Una pequeña lista de cosas raras que tiene este país, centradas sobre todo en los auténticos cimientos de la sociedad americana: el coche.

Primero de todo, y huelga decirlo, lo adoran, básicamente porque es casi imprescindible. Tengo la suerte de vivir cerca de la universidad, así que puedo pasar sin él, pero todo, todo, está pensando con la motorización en mente. Todos los hipermercados están lejos a matar del centro y con un transporte público entre patético e inexistente; en frente de todos ellos, hectáreas de superficies asfaltadas para aparcar. Siempre hablan del noreste como un zona densamente poblada, pero sólo ver la cantidad de espacio vacio que hay en todas partes dedicado a dejar el coche parado la verdad es que diría que el coste del terreno no debe ser tan alto. Aún así, si uno depende de la tracción animal (patita o bici) para ir a cualquier sitio, todo está en el quinto pino. Un rollo.

La adoración por los cochecitos llega a límites casi absurdos.
Supongo que habreis visto algún MacRata con la ventanilla para pedir comida para llevar desde el coche por Europa. Bueno, aquí es lo mismo, a lo bestia. Incluso el Dunkin Donuts tiene la dichosa ventanilla. Y ya el colmo del sibaritismo y la exageración, incluso los bancos tienen cajeros automáticos para sacar dinero sin bajar del coche. En serio; “drive thru banking“. Y es algo habitual.

A pesar de todo esto, conducir en Estados Unidos no es especialmente divertido. Los límites de velocidad son bajos; 55 o 65 millas por hora en autopista (si, varía de una a otra). Al cambio, unos patéticos 92 o 108 Km/h. Ir por autopista a 100 Km/h y saber que te pueden parar por exceso de velocidad es realmente una cosa un poco triste. No sólo eso, la gente respeta los límites bastante. No ves a gente a 120 a menudo, ni de noche. La gente cumple la ley que es un escándalo. Esto no sólo pasa conduciendo (el respeto que tienen los americanos por las reglas es cómico a
veces), pero no deja de ser sorprendente.

Lo más curioso, sin embargo, es que siendo el país más rico del planeta, tengan el asfalto hecho una mierda en todas partes. Vale que el clima es duro, pero coger el autobús aquí (siempre soy el único blanco, curiosamente) hace recordar las calles de Madrid, tan lisas ellas, con nostalgia. Que agujeros, rediós. Las calles de Nueva York parecen Berlín en 1945 a veces, incluso. La I-95, la autopista que lleva de Boston a Nueva York (límite 55) hace que la A-2 en sus peores tramos parezca una autobahn alemana; narices, incluso la más humilde autovía tiene menos agujeros que esta interestatal. No todas las autopistas son tan lamentables, pero la mayoría parecen caminos de cabras.

Por cierto, el coche más pequeño que uno puede comprar aquí (aparte del Mini nuevo, que es como exótico) es un Ford Focus. Esto es lo que aquí ven como “minúsculo”. Los todoterrenos grandes son como un portaviones con ruedas, más o
menos.

En fin, adoran sus maquinas. Eficiencia y ahorro energético, como está todo distribuido (incluso en el muy denso noreste), ni de broma.