Política

La pregunta más importante para la izquierda

24 Mar, 2012 -

El otro día discutía (en persona, y en Twitter) sobre la opción de marcharse de España, decisión que muchos amigos míos, conocidos en persona o no, han tomado ya. Paradójicamente, irme de España me resultaría fácil y complicado. Fácil, porque nací fuera, me crié nómada y siempre he tenido bastante detachment con las cosas – y para las personas, está el Facebook o el Skype para los íntimos. Y difícil, porque el hecho de haber nacido extranjero y haber pasado toda mi vida en España me hace plenamente consciente de lo importante que es este país para haberme hecho tal y como soy; al contrario que muchos españoles (ninguno de los cuales me lee) no doy por sentadas ciertas cosas que comprendo perfectamente que nunca habría podido vivir, o tener, si me hubiera quedado en Brasil. Y eso me lleva a estar profundamente agradecido a España. Y, sí, sé perfectamente que España no me devuelve el agradecimiento: soy joven (relativamente), universitario y de izquierdas, tres factores que me hacen un perfecto candidato para tomar la puerta de salida. Pero lo dije el día en el que el PP ganó las elecciones y sigo defendiéndolo: este es un país muy bonito, me da mucha pena tirarlo. Y quien diga que España no se merece nuestro esfuerzo para hacerla un lugar mejor… podría desmentirle larga y ampliamente, pero me ahorraré los panegíricos patrioteros para otra ocasión más festiva.

En todo caso, desalienta ver la desilusión extenderse como una mancha de aceite en la izquierda española. El otro día estuve cenando con dos muy buenos amigos, militantes socialistas dedicados, y todo el tiempo que pasamos hablando de política estuvo plagado de silencios dolorosos, bufidos significativos y frases que se quedaban a medias pero que dejaban clara la desilusión. Este fin de semana mismo puede consumarse la destrucción definitiva del sistema bipartidista por el que tanto protestó el 15-M, para convertirse en un sistema “de partido y medio” a la sueca o a la australiana, donde la pregunta no es qué partido puede ganar las elecciones, sino si el partido mayoritario sacará mayoría absoluta o no. Hasta un hombre tan ponderado como don Roger se puso el otro día en modo friki enfurecido, literalmente mandando a todo este bello país, según las inmortales palabras del Tano Pasman, a la reputa madre que le recontramil parió.

Y la verdad es que con razón. Ver los mítines del PSOE, donde sacan a Felipe González y a Alfonso Guerra en una histérica tentativa de vudú político; ver a IU, que no contentos con poner de portavoz parlamentario al hombre con la voz más desagradable de este lado de los Urales (¡!) se vuelven a salir con la vieja cantinela del socialfascismo a poco que les dejan la oportunidad… Y si encima los muchachos y muchachas del 15-M que sí que tienen cierto nivel intelectual – que los hay y que los conozco – no pueden salir a la calle  porque se les llenan las manifas de perroflautas, magufos y pijipis apestando a incienso con ínfulas de viajes a la India y rabos de nube, pues apaga y vámonos.

La izquierda ahora mismo no tiene rumbo. Aunque detesto las batallas simbólicas y desprecio a los que las dan más importancia de la que se debe, he de reconocer que la izquierda ha perdido la batalla de las palabras. Primero perdimos “libertad” a manos de la derecha, y ahora nos están quitando “cambio” de las manos. Partidos y sindicatos de izquierdas se han convertido en instituciones netamente conservadoras, incapaces de darse cuenta de que el mundo ha cambiado. El bicho del capitalismo global no solo está fuera de la jaula, sino que ha cogido la jaula, le ha puesto una etiqueta y la vende en Desigual a 49,99. Y ahora, viendo como el agua sube día a día, prefieren empeñarse en salvar su ex-revolucionario culo.

Y es, a mi humilde entender, por la incapacidad de dar respuesta a la que, para mí, es la pregunta más importante para la izquierda española, y, si me apuran, para la europea:

¿De qué queremos que viva este país?

Porque la derecha lo tiene muy claro. Para ellos, el punto de referencia, su gran triunfo político y económico, fue el milagro español de los 50 y los 60. Edificado sobre la espalda de los emigrantes, sobre el sudor de los curritos, sobre la sangre de los sindicalistas, sobre los pechos de las escandinavas y sobre los sobres que engrasaban (y engrasan) todo el sistema. La derecha considera que España es el tercer mundo, siempre lo será, y estas ínfulas de país moderno que hemos llegado a tener son lujos de progres que rompen los fundamentos sobre los que se edifica España. La derecha quiere que vivamos de lo que siempre hemos vivido: del tajo en la obra, del pincho de tortilla y del hotel con piscina en Almuñécar. Y sobre esos principios está construida la reforma laboral del Gobierno. Destinada a reducir drásticamente los salarios y crear una masa de mano de obra precaria y poco formada que nos haga competitivos con Eslovaquia, Letonia o Rumanía.

Eso es lo que quieren. Eso es lo que están consiguiendo. Y nosotros no presentamos alternativa alguna.

El sistema actual NO FUNCIONA. Un país donde en los años de espectacular bonanza económica un 10% de su población activa no trabaja (una tasa de paro que haría caer gobiernos en países más sensatos: “Battle Royale” se pasa en un Japón donde la tasa de paro es de un quince por ciento, for God’s sake). Y a pesar de que la propuesta de contrato único de mis compadres de Politikon me resulta sensata y cuenta con mi interés y apoyo, no deja de ser un medio para un fin que no conocemos.

Porque volvemos a la pregunta inicial: ¿de qué queremos que viva este país?

Porque si no tenemos una respuesta a esa pregunta no podemos diseñar una política económica. Si no podemos diseñar una política económica no tenemos un proyecto político. Si no tenemos un proyecto político, nuestras campañas (electorales o no) se resumen a buscar el candidato que resulte más simpático y a repetir como loros que la derecha lo hace mal. Y visto el éxito arrollador (sarcasm mode) de este planteamiento político, si no tenemos una respuesta a la pregunta no volveremos a ganar unas elecciones así nos maten.

De dos una: o seguimos lamentándonos o empezamos la remontada. Y lo más importante es responder a esta pregunta.

Yo me voy de España, si es necesario. Pero si me voy, es para volver. Y para trabajar por tirar de este país hacia el futuro.

Seguiremos informando.