Parásitos

Estoy leyendo este librito de Carl Zimmer sobre parásitos y, aunque trata de biología, inevitablemente se refiere a la imagen del parásito en el discurso político. Sin ánimo más que de rescatar un par de viñetas curiosas, porque el tema da para muchas tesis doctorales (por ejemplo, la relación entre el mito del vampiro y el antisemitismo), un par de ejemplos, a izquierda y derecha. Por un lado, la visión socialista de la gran burguesía como clase parasítica:

An exquisitely biological take on socialism appeared in 1898, when a pamphleteer named John Brown wrote a book called Parasitic Wealth or Money Reform: A Manifesto to the People of the United States and to the Workers of the World. He complained of how three-quarters of the country’s money was concentrated in the hands of 3 percent of the population, that the rich sucked the wealth of the nation away, that their protected industries flourished at the people’s expense. And, like Drummond or Hitler, he saw his enemies precisely reflected in nature, in the way parasitic wasps live in caterpillars. “With the refinement of innate cruelty,” he wrote, “these parasites eat their way into the living substance of their unwilling but helpless host, avoiding all the vital parts to prolong the agony of a lingering death.”

Y, de otro, la visión conservadora del beneficiario de servicios sociales como parásito:

Parasitologists themselves sometimes helped consecrate the human parasite. As late as 1955, a leading American parasitologist, Horace Stunkard, was carrying on Lankester’s conceit in an essay published in the journal Science, titled “Freedom, bondage, and the welfare state.” “Since zoology is concerned with the facts and principles of animal life, information obtained from the study of other animals is applicable to the human species,” he wrote. All animals were driven by the need for food, shelter, and the chance to reproduce. In many cases, fear drove them to give up their freedom for some measure of security, only to be trapped in permanent dependency. Conspicuous among security-seeking animals were creatures such as clams, corals, and sea squirts, which anchored themselves to the ocean floor in order to filter the passing sea water for food. But none could compare with the parasites. Time after time in the history of life, free-living organisms had surrendered their liberty to become parasites in exchange for an escape from the dangers of life. Evolution then took them down a degenerate path. “When other food sources were insufficient, what would be easier than to feed upon the tissues of the host? The dependent animal is proverbially looking for the easy way.”

Stunkard was only a little coy about how this rule of parasites could apply to humans. “It may be applied to any group of organisms, and is not intended to refer merely to political entities, although certain implications may be in order.” With its complete surrender of its liberty, the parasite had entered the “welfare state,” as Stunkard put it — with hardly a tissue of metaphor dividing the tapeworm and the New Deal. Once parasites gave up their freedom, they rarely managed to regain it; instead, they channeled their energies into making new generations of parasites. Their only innovations were weird kinds of reproduction. Flukes alternated their forms between generations, reproducing sexually in humans and asexually in snails. Tapeworms could produced a million eggs a day. How could Stunkard have had anything but fast-breeding welfare families in mind? “Such a welfare state exists only for those lucky individuals, the favored few, who are able to cajole or compel others to provide the welfare,” he wrote. “The well-worn attempt to obtain comfort without effort, to get something for nothing, persists as one of the illusions that in all ages has intrigued and misled the unwary.”

Supongo que ambos discursos le resultarán familiares al lector. Lo que quizás no sepa es que, en origen, la palabra parásito es un préstamo de la política -de la religión de la polis, concretamente- a la biología, no  al revés. Zimmer lo menciona también de pasada, lo que me ha recordado el pasaje de La ciudad antigua de Fustel donde aparecen los parasitoi originales, los ciudadanos designados por sorteo que participaban en los banquetes sagrados pagados por la ciudad:

En Atenas se designaban por suerte los que debían tomar parte en la comida común y la ley castigaba severamente a los que rehusaban cumplir con aquel deber. (…) Los ciudadanos que se sentaban a la mesa sagrada quedaban momentáneamente revestidos de carácter sacerdotal y se los llamaba parásitos , palabra que si bien en el andar del tiempo se convirtió en un epíteto de desprecio, principió, no obstante, por ser un título sagrado.

La anécdota nos advierte una vez más contra los riesgos de asumir visiones esquemáticas o idealizadas de los regímenes políticos antiguos; en la “prístina” democracia ateniense también había liturgias y gastos difíciles de justificar racionalmente, pero con un sentido propio dentro de la lógica de su sistema de creencias y sus dinámicas sociales.  Y, por supuesto, tipos a los que les tocaba en suerte aprovecharlas sin haber hecho mérito alguno.

 

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5 Responses to Parásitos

  1. Eduardo 14 marzo, 2012 a las 21:42 #

    Pero entonces, ¿la idea misma de “parásito” surgió primero en biología y después se aplicó en las ciencias sociales, o pudo ser al revés?

  2. Eduardo 14 marzo, 2012 a las 21:44 #

    “Lo que quizás no sepa es que, en origen, la palabra parásito es un préstamo de la política -de la religión de la polis, concretamente- a la biología, no al revés. Zimmer lo menciona también de pasada”

    Coño, se me había pasado este párrafo, perdón, pero lo sospechaba. ¿Qué dice concretamente Zimmer?

  3. Jorge San Miguel 14 marzo, 2012 a las 21:56 #

    Aquí tienes el capítulo entero:

    http://carlzimmer.com/books/parasiterex/excerpt.html

    Entiendo que, como dice, el término adquirió tintes negativos ya en época antigua, en la comedia griega; de ahí pasaría al latín y al habla culta europea, de donde lo tomaría la biología.

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