Aventuras en Maine (I): escogiendo a un presidente

Son las ocho de una fría mañana de sábado en Sanford, Maine. El polideportivo del instituto de este pueblo de 20.000 habitantes del estado más oriental de Nueva Inglaterra, sin embargo, bulle con actividad desde hace un buen rato. Una hora antes, los activistas de las campañas de los candidatos a la nominación republicana para las elecciones presidenciales en Estados Unidos llegaron para empezar a colgar carteles, poner mesas, colocar señales, preaparar folletos y coordinar el trabajo del día. Maine lleva toda la semana (todo el mes, de hecho) celebrando los caucus para escoger presidente, y hoy es el día en que les toca votar a ellos.

Maine, como otros estados del país, no celebra elecciones primarias – aquí el candidato a presidente se escoge mediante un caucus, una de esas extrañas instituciones americanas que nunca nadie entiende del todo. En un caucus, en el sentido estricto, no hay votantes, sino militantes escogiendo delegados a una convención. Los participantes no pueden permitirse el lujo de despertarse a media mañana, hacer un café e ir a votar, sino que tienen que llegar temprano para registrarse y participar en todo el proceso. Es por ese motivo que  a pesar de la ligera nevada, un grupo considerable de activistas está ya haciendo cola pacientemente esperando para registrarse, con no pocos voluntarios de varias campañas revoloteando alrededor de ellos repartiendo folletos y pegatinas.

Como es habitual en Estados Unidos, el recinto está completamente rodeado de carteles y propaganda; allá donde mires hay voluntarios con octavillas. Es fácil darse cuenta, sólo mirando alrededor de la entrada, que las campañas de Ron Paul y Mitt Romney son de lejos las mejor organizadas. Hay publicidad a patadas, responsables de campaña saludando a conocidos efusivamente, y gente con corbata tomando notas y poniendo cara de preocupación. La gente de las campañas de Gingrich y Santorum están ahí fuera, pero no parecen hablar con nadie – algo que, como veremos después, es más importante de lo que parece.

Cuando llego al polideportivo nadie me hace demasiado caso. Hay una cantidad de periodistas enormes, como en todo lo que rodea al gran circo que son una elecciones presidenciales. Tras las derrotas del martes, los caucus de Maine son de repente mucho más importantes; Romney, que partía como favorito aquí, parece de repente vulnerable. La gente de Ron Paul lleva meses preparando esos caucus, y muchos expertos creen que tienen números de ganar aquí, así que los candidatos y la prensa que les sigue están prestando atención. El miércoles por la tarde, sin ir más lejos, Ron Paul anunció que iba a estar en Sanford; Mitt Romney también cambió su agenda el último momento para subir a Maine el viernes.

La vida de un candidato en unas presidenciales americanas es, desde luego, una existencia bastante miserable. Romney dio un discurso a las media tarde en CPAC, una convención conservadora en Washington DC. Tras esto tuvo que irse al aeropuerto, coger un avión a Portland (unos 800 Km más al norte), dar un discurso en una cena que algún sufrido empleado de su campaña tuvo que organizar en 48 horas (“necesito 300 republicanos para cenar con Mitt, y los necesito ayer”), pegarse un madrugón para conducir 60 Km a un pueblo en medio de ninguna parte y dar otro discurso en un polideportivo viejo y achacoso ante 150 personas. Alguien con la cantidad de dinero que tiene Romney tiene que ser muy egocéntrico o estar muy chalado para someterse a esta clase de tortura durante meses y meses sólo para ganar unas primarias.

Mientras la gente se prepara para empezar, Ron Paul aparece por el vestíbulo. En un cambio de planes tardío, la gente de su campaña creen que será mejor que sólo esté en Sanford 10-15 minutos saludando gente y tirándose fotos antes de ir a hablar en los caucus de York, cerca de la costa. El congresista parece estar encantado de estar en Sanford, y sus fans aún más; habla animadamente con todo quien se le acerca, firma autógrafos, saluda, siempre rodeado de cámaras. No quiero imaginarme la clase de suplicio que tiene que ser para un tipo de 76 años hacer esto durante meses en unas elecciones que no puede ganar, pero estoy seguro que cualquiera que quiera hacerlo tiene que estar bastante chiflado.

La agenda del día para unos caucus no es para gente impaciente. Las festividades empiezan temprano, a las ocho y media. Tras el inevitable himno nacional (cantado, por cierto, por una chica de trece años con una voz increíble), el no menos inevitable “Proud to be an American“, el ya un poco cargante “America the Beautiful” y el no-me-puedo-creer-tanto-patrioterismo de la Pledge of Allegiance, el jefe del partido republicano del condado da la bienvenida a todo el mundo. Como es costumbre en Nueva Inglaterra, aquí toda reunión pública que se precie se hace guiada por las Robert´s Rules of Order, así que todo empieza con el ritual de nombrar a un secretario, que alguien lo secunde, votar por aclamación, etcétera. Son trámites y se hacen rápido, pero el legalismo (y lo asumidas que todo el mundo tiene las reglas) siempre me sorprende.

Una vez acabados los trámites, y tras otra canción patriótica (“God Bless America“, obviamente – por si alguien se ha olvidado en qué país están), empiezan los discursos. Los organizadores han colocado un pequeño atril de madera viejo en el centro de la pista rodeado de banderas para los oradores.  Los candidatos (o alguien que los represente) tienen diez o quince minutos para convencer a los presentes que merecen su voto; nada más, nada menos. Esto es, cuatro discursos durante una hora para las presidenciales, seguidos de unos cuantos discursos de candidatos locales al Congreso en Washington o varios cargos estatales.

Mitt Romney, que van con prisas, hablará el primero. Su discurso no ofrece sorpresas, como es de esperar; los candidatos tienen su stump speech, el discurso “base” que repiten en todos sitios, y no acostumbran a desviarse demasiado de él. Romney sólo añade un par de referencias sobre lo mucho que le gusta Maine, pero no va más allá de eso. Lo más entretenido es jugar a buscar los guardaespaldas del Servicio Secreto que protegen a Romney, de pie “discretamente” (o tan discreto como un armariado trajeado con pinganillo puede llegar a ser) cerca del estrado y del público, y darse cuenta de lo increíblemente difícil que es tener que pasear por todo el país repitiendo exactamente lo mismo una y otra vez sonando convincente.

El público en un caucus, por cierto, no se está callado. Un grupo considerable del público son fans acérrimos de Ron Paul y le abuchean ocasionalmente; alguien le pregunta sobre sus cuentas en Suiza. Romney ni se inmuta, acaba el discurso, y se acerca a dar la mano y dejarse abrazar por la gente del público, con dos tipos de Servicio Secreto detrás. Estoy relativamente cerca, así que llego a escuchar en directo una de las famosas risas artificiales de Mitt; el tipo será un profesional, pero realmente parece un robot.

Tras el discurso de Romney, es la hora de los representantes de otros candidatos. Los dos “substitutos” de Ron Paul son dos diputados en la cámara de representantes de Maine, que hablan (como no) de las bondades del patrón oro y el horror de la regulación federal. Newt Gingrich, confirmando que no tiene una campaña demasiado organizada, envía un legislador de la vecina New Hampshire para contarles como le sirvió de inspiración. Rick Santorum quizás era el político de moda esta semana, pero su representante es un profesor de instituto de aspecto excéntrico que da un discurso fantástico pero que realmente no parece convencer a nadie. Los republicanos de Maine, como en el resto de Nueva Inglaterra, son más libertarios que religiosos.

Acabados los discursos presidenciales, es hora de los candidatos locales. Las primarias para otros niveles (Senado, Cámara de Representantes, etcétera) no son hasta junio, así que la mayoría de ellos aprovechan los caucus para darse a conocer entre los activistas del partido. Parte del público sale a buscar un café, pero la mayoría escucha paciente las maldades de la administración Obama o el congresista demócrata de turno, así como lo importante que es recuperar la mayoría en el el consejo de urbanismo del condado, recuperar la alcaldía de Brunswick y cómo ya vale darle pábulo a los ecologistas y su obsesión por proteger los alces (los hay a patadas en el estado). Los periodistas, con la excepción de un par de reporteros locales y cierto bloguero español tomando notas, se han largado hace tiempo; los únicos que quedan son activistas.

Una vez acabados los discursos (unas dos horitas), es hora de darle a todo el mundo diez minutos de descanso. Han escuchado a los candidatos y sus voluntarios, han hablado entre ellos, etcétera. Ahora es hora de decidir en los caucus. Más o menos, que la cosa es un poco más complicada. Pero de eso hablamos mañana.

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10 Responses to Aventuras en Maine (I): escogiendo a un presidente

  1. Ferrim 13 febrero, 2012 a las 12:34 #

    ¡Leído entero!

    Creo que aún no me ha quedado claro que los candidatos republicanos están zumbados, quizá si me lo repites un par de veces más… ;-)

  2. Ander 13 febrero, 2012 a las 12:38 #

    Llamadme miedica, pero yo estoy muy acojonado con las últimas locuras del partido republicano. Hace dos días, cuando Roger contaba por twitter como fingía ser periodista, menciono que los seguidores de Ron Paul eran “Magia negra”. Yo le respondí con este obviamente irónico tuit:
    @Egocrata End war on drugs! Federal government is tyranny! Abolish taxes! Hyperinflation! End the Fed! Ron Paul 2012! GOLD, GOLD, GOLD!
    ¿Qué paso? Pues que una fan de Ron Paul me retuiteo creyendo que de verdad me creía esas sandeces (la prueba aquí: )
    Y lo peor de todo es que, si exceptuamos la política monetaria medieval de RP, sus propuestas son bastante más razonables (sobre todo en política exterior o social) que la de los demás candidatos. Sé que es improbable que ganen las elecciones o que implementen sus políticas más radicales incluso si ganan, pero viendo las locuras monetarias-fiscales en las que nos estamos embarcando en Europa, que quizá salpiquen en EEUU, donde las elecciones son básicamente un “referéndum económico”, y me pongo nervioso.
    Además, solo de pensar que podemos tener a Israel-Irán apuntándose con cabezas nucleares con el GOP dispuesto a intervenir (y a Marine Le Pen con su arsenal nuclear pidiendo reparaciones a Alemania, pero eso ya es “pesadilla-extreme”) me sale una corbata de lo más abultada (guiño, guiño, codazo, codazo).
    Me acabo de dar cuenta que me he desviado del tema, que eran las primarias. Cosas que pasan.

  3. J.E 13 febrero, 2012 a las 14:42 #

    Me acabo de enterar de la existencia de las Reglas de Robert.

    Mooola.

  4. Diego Calleja 13 febrero, 2012 a las 14:43 #

    Yo creo que el robot no es Romney sino Ron Paul, y su hijo tan sólo una copia mejorada.

  5. MªROSA 13 febrero, 2012 a las 14:45 #

    Leído ;déu nhi do …corresponsal tv3 ..que tremoli el Bassas..igual li prens el lloc.

  6. Rocamadour 13 febrero, 2012 a las 20:08 #

    Hasta Stringer Bell utiliza el Robert’s Rules of Order en la tercera temporada de The Wire (se encuentra fácil en YouTube). Dios guarde muchos años a David Simon.

  7. J.E 13 febrero, 2012 a las 21:19 #

    Lo acabo de ver. Y la incapacidad de encontrar una traducción al español (bueno he encontrado una, pero es TERRIBLE) es todo un poema al sindios asociativo español.

    Me la pillaré en ingles y le echaré paciencia…

  8. Alatriste 14 febrero, 2012 a las 08:57 #

    “Hay una cantidad de periodistas enormes”… ¿Son muy gordos los periodistas en Maine? ;)

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