Ciencia recreativa & Dr. Doom & Economía

Notas oscuras sobre nuestro futuro macroeconómico

4 Sep, 2011 -

Llevo cerca de una semana leyendo, en relación con la reforma de la Constitución, declaraciones que ponen de manifiesto que hay una cantidad de gente bastante importante, en muchos casos bastante bien formada, que no entiende la crisis española en lo más elemental. En este post voy a intentar dar una explicación corta de lo que ha ocurrido y lo que nos espera en los años que vienen en términos de política económica. Mi objetivo no es ser preciso ni detallista, por razones de formato, sino dar un “big picture” de lo que queda por delante, por ello, prescindiré de cosas que espantan al lector medio de Menéame como datos o gráficos para explicarlo: os tendréis que creer que me tomo más en serio que Vincenç Navarro lo de ser honesto con los hechos que describo.

Qué ocurrió

En los años que precedieron la crisis, España destacan cuatro hechos conectados entre sí a) Una burbuja inmobiliaria y una ola de optimismo respecto de las perspectivas de crecimiento del país b) Una expansión económica muy pronunciada c) Una inflación superior a la de nuestros socios comerciales que nos hizo perder competitividad (es decir, lo que producíamos era cada vez más caro en comparación con lo que importábamos) d) Un déficit persistente de balanza de pagos (gastábamos más de lo que producíamos y por tanto nos hemos ido endeudando con el exterior).

La historia que explica estos hechos es como sigue. Los agentes económicos, tanto nacionales como extranjeros, por distintos motivos, comenzaron a creer que gastar dinero en España era una buena idea. La gente era optimista y consumía y las empresas también e invertían. Lo hacíamos en mayor medida de lo que producíamos y, en la medida en que creíamos que en el futuro seguiríamos creciendo a tasas del 3%, eso tenía sentido. Una de las cosas que hicieron los agentes fue empezar a comprar casas y, debido a que el sector inmobiliario tiene ciertas particularidades (tiene ciclos de producción relativamente largos, la gente es relativamente irracional invirtiendo en vivienda, hay factores institucionales que favorecían la compra de vivienda), esto causó una burbuja. Un efecto colateral de la burbuja es que la gente que tenía casas veía como sus casas aumentaban de precio y se sentía cada vez más rica y eso hacía que gastaran cada vez más.

El efecto de lo anterior fue, por un lado, hacer crecer a España por encima de su nivel potencial, haciendo subir nuestros precios y perdiendo competitividad. Esto hacía que pudiéramos comprar más en el extranjero y que los extranjeros nos compraran cada vez menos, y el efecto neto de todo esto fue déficit de balanza de pagos anuales que hicieron que España se endeudara progresivamente con el extranjero. Si lo pensáis, uno solo puede gastar más de lo que produce si alguien le está prestando dinero.

Pero hete aquí que en cierto momento la burbuja explotó, la gente se volvió pesimista y nos dimos cuenta de que nuestras creencias sobre seguir creciendo a un 3% no estaban justificadas. Lo que en realidad estábamos haciendo era tomar prestado de alemanes y francesas, construir casas, y vendérnoslas entre nosotros, no invirtiendo en el futuro. En esta situación, nuestro endeudamiento estaba a niveles inaceptables y no era viable seguir endeudándonos anualmente. Esto explica la famosa “conspiración” de los bancos que no prestaban dinero: por un lado, no tiene sentido prestar dinero a gente que está demasiado endeudada y cuyas perspectivas de producir algo valioso son pequeñas y, por otro, los bancos ya estaban de por sí bastante endeudados con los bancos franceses y alemanes. Por supuesto, una economía que se queda sin crédito es una economía que se ahoga y eso unido a nuestro esclerótico mercado de trabajo explica básicamente nuestra tasa de paro.

De esta forma, salimos de la parte bonita del sueño dónde tomábamos dinero prestado para producir cosas y vendérnoslas entre nosotros y pasamos a la parte dónde, como país, tenemos que repagar nuestras deudas con el exterior.

A donde vamos

Simplificando muchísimo, lo que diferencia a nuestra economía básicamente de nuestra economía en 2006 son las creencias de los agentes sobre el futuro. Antes estaban imbuidas de un optimismo totalmente injustificado y ahora de un pesimismo moderadamente justificado y eso hace que los agentes de la economía colectivamente estén intentando desendeudarse hasta un nivel compatible con sus expectativas. Es decir, como país, necesitamos desandar el camino que anduvimos durante la época de la expansión.

Para repagar sus deudas con el extranjero, un país –digo un país, no un Estado, ojo- tiene, o bien que hacer un impago, o bien que gastar menos de lo que produce y dedicar la diferencia a devolver lo que le debe a sus socios. Pero para eso, hay que conseguir que nuestros socios nos compren lo que les queremos vender, algo que no ocurrirá mientras nuestros bienes sean demasiado caros o de una calidad demasiado baja. Esto es el proceso de “desinflación competitiva”, dónde nuestros precios crecen a un ritmo menor que los de nuestros vecinos. Necesitamos ganar competitividad para que a) Nuestros salarios puedan comprar menos bienes extranjeros b) Los salarios extranjeros puedan comprar más bienes nacionales.

¿Qué es lo que hace que los precios crezcan poco? En general, existe un consenso en que la economía tiene un “potencial de crecimiento” y que cuanto más cerca de ese potencial se está, más se recalienta la economía. Si hay mucha capacidad sin usar y se está por debajo del potencial, solo queda que los precios y salarios se ajusten a la baja. Otra cosa que tiene que hacer la economía española es encontrar en qué sectores tiene alguna ventaja comparativa y conseguir que los trabajadores que antes estaban en sectores como la construcción fluyan hacia esos nuevos sectores. Este proceso de reasignación de trabajadores hace que el nivel natural de paro del país aumente.

Lo anterior subraya el hecho de que lo que nos queda por delante impepinablemente, son unos cuantos años con un paro por encima de nuestro nivel “natural” (que ya era bastante alto) para que los salarios y precios se ajusten a la baja dónde, además, probablemente nuestro nivel natural será más alto que en el pasado. Durante este periodo, reganaremos competitividad y nuestras empresas y consumidores sanearán sus posiciones financieras (ya sea gastando menos de lo que producen, ya sea simplemente entrando en bancarrota).

Qué opciones de política económica tenemos

Llegados a este punto, algo que debería haber quedado claro es que nuestro país no va a salir de esta con demanda interna, es decir, con gasto público, inversión nacional o consumo nacional. Si oís a alguien hablando de estimular la demanda interna con políticas “keynesianas”, deberíais recordarle que tal como está ahora nuestra competitividad, el efecto de ese estímulo será hacernos comprar bienes extranjeros, es decir, endeudarnos más con el extranjero, cuando precisamente lo que tenemos que hacer a medio plazo es lo contrario, desendeudarnos.

El tipo de políticas keynesianas (de demanda) que necesitamos en esta situación son políticas de estímulo de la demanda externa, políticas que desde que no controlamos nuestro tipo de cambio no podemos modificar nosotros solos. Como no podemos hacer una devaluación “nominal”, tenemos que hacer una “real” –la desinflación competitiva: hacer que nuestros precios crezcan menos que los del extranjero.

Para explicar cómo funciona la inflación, necesitamos un modelo que explique cómo funciona la formación de precios. Típicamente, se supone que las empresas ajustan sus precios con un margen más o menos constante sobre sus costes –y ese margen depende de los competitivos que sean los mercados. Si queremos que bajen sus precios, necesitamos rebajar sus costes o bien aumentar la competencia en los mercados. Esto nos lleva por tanto a las políticas de oferta.

Una primera forma es reduciendo los salarios y para que los salarios se ajusten a la baja, el paro tiene que ser más alto de lo que sería a nivel “natural”. En esta situación, lo que necesitamos es una política fiscal que, no solo no estimule la economía, sino que probablemente evite que se recaliente hasta que haya recuperado competitividad. En su defecto, necesitaríamos sindicatos que entiendan el funcionamiento de todo esto y acepten moderar los salarios y, en última instancia, una reforma considerable del mercado de trabajo que a) Reduzca nuestra tasa natural de paro haciendo todo esto más soportable b) Haga los salarios más reactivos a la situación económica.

Una segunda forma es aumentando la capacidad productiva de la economía. Algo que llevamos Roger y yo diciendo de forma entusiasta desde hace la de dios: reformas que eliminen trámites burocráticos, que liberalicen los mercados y los hagan más competitivos, que no impongan costes que no sean estrictamente necesarios a las empresas, etc. Esto reduciría el margen que pueden aplicar las empresas sobre los salarios, aumentaría el empleo (al aumentar la capacidad de producción de la economía) y reduciría los costes mejorando la competitividad.

Aquí puede (pero esto depende más de la orientación política de cada uno) jugar algún papel una reducción equilibrada de impuestos (es decir, acompañada de una reducción del gasto público), bien sobre los salarios –que haga menos dolorosa la moderación salarial-, bien sobre los beneficios –que permita reducir costes a las empresas.

En resumen, los próximos entre dos o cuatro años al menos no van a ser de políticas de estímulo, simplemente porque lo que tenemos que hacer es desendeudarnos con el extranjero. Van a ser años dolorosos, en los que los salarios van a crecer por debajo de la inflación, vamos a tener que hacer ajustes en lo que gastamos, tanto pública como privadamente, veremos gente y empresas que quebrarán y tendremos que hacer reformas de nuestra economía que nos beneficiarán colectivamente pero perjudicarán a intereses particulares.

Esto no es algo derivado de mis supuestas convicciones neoliberales, es algo derivado de los datos sobre nuestra Posición de Inversión Internacional (lo que muestra nuestro stock de deuda con el extranjero): tenemos que pagar lo que hemos tomado prestado. Personalmente, no creo que exista una alternativa, pero cualquiera que tenga una propuesta no debe repetir de forma metódica “Keynes, Keynes, Keynes”, sino explicar cuál es su receta para pagar nuestra deuda con el extranjero.