad) más lo que se habría conseguido con inspecciones rutinarias (no sé que porcentaje de economía sumergida emerge con inspecciones, pero entiendo que es pequeño). Anticipar cuánto dinero aflorará es más difícil, pero esa cifra es secundaria para determinar el signo de la medida, así que me atrevo a decir que el saldo positivo está garantizado.
  • Perspectiva de justicia ‘cuantitativa’. Se dice que la amnistía es injusta porque supondrá que unos ciudadanos paguen menos impuestos que otros. Pero el argumento es algo cojo porque esa injusticia ya ocurre: hay personas que no pagan los impuestos que deberían. De hecho, en términos cuantitativos la medida reduce la injusticia.
  • Perspectiva de justicia ‘simbólica’. Al párrafo anterior le falta un apunte: quienes defraudan a Hacienda y quienes se acogen a la amnistía cometen ambos una injusticia, pero los primeros cometen además un delito. El matiz importa. No es elegante, por decirlo suavemente, que un país permita la injusticia legal.
  • Perspectiva comportamiento: señal. Hay quien señala que una amnistía fiscal podría actuar como una señal perniciosa, ya que legalizar cierta forma de fraude lo legitima. Se enviaría el mensaje de que no pagar impuestos no es para tanto. Mi problema con esta idea es que no veo que en España esté muy arraigado el sentido del deber para con los impuestos, así que considero el daño menor.
  • Perspectiva comportamiento: expectativas. La amnistía se presenta como una medida extraordinaria y temporal. Por un lado esto consigue que el dinero aflore rápido, pero sobre todo se busca evitar un razonamiento peligroso: que pagar los impuestos ordinarios es idiota porque cada dos años hay una amnistía. Si se generan expectativas de más amnistías, se reduce la percepción de riesgo del fraude, y aumentaría el fraude (tenéis detalles en el artículo de Ramón). Para evitar esto la medida debe ser excepcional; han pasado dos décadas desde la última amnistía y la percepción tiene que ser que pasarán otras dos antes de la siguiente. Una forma de enfatizar esto es acompañar la amnistía con nuevas medidas contra el fraude o un endurecimiento de las penas.

En resumen, considero que (1) la amnistía fiscal es positiva en términos económicos y (2) injusta sólo simbólicamente, aunque (3) me preocupa su efecto pernicioso sobre las expectativas y el comportamiento futuro de los contribuyentes. Creo que esos efectos serán poco importantes, pero es difícil medirlos y bien podría estar equivocado. Tiendo así a inclinarme a favor de la medida por sus (probables) efectos económicos, pese a sus (inciertos; ¿menores?) perjuicios a largo plazo. Y, claro está, aceptando que es una medida nada elegante, quizás incluso inmoral, que dice mucho sobre los tiempos desagradables que vivimos.